Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 18
El mapa holográfico de la frontera este parpadeaba en un tono carmesí que teñía las facciones de los presentes de un color sombrío. Los ministros, ya recuperados del susto inicial, comenzaron a parlotear de inmediato, proponiendo soluciones que solo demostraban su cobardía y la falta de visión militar que tanto irritaba al emperador.
—Propongo enviar una comitiva diplomática con una fracción del tributo —sugirió el ministro de finanzas, ajustándose los anillos—. Si les pagamos una parte, liberarán la estación médica y ganaremos tiempo para reabastecer las naves de asalto. Es lo más seguro para la economía del sector.
—¡Absurdo! —interrumpió el consejero de defensa, golpeando la mesa—. Pagarles solo los hará más fuertes. Debemos movilizar la tercera flota de inmediato y acordonar la nebulosa, aunque eso signifique dejar desprotegido el sector norte por unas semanas.
Los gritos y las discusiones volvieron a llenar la sala. Zarek los observaba desde su trono, inmóvil, con la barbilla apoyada en los dedos entrelazados. Su silencio no era de duda, sino la calma que precede a la tormenta. Cuando el caos de voces llegó a su punto más alto, el emperador simplemente bajó las manos y dio un golpe seco sobre la mesa de obsidiana.
El impacto no fue ruidoso, pero el aura de poder opresivo y denso que se desprendió de su figura hizo que todos se callaran al instante. El aire de la sala se volvió tan pesado que a los ministros les costaba respirar. En ese momento, Zarek demostró por qué era el hombre que regía la galaxia más fría del universo.
—Ninguno de ustedes está calificado para dirigir una guerra —sentenció Zarek, su voz profunda arrastrando una autoridad absoluta e incuestionable—. Ministros de finanzas, si les pagamos un solo crédito, les estaremos financiando más armamento pesado. Consejero de defensa, si mueve la tercera flota, los rebeldes del norte aprovecharán la brecha para invadir. Sus soluciones son parches de cobardes.
El emperador se puso de pie, su colosal figura dominando la habitación. Con un movimiento rápido de sus dedos sobre la pantalla holográfica, reconfiguró el despliegue táctico.
—No habrá negociaciones, ni moveremos las flotas principales —dictó Zarek, sus ojos grises brillando con una luz calculadora y letal—. Usaremos las naves interceptoras ligeras del cuadrante vecino, que no dependen del Axion-9. Atravesaremos la Nebulosa Gris por el punto ciego que sus radares de contrabando no cubren. Yo mismo lideraré el ataque de vanguardia desde mi nave insignia. Recuperaremos el combustible, ejecutaremos a los líderes de los bandidos espaciales y colgaremos sus naves destruidas en la órbita de la estación médica como una advertencia para cualquiera que ose desafiar el poder de Astris. La sesión ha terminado. Preparen la estrategia de asalto.
La frialdad matemática y la brillantez táctica de su plan dejaron a los ministros sin argumentos. Uno a uno, los consejeros se levantaron de sus asientos, haciendo una reverencia profunda y abandonando la sala en completo silencio, aterrorizados pero aliviados de tener a un monstruo estratega en el trono.
Cuando las inmensas puertas blindadas se cerraron, solo quedaron Zarek y Alistair en la inmensidad de la sala de juntas. El canciller principal guardó su tableta digital, pero en lugar de retirarse a preparar las órdenes de batalla, se cruzó de brazos y miró a su soberano con una expresión de profunda seriedad. El político había quedado atrás; ahora hablaba el amigo de la juventud.
—Tu plan es impecable, Zarek. Aplastarás a esos bandidos como siempre lo haces —comenzó Alistair, dando unos pasos hacia el trono—. Pero ahora que la sala está vacía, debemos hablar de lo que realmente me preocupa. ¿Qué piensas hacer con Nesta?
Zarek desvió la mirada hacia Alistair, sus facciones endureciéndose sutilmente al escuchar el nombre de su tierno gamma.
—Ya te di mi respuesta ante el consejo, Alistair. El tratado se mantiene y él se queda conmigo —respondió el emperador con firmeza territorial.
Alistair suspiró con pesadez y negó con la cabeza, rompiendo la distancia protocolar para mirar a Zarek a los ojos.
—Te lo digo como tu amigo, no como tu canciller: devuélvelo a su planeta —le recomendó Alistair con una nota de sincera preocupación en su voz—. Ese niño es un gamma puro, es extremadamente inocente, dulce y dependiente. El mundo donde nosotros nos manejamos está lleno de veneno, traiciones, conspiraciones de pasillo y guerras sangrientas como la que acabas de armar. Nesta no tiene malicia; piensa que cualquiera que le da un chocolate es su amigo. Si lo mantienes en este palacio de hielo, la política de la corte o nuestros enemigos lo usarán para destruirte a ti, y en el proceso, él saldrá gravemente lastimado. No pertenece aquí, Zarek. Su pureza no sobrevivirá a Astris.
Dicho eso, Alistair le dio una última mirada cargada de advertencia, se dio la vuelta y se retiró de la sala, dejando que el siseo de la puerta finalizara la conversación.
Zarek se quedó completamente solo en la penumbra de la sala de juntas. Las palabras de su amigo resonaron con fuerza en su mente, clavándose como dagas en su orgullo de alfa. El emperador regresó la vista al ventanal, contemplando la inmensidad de su imperio de metal. Por un lado, sabía que Alistair tenía razón; su mundo era un nido de víboras demasiado peligroso para un ser tan tierno y desvalido. Pero por el otro, el recuerdo de Nesta apretando su mano con fuerza, buscando refugio en su capa y frotando su naricita mocosa contra su cuello para calmar su llanto, hacía que su instinto posesivo rugiera con fuerza. La idea de dejarlo ir y vaciar su palacio de la única calidez que había conocido lo dejó pensando profundamente, atrapado entre el deber de proteger la inocencia del gamma o el deseo egoísta de mantenerlo a su lado para siempre.