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Sol De La Bahía

Sol De La Bahía

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️

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Dueño del verano

Miles permaneció varios minutos sentado en los fríos mosaicos del vestíbulo, con los papeles de Canadá apretados contra el pecho como si fueran un escudo contra la realidad. El dolor de saber que los billetes de avión ya estaban listos era una herida limpia que le atravesaba el alma. Sin embargo, se limpió las lágrimas con brusquedad, se puso de pie y respiró hondo. Sabía que no ganaba nada escondiendo los documentos; la honestidad era lo único sagrado que les quedaba en ese viejo hostal.

Subió las escaleras despacio, con las hojas de papel legal crujiendo sutilmente entre sus dedos. Al entrar a la habitación matrimonial, encontró a Ezra despierto, apoyado contra las almohadas con una manta cubriéndole las piernas. Su rostro se veía un poco menos pálido que en la mañana, y al ver entrar a Miles, sus ojos oscuros se iluminaron con esa chispa de adoración que ya no intentaba ocultar.

—Tienes esa cara de contador serio otra vez, mi cielo —dijo Ezra con una voz suave, intentando sonreír—. ¿Encontraste otro recibo vencido de la compañía eléctrica?

Miles no respondió de inmediato. Se acercó a la cama, se sentó en el borde de las sábanas y extendió el sobre de papel manila hacia él.

—Llegó esto por debajo de la puerta, mi bebé —susurró Miles, con la voz temblorosa—. Es de Matt. De Canadá.

La sonrisa de Ezra se congeló en sus labios. Miró el sobre y luego los ojos húmedos de Miles. Un suspiro largo y pesado escapó de su pecho, y por un momento, pareció encogerse bajo las cobijas. Tomó los papeles con manos lentas, hojeando el contrato de traspaso definitivo del hostal y los documentos médicos que confirmaban la reserva en el hospital de Vancouver.

—Así que... el momento llegó —susurró Ezra, mirando las hojas sin leerlas realmente—. Matt no pierde el tiempo. Quiere que firme esto para poder vender el lugar y llevarme al norte antes de que termine el mes.

—Matt te ama, Ezra. Y tiene miedo —dijo Miles, tomando la mano libre de Ezra y entrelazando sus dedos con fuerza—. Yo también tengo un miedo espantoso, mi vida. Pero sé que él tiene razón. El dolor se está volviendo más fuerte y necesitas cuidados que yo no puedo darte aquí. Es hora de aceptar el destino, aunque nos rompa el corazón en mil pedazos.

Ezra soltó los papeles sobre la cama y usó ambas manos para acunar el rostro de Miles, obligándolo a mirarlo de frente. Una lágrima pesada resbaló por la mejilla del dueño del hostal, mezclándose con la calidez febril de su piel.

—No quiero ir a encerrarme en una habitación blanca de hospital, mi cielo —le confesó Ezra con la voz rota por la angustia—. No quiero que mis últimos recuerdos sean el sonido de las máquinas y el olor a desinfectante. Quiero quedarme aquí, contigo. Quiero despertarme viendo tus ojos claros y saboreando tu café amargo. Separarme de ti es lo único que me aterra de morir.

—No nos vamos a separar, mi bebé —replicó Miles, rompiendo en un llanto dulce y desesperado, uniendo sus frentes en medio del colchón—. Si tienes que ir a Canadá, yo iré contigo. No me importa el hostal, no me importa la ciudad, no me importa nada. Me mudaré al fin del mundo si es necesario, pero pasaré cada minuto que te quede sosteniéndote la mano debajo de esas sábanas de hospital. No vas a estar solo, Ezra. Nunca más.

Escuchar esas palabras fue el bálsamo para el alma de Ezra. El miedo que lo había atormentado durante un año entero pareció disolverse en los brazos de Miles. Supo que su amor no era un capricho de verano; era un lazo eterno que desafiaba a la misma muerte. Tomó el bolígrafo que Miles traía en el bolsillo y, con el pulso firme por primera vez en días, firmó cada una de las hojas legales, entregándole su destino a la voluntad de su primo.

—Trato hecho, contador —susurró Ezra, dándole un beso tierno y salado en los labios—. Ya que firmé tu dichoso contrato, exijo una recompensa. El sol está bajando y el dolor me está dando una tregua. Lévame al muelle, mi cielo. Quiero ver el atardecer contigo.

A pesar de la inminente tristeza que los rodeaba, la caminata hacia el muelle viejo estuvo impregnada de una alegría hermosa y genuina. Miles ayudó a Ezra a vestirse con su camisa de lino favorita y lo sostuvo con cuidado por el brazo, pero esta vez no había desesperación en sus pasos, sino una inmensa gratitud por el presente. El cielo de agosto les regaló una tarde limpia, donde el aire ya no se sentía pesado, sino fresco y renovado por las tormentas anteriores.

Al llegar al muelle, varios lugareños se encontraban reparando unas redes de pesca y acomodando las barcas para la noche. Al ver a Ezra caminando con paso lento pero firme, del brazo de Miles, una ovación de saludos alegres rompió el silencio de la costa.

—¡Miren quién decidió salir de su cueva! —gritó un pescador veterano, levantando una gorra gastada—. ¡El dueño del verano está de vuelta!

—¡Ezra, muchacho! Te ves más guapo desde que tienes a ese chico de la ciudad cuidándote las cuentas —bromeó una vendedora que paseaba por la orilla, provocando una risa general.

Ezra se rió con ganas, una risa clara y brillante que le devolvió el color a las mejillas. Levantó la mano libre para saludar a sus vecinos, bromeando con ellos con la misma ligereza magnética de siempre. Miles miraba la escena con una sonrisa boba en el rostro, maravillado por el impacto que Ezra tenía en la vida de ese pueblo. Decidió que ese momento de felicidad comunitaria merecía ser eterno.

Levantó su cámara réflex, ajustó el lente y comenzó a tomar fotografías. Capturó la risa limpia de Ezra mientras este le guiñaba un ojo a un viejo marinero; fotografió el brillo dorado del sol del atardecer reflejándose en los ojos oscuros de su novio; registró el detalle de las manos de Ezra apoyadas en la barandilla de madera carcomida por la sal. Eran imágenes llenas de luz, de una belleza pura que no necesitaba filtros ni reglas de composición. Era la alegría de estar vivos, capturada en fracciones de segundo.

Caminaron hasta el extremo final del muelle, donde el agua se volvía más profunda y el horizonte se extendía sin límites. El sol comenzaba a ocultarse detrás de las colinas de Bahía Centinela, tiñendo el cielo y el océano de un color naranja encendido, rosa y violeta. Era la estética exacta de la melancolía veraniega, pero el calor entre sus cuerpos lo transformaba todo en un refugio perfecto.

Ezra se apoyó contra el pecho de Miles, dejando que el contador lo rodeara con sus brazos desde atrás. Miles escondió el rostro en el cabello negro de Ezra, respirando su aroma a mar y a lavanda, sintiendo los latidos pausados de su corazón contra su propia espalda.

—Gracias por esto, mi cielo —susurró Ezra, mirando el último destello del sol sobre el agua—. Hacía meses que no me sentía tan feliz. Este pueblo es hermoso, pero tenerte aquí conmigo lo hace parecer el mismísimo paraíso.

—Tú eres mi paraíso, Ezra —respondió Miles en el mismo tono bajo, apretando el agarre de sus brazos alrededor de su cintura—. No importa adónde tengamos que ir después de que termine agosto. Mientras estemos juntos en la misma habitación, siempre estaremos en Bahía Centinela. Siempre será nuestro verano.

Ezra giró la cabeza sutilmente y buscó los labios de Miles en un beso pausado, tierno y cargado de una devoción infinita. Fue un beso rodeado de la luz del atardecer, un sello de amor que consolidaba su promesa de no separarse pasara lo que pasara. Los pescadores a lo lejos continuaban con sus labores, dejándolos disfrutar de su burbuja de felicidad en el fin del mundo.

Se quedaron allí hasta que las primeras estrellas comenzaron a titilar sobre el manto oscuro del océano Atlántico. La confrontación de los papeles de Canadá había dejado de ser una amenaza para convertirse en el mapa de su próximo viaje juntos. Sabían que la tormenta del otoño y los dolores del hospital llegarían pronto, pero esa tarde, en ese muelle viejo, habían logrado vencer al tiempo a base de pura alegría y amor verdadero. Estaban listos para enfrentar lo que viniera, tomados de la mano, guardando en la memoria y en el memotia de la cámara el sabor de un verano dorado que ni la misma eternidad lograría borrar de sus almas rotas.

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Beisy Antunez
muy bueno gracias
Beisy Antunez
Gracias que amor tan lindo nacido del dolor de cada uno, llore mucho con esta historia 😭 pero fue hermosa
Skay P.: Gracias por la compañía, mi cielo.
Tenemos otras excelentes historias para alegrar el corazón. ¡Besitos!✨️🦋
total 1 replies
Smer
y justo escuchando la nave del olvido de José José 😭
Skay P.: ¡Uy! Disculpa, mi Chickis.
En mi perfil, encontrarás historias que sanan el corazón. Además, esta historia tiene un final alternativo muy bonito. 🫣🫰✨️
total 1 replies
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