La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 5
El patio quedó en silencio después del disparo.
Vanessa solo miró el cuerpo en el suelo. La sangre se expandía lentamente sobre el cemento. No podía apartar la mirada.
Andrew caminó hacia ella con cuidado.
—Vanessa...
Ella no dijo nada. Le temblaban las manos.
—Vanessa, mírame.
Dionisio observó durante unos segundos. Luego dijo, como si nada:
—Llévenselo.
Dos hombres arrastraron el cuerpo fuera del patio. Solo quedó una mancha roja.
Vanessa dio un paso atrás. Luego, otro.
Andrew intentó acercarse.
—Vamos, vámonos.
Ella negó con la cabeza.
—No.
Su voz era apenas un susurro.
—Necesitas descansar.
—No.
Vanessa se dio la vuelta y caminó hacia la casa. Se tambaleó un poco. Como si el suelo se moviera… Solo era una niña.
Andrew la siguió, manteniendo la distancia.
Cuando Vanessa llegó a su habitación, cerró la puerta de golpe.
El silencio llenó la habitación.
Durante unos segundos, no pasó nada.
Luego comenzó a llorar.
Vanessa cayó de rodillas junto a la cama.
—¿Qué hice...?
Se cubrió la cara con las manos. Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—¿Qué hice…?
La puerta se abrió lentamente.
Andrew entró.
No dijo nada. Solo se quedó allí parado.
Vanessa lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo lo maté…
La mandíbula de Andrew se tensó.
—Vanessa…
—Yo lo maté…
Su voz se quebró.
—Dijo que tenía una familia.
Andrew cerró los ojos por un segundo.
—Escúchame.
Vanessa negó con la cabeza.
—No quiero escuchar.
—Tienes que hacerlo.
El silencio cayó de nuevo.
Vanessa susurró:
—Yo no soy como él.
Andrew no respondió; porque justo entonces… ni siquiera él estaba seguro.
Esa noche, Dionisio estaba en su oficina, sentado detrás de un escritorio gigante de madera oscura.
Andrew entró sin llamar.
—Tenemos que hablar.
Dionisio levantó la vista.
—Hablar.
Andrew se cruzó de brazos.
—La empujaste demasiado lejos.
Dionisio sonrió un poco.
—No lo suficiente.
Andrew frunció el ceño.
—Era un civil.
—No.
Andrew se quedó helado.
—¿Qué?
Dionisio abrió un archivo que tenía sobre el escritorio. Lo empujó hacia él.
—Échale un vistazo.
Andrew tomó los papeles.
Fotos, registros, armas… Transferencias.
—Era parte de una célula que trabajaba para Ortega.
Andrew levantó la vista.
—¿Estás seguro?
Dionisio se reclinó en su silla.
—Llevo tres semanas investigándolo.
Andrew volvió a mirar el expediente.
Así que… realmente era peligroso.
Dionisio asintió.
—Mucho. Fue uno de los que estuvo en el atentado contra sus padres.
Andrew suspiró.
—Pero ella no lo sabía.
Dionisio juntó las manos.
—Exacto.
El silencio llenó la oficina.
—Ese era el punto.
Andrew negó con la cabeza.
—La destrozaste.
Dionisio lo miró fijamente.
—No.
Su voz se volvió más fría.
—La estoy construyendo.
Más tarde, Andrew caminaba por el pasillo.
Cuando pasó por la armería, vio que la puerta estaba entreabierta.
Dionisio estaba dentro, mirando las armas.
Andrew entró.
—¿Qué está haciendo?
Dionisio tomó una pistola. La misma que había usado Vanessa.
—Revisando esto.
Andrew frunció el ceño.
—¿Qué tiene de malo?
Dionisio sacó el cargador y lo puso sobre la mesa.
Andrew lo miró.
Entonces su rostro cambió, el cargador estaba lleno… No faltaba ni una sola bala.
Andrew levantó la vista lentamente.
—No…
Dionisio puso el arma sobre la mesa.
—El arma de Vanessa nunca tuvo balas reales.
El silencio se hizo pesado. Andrew sintió un escalofrío en la espalda.
—Entonces…
Dionisio completó la frase:
—Ella no disparó.
Andrew recordó al hombre detrás del prisionero. El arma en su cabeza. La orden silenciosa.
—¿Uno de ellos disparó?
Dionisio asintió.
—Correcto.
Andrew apretó los dientes.
—Ella cree que mató a alguien.
Dionisio lo miró fijamente.
—Y eso la va a cambiar para siempre.
Andrew golpeó la mesa con la mano.
—¡Es solo una niña! —Dionisio no se inmutó.
—No. —Su voz era fría como el hielo. —Es una Villanueva.
Andrew se quedó callado.
Dionisio volvió a tomar el arma.
—Cuando descubra la verdad… —Andrew lo interrumpió.
—¿Vas a decírselo? —Dionisio apenas esbozó una sonrisa.
—Algún día —Hizo una pausa. —Cuando esté lista.
Andrew sintió que algo andaba mal. Porque entendió algo terrible: Ese entrenamiento… no solo estaba convirtiendo a Vanessa en un arma.
También estaba convirtiendo a Dionisio… en su mayor enemigo.
Semanas después Vanessa dejó de pensar en lo que había sucedido, el campo de tiro estaba en silencio. Solo el viento movía las hojas detrás del muro. Vanessa estaba de pie, con el arma en las manos, mirando las siluetas metálicas que se movían a pocos metros.
—De nuevo —dijo Andrew, observándola.
Vanessa levantó el arma; sus manos temblaban como siempre. Respiró hondo, apuntó y disparó. La silueta giró con un sonido seco.
—No estás respirando bien —dijo Andrew.
—Lo intento —respondió Vanessa, apretando los dientes.
—Intentarlo no basta.
El silencio volvió. Vanessa bajó el arma y miró al suelo.
—Todavía veo su cara.
Andrew no preguntó a quién se refería; ya lo sabía.
—Eso no se va a ir.
—Entonces nunca podré hacerlo.
Andrew se acercó.
—Claro que sí.
—No si mis manos siguen temblando.
Andrew tomó otra pistola de la mesa y se la mostró.
—El temblor no está en tus manos, está aquí —dijo, tocándole la sien con un dedo—. Está en tu cabeza.
El silencio se hizo espeso.
—Cada vez que levantas el arma, no ves el blanco, ves al hombre del patio.
Vanessa bajó la mirada. Andrew se puso a su lado.
—Escúchame bien —le entregó el arma—. El mundo al que perteneces ahora no te va a esperar.
Vanessa respiró hondo.
—Entonces, ¿cómo lo hago?
Andrew señaló las siluetas.
—No pienses que es una persona. Piensa en decisiones.
Vanessa levantó el arma de nuevo; sus manos temblaban otra vez.
—Respira —dijo Andrew—. Inhala, suelta el aire. Apunta.
Vanessa alineó la mira. La silueta se movía.
—Ahora dispara.
Vanessa apretó el gatillo. El disparo resonó. Impacto. La silueta giró.
—Otra vez.
Vanessa disparó de nuevo. Impacto. Otra silueta cayó.
—Otra vez.
Vanessa disparó una y otra vez, hasta vaciar el cargador. El silencio volvió.
Andrew la observaba.
—¿Lo notaste?
—¿El qué?
Andrew señaló sus manos. Vanessa las miró. Estaban quietas, completamente quietas, sin temblar.
Abrió los dedos lentamente: nada, ni un solo movimiento.
—Ese fue el momento —dijo Andrew.
—¿Qué momento?
—El momento en que dejaste de dudar.
Vanessa miró las siluetas destruidas. Algo en su interior se sentía diferente, más frío, más estable.
Andrew recogió el cargador vacío.
—Ahora sí…
—¿Ahora sí qué?
Andrew caminó hacia la salida.
—Ahora empiezas a ser peligrosa.
Vanessa se quedó sola en el campo de tiro. El viento sopló de nuevo. Miró el arma. Sus manos seguían firmes.
Entonces lo entendió: no había dejado de temblar porque fuera más fuerte, sino porque ya no pensaba en las consecuencias.
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