NovelToon NovelToon
Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Mi Ex CEO Me Compró Por Un Año

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Romance oscuro / Completas
Popularitas:15.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22

Lo dije sin pensar demasiado:

—Si alguien puede quitármelo, entonces que se lo lleve.

Después de todo, hacía un año yo había creído que "Adrián Fuentes" había besado a otra mujer, y aun así lo había terminado sin dudar.

Me dolió.

Me dolió tanto que durante mucho tiempo respirar parecía una tarea.

Pero había cosas que no se negociaban.

El amor podía hacerme tonta por momentos, podía hacerme mirar su espalda en un probador o aceptar que me cargara cuando se le daba la gana. Lo que no podía hacer era convertirme en una mujer capaz de tragarse una traición.

Si un hombre quería engañar, lo haría aunque lo vistieras con costales.

Y si no quería, podía caminar desnudo por media ciudad y aun así volvería a casa con la misma persona en la cabeza.

Así que no me arrepentía de haberlo vestido tan bien.

Al contrario.

Adrián tenía esa cara, ese cuerpo, esa presencia que obligaba a mirar dos veces. ¿Por qué tendría que esconderlo? ¿Por miedo a que alguien más lo viera?

Qué flojera.

Si llegaba el día en que tuviera que engordarlo, despeinarlo y hacerlo salir como si hubiera perdido una pelea con el clóset para que no se fuera con otra, yo misma le abriría la puerta.

Que se lo quedara quien quisiera.

Yo no.

Adrián no dijo nada al principio.

Solo me miró con una expresión extraña, como si hubiera entendido algo que yo no había dicho en voz alta.

Y luego sonrió.

No una sonrisa grande.

Una de esas suyas, contenidas, peligrosas, que le bajaban la seriedad de la cara pero le dejaban los ojos demasiado vivos.

—Entonces te gusta que me vea así.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

—No inventes.

Él inclinó un poco la cabeza.

—Clara, me compraste un cinturón, camisas y casi me desnudas con la mirada afuera de un probador.

Sentí calor en las orejas.

—Te imaginaste la mitad.

—Me conformo con la otra mitad.

Maldito hombre.

Lo peor era que no parecía presumido.

Parecía feliz.

Como si acabara de descubrir que aún podía gustarme y fuera a utilizar esa información con toda la falta de vergüenza del mundo.

—¿Quieres ver joyería? —preguntó de pronto.

Lo miré de reojo.

—¿Ahora?

—Sí.

—Estoy cansada.

Adrián se detuvo un segundo.

Sus ojos se clavaron en mí con una atención casi absurda.

—¿Entonces la próxima vez?

Esa pregunta sonó demasiado cuidadosa.

Como si una negativa mía pudiera romperle algo por dentro.

Últimamente yo lo había rechazado muchas veces.

Con razón ya parecía un perro esperando que no le cerraran la puerta en la cara.

Me quedé callada un instante.

Después asentí.

—Está bien. La próxima vez.

Sus hombros se relajaron apenas.

Fue mínimo, pero lo vi.

Y también vi cómo sus ojos se encendieron.

—Bien.

—No te emociones tanto.

—Demasiado tarde.

Rodé los ojos.

Fuimos hacia el elevador. Él cargaba las bolsas como si fueran trofeos y caminaba a mi lado con una paciencia que no le conocía cuando se trataba de tocarme.

El elevador bajó casi vacío.

Cuando llegamos al estacionamiento, el pasillo estaba silencioso. Solo se escuchaba el eco de nuestros pasos y el zumbido frío del aire acondicionado.

Yo apenas estaba pensando en que mis pies sí empezaban a quejarse cuando Adrián, sin avisar, me rodeó la cintura y me levantó.

—¡Adrián!

Me aferré a sus hombros por instinto.

El corazón me dio un brinco.

—¿Qué haces?

—Cargarte.

—Eso ya lo noté. ¿Por qué?

Él siguió caminando como si fuera lo más normal del mundo llevarme en brazos en medio de un estacionamiento.

—Dijiste que estabas cansada.

—No te pedí que me cargaras.

—Tampoco me pediste que respirara y aun así lo hago.

Le di un golpe suave en el hombro.

—No seas ridículo.

—Estoy siendo útil.

Quise protestar, pero su brazo estaba firme detrás de mi espalda y el otro bajo mis piernas. Su pecho estaba cerca, demasiado cerca; olía a tela nueva, a su perfume limpio y a esa temperatura suya que parecía saber exactamente dónde tocarme sin tocarme de más.

No tenía sentido que mi cuerpo recordara tantas cosas por una posición.

Pero las recordaba.

Recordaba sus manos en mi cintura.

Su voz en mi oído.

El modo en que, cuando estábamos solos, él podía ser obediente un segundo y al siguiente hacerme olvidar quién mandaba.

Me aclaré la garganta.

—Bájame.

—No.

—Tu mano.

Eso sí lo hizo bajar la mirada.

La mano herida estaba sosteniéndome con cuidado, pero seguía siendo la mano herida.

—No pasa nada.

—Adrián.

—Clara.

—Te vas a lastimar.

La comisura de su boca se levantó.

—¿Te preocupa?

Me quedé rígida.

—Me preocupa que luego uses eso para hacerte la víctima.

—También acepto ese tipo de preocupación.

Intenté moverme para bajarme.

Él me apretó un poco, no fuerte, solo lo suficiente para que mi cuerpo volviera a encajar contra el suyo.

—No te muevas —dijo en voz baja—. Si te retuerces, me cansas más la mano.

Me quedé quieta de inmediato.

Adrián soltó una risa suave.

—Ves. Sí te importo.

—Cállate.

Pero ya no me moví.

Le rodeé el cuello con los brazos y apoyé la cara en su pecho, fingiendo que era por comodidad y no porque escucharlo respirar tan cerca me aflojaba algo en el pecho.

Su paso se volvió más lento.

Como si quisiera alargar esos metros hasta el coche.

Yo también quise.

Eso fue lo peor.

No dije nada.

Él tampoco.

Solo me cargó hasta donde el chofer esperaba y me bajó con un cuidado exagerado, como si yo fuera de vidrio y no la misma mujer que lo había empujado, insultado y rechazado más veces de las que él merecía.

Antes de soltarme por completo, sus dedos se quedaron un segundo más en mi cintura.

—La próxima vez que te canses, me avisas.

—Para que vuelvas a cargarme sin permiso.

—Para cargarte con permiso.

Lo miré.

Adrián sonrió.

—Aunque me gusta más cuando finges que te enojas.

—Un día voy a enojarme de verdad.

—Entonces tendré que esforzarme más para contentarte.

Subí al coche antes de que mi cara me traicionara.

Al otro lado de la ciudad, Lidia no tenía el lujo de fingir calma.

Rogelio Zárate llegó con la cara roja de rabia y la camisa arrugada, como si toda la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para cerrarle las puertas.

—¿No dijiste que estaba aquí? —le gritó apenas la vio—. ¿Dónde está?

Lidia bajó la cabeza.

—Yo...

—¡Te pedí una sola cosa! ¡Una! Que la detuvieras. ¿Ni eso puedes hacer bien?

La gente pasaba de largo mirando de reojo.

Lidia apretó los dedos contra el bolso.

Hacía dos días Rogelio aún le hablaba con dulzura. La llamaba su apoyo, su mujer, la única que lo entendía.

Ahora, con el Grupo Zárate hundiéndose, ya ni siquiera se molestaba en disimular.

Qué rápido se acababa el amor cuando se acababa el dinero.

Y para ser justos, Lidia tampoco había amado a Rogelio por sus ronquidos, sus dientes apretados al dormir, su mal humor o esa costumbre asquerosa de creer que el mundo le debía reverencia.

Lo había elegido porque en ese momento necesitaba a un hombre con dinero.

Necesitaba un apellido.

Necesitaba cubrir un secreto que, si salía a la luz, la dejaría sin nada.

Su hija no era de Rogelio.

Y Rogelio, con toda su arrogancia, nunca lo había sospechado.

Durante veinte años Lidia había tragado sus humores, sus reclamos, sus noches insoportables y su desprecio por cualquier persona que no le sirviera. Todo por estabilidad.

Pero ahora la estabilidad se estaba cayendo.

Rogelio aún se creía un señor intocable.

No veía que los bancos ya no contestaban igual, que los socios lo evitaban, que la gente que antes lo saludaba con una sonrisa ahora cruzaba la calle.

Lidia sí lo veía.

Y por eso tenía que irse.

Antes de que él descubriera lo que ella llevaba años escondiendo.

—Eres una inútil —escupió Rogelio—. Si Clara no contesta, voy a buscarla. Y cuando la encuentre, va a aprender a respetar a su padre.

Lidia sintió un frío desagradable.

Clara era su hija de sangre.

Y aun así Rogelio hablaba de ella como si fuera una deuda pendiente, un objeto que podía romper para cobrarse la humillación.

Lidia no era una santa. Nunca lo había sido.

Había lastimado a Clara, había protegido a su propia hija por encima de una niña que no llevaba su sangre.

Pero incluso ella entendía algo:

si Rogelio podía ser así con su hija biológica, ¿qué haría con una hija que no era suya cuando descubriera la verdad?

—Lo siento —dijo Lidia con voz suave.

Rogelio seguía respirando con fuerza.

Ella levantó la mirada poco a poco, con los ojos húmedos en el momento exacto.

—Sé que estás bajo mucha presión. Yo también me desesperé. Debí hacerlo mejor.

La rabia de Rogelio empezó a aflojarse.

Siempre era igual.

Él gritaba.

Ella agachaba la cabeza.

Luego le daba ternura, culpa, admiración. Lo que hiciera falta.

—No quise hablarte así —murmuró él, pasando una mano por su cara—. Es que estos días...

—Lo sé.

Lidia le tocó el brazo.

—Tú has cargado con todo. Yo solo quería ayudarte.

Rogelio exhaló.

—Vámonos. Esa malagradecida ni siquiera me contesta. Cuando la tenga enfrente, veremos si sigue tan valiente.

Lidia bajó la mirada para esconder el asco.

Tenía que darse prisa.

Tenía que sacar a su hija antes de que la casa se incendiara con todos adentro.

Y su secreto, ese secreto que había enterrado durante años, no podía salir antes que ella.

Cuando Adrián y yo llegamos a casa, él entró casi directo al estudio.

Ni siquiera tuvo tiempo de presumir otra vez la ropa que le había comprado.

Eso me hizo sospechar.

La hora de compras había caído en pleno horario de trabajo. Quizá lo había interrumpido.

Pero yo no le había pedido que fuera.

Él fue quien exigió mi ubicación.

Él fue quien apareció.

Él fue quien decidió cargarme por el estacionamiento como si yo fuera una princesa cansada y él un hombre demasiado satisfecho consigo mismo.

¿Entonces por qué iba a sentirme culpable?

Me senté en la cama y enderecé la espalda.

Exacto.

No tenía nada de qué sentirme culpable.

Nada.

Excepto por una cosa.

El baño.

El bendito baño.

Habíamos quedado en bañarnos juntos.

Yo había aceptado.

Y ahora, en la seguridad de la habitación, la idea me parecía una pésima decisión tomada por una versión mía con menos instinto de supervivencia.

No era que nunca nos hubiéramos bañado juntos.

Ese era precisamente el problema.

Con Adrián, un baño nunca era solo un baño.

Primero era agua caliente.

Después sus dedos en mi nuca.

Luego una risa baja, mi espalda contra el azulejo, una pelea fingida por la regadera, espuma en lugares peligrosos y su boca siguiéndome como si cada gota le diera permiso.

Tragué saliva.

No.

No, no, no.

Me puse a recitar mentalmente cualquier cosa que sonara a calma.

Respira.

Piensa en números.

Piensa en impuestos.

Piensa en Rogelio.

Funcionó medio segundo.

Luego mi cabeza, traidora, puso a Adrián sin camisa otra vez.

Me cubrí la cara con las manos.

—Qué horror.

—¿Qué horror?

Abrí los ojos.

Adrián estaba en la puerta.

Su expresión era distinta a la de antes.

Menos juguetona.

Más pesada.

Se acercó hasta la cama y se sentó a mi lado.

—¿Tengo algo en la cara? —pregunté, tocándome la mejilla.

—No.

Su mano llegó a mi cintura con una naturalidad demasiado peligrosa.

Yo ni siquiera alcancé a apartarme.

Me jaló con suavidad, y al segundo siguiente estaba sentada sobre sus piernas.

Otra vez.

Como si ese fuera mi lugar asignado.

Y lo peor era que mi cuerpo ya ni se sorprendía.

Encontró su sitio con una facilidad vergonzosa: mis muslos a cada lado de los suyos, una mano en su hombro, la otra apoyada en su pecho.

Adrián me rodeó la cintura.

Su palma estaba tibia.

Muy tibia.

—¿Conoces bien a Lidia? —preguntó.

Parpadeé.

De todos los temas que pudo elegir mientras me tenía encima, ese era el menos sensual.

—Lo suficiente.

—¿Sabías que su hija no es hija biológica de Rogelio?

Lo dijo despacio, observándome.

Esperaba sorpresa.

No la encontró.

Yo solo asentí.

—Sí.

Sus cejas se juntaron.

—¿Ya lo sabías?

—Lo investigué hace tiempo.

Adrián se quedó inmóvil.

Yo jugué con el borde de su camisa, no porque estuviera nerviosa, sino porque necesitaba hacer algo con las manos.

—Pensaba usar ese secreto para separarlos. Rogelio ama demasiado su sangre y su apellido. Enterarse de que crió como propia a una hija ajena lo habría destruido por dentro.

La mandíbula de Adrián se tensó.

—¿Por qué no lo hiciste?

—La noche en que terminé de confirmarlo, mi mamá enfermó y terminó en el hospital.

La habitación pareció quedarse más quieta.

Respiré hondo.

—No podía arriesgarla. Si Rogelio se desesperaba, si Lidia perdía el control, si cualquiera de los dos decidía desquitarse... mi mamá era la forma más fácil de herirme. Así que guardé todo. Primero tenía que ponerla a salvo.

El brazo de Adrián se cerró un poco más alrededor de mí.

No fue posesivo esta vez.

Fue protector.

—Clara...

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que quieres adoptar mi pasado y golpearlo contra una pared.

Adrián no negó nada.

Me tomó la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo.

Sus ojos estaban oscuros.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Me molestó un poco la pregunta.

No por él.

Por todo lo que venía detrás.

La costumbre de resolver sola.

La vergüenza absurda de contar miserias viejas.

El miedo a que alguien mirara mi historia y solo viera una niña mojada bajo la lluvia, expulsada de una casa que también era suya.

Le aparté la mano.

—¿Y qué habría cambiado?

—Yo habría estado ahí.

—¿Para hacer qué? ¿Ir a golpear a Rogelio?

Lo dije con sarcasmo.

Adrián me miró con una seriedad alarmante.

—Sí.

Me quedé callada.

—Mañana —añadió—. Si eso te hace sentir mejor, mañana voy y le parto la cara.

—¿Estás loco?

—Bastante.

—No lo digas como si fuera una virtud.

—Por ti, a veces lo es.

Me dieron ganas de reír y de pellizcarlo al mismo tiempo.

—No vas a golpear a nadie. Esto es una sociedad con leyes. Si lo dejas inválido, acabas en la cárcel. ¿Y para qué? ¿Por un hombre que no vale ni el trámite?

Adrián me miró.

Luego sonrió.

—Te preocupas por mí.

—Me preocupo por no tener que visitar a un idiota en prisión.

—Pero me visitarías.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

—Otra vez inventando.

Su sonrisa se hizo más evidente.

—Está bien. No lo golpeo.

—Más te vale.

—De todas formas, el Grupo Zárate ya se está cayendo. Eso también cuenta como desquite.

Esta vez fui yo quien se quedó pensando.

Mi mamá ya estaba protegida.

Lidia estaba inquieta.

Rogelio estaba desesperado.

Quizá había llegado el momento de sacar ese secreto del cajón y dejar que hiciera su trabajo.

No tenía que ensuciarme las manos.

Solo tenía que empujar la pieza correcta.

—¿Qué estás planeando? —preguntó Adrián.

No respondí.

Él levantó una mano y me dio un golpecito en la frente.

—Dímelo. Tal vez pueda ayudarte.

Me llevé la mano a la frente y lo miré con furia.

—Vuelve a hacer eso y te muerdo.

Adrián se congeló.

Sus ojos bajaron un segundo a mi boca.

Error.

Yo también lo noté.

Y la amenaza, que en mi cabeza había sonado violenta, de pronto quedó flotando entre nosotros de una forma completamente distinta.

Su respiración cambió.

Muy poquito.

Pero cambió.

—Perdón —dijo, demasiado suave—. Puedes devolverme el golpe.

—No quiero.

—Cien veces, si quieres.

—Qué flojera.

Me acomodé para bajarme, pero sus manos se quedaron en mi cintura.

—¿Sigues enojada?

—Sí.

—¿Mucho?

—Muchísimo.

Sacó el celular con una urgencia ridícula.

—¿Qué haces?

—Busco una solución.

Alcancé a ver la pantalla.

"Setenta y dos trucos para contentar a tu novia".

Lo miré sin expresión.

—¿En serio?

Adrián desplazó la pantalla en menos de dos segundos.

Su cara pasó de concentrada a decepcionada.

—Esto no sirve.

—Qué sorpresa.

—Dice que le compre flores.

—Me compraste medio centro comercial.

—También dice que le cante.

—Si cantas, sí te golpeo.

—Y dice que le escriba una carta sincera.

—No tienes tiempo para tanto.

Adrián dejó el celular a un lado.

Sus ojos volvieron a mí.

Y algo en su mirada cambió.

Ahí estaba.

El hombre que podía fingir obediencia con una facilidad indecente.

El que decía "sí, mi señorita" como si se arrodillara, pero luego encontraba la manera de hacerme perder el equilibrio desde abajo.

Sus dedos se deslizaron un poco en mi cintura.

No demasiado.

Lo justo para que yo recordara que seguía sentada sobre él.

Que mi falda se había subido apenas.

Que su muslo estaba firme bajo el mío.

Que su pecho subía y bajaba a centímetros de mi boca.

—Entonces usaré otro método —murmuró.

—¿Cuál?

No debí preguntar.

Adrián inclinó la cabeza y rozó mi cuello con la punta de la nariz.

Un contacto mínimo.

Lento.

Calculado.

Mi espalda se tensó.

—Adrián.

—¿Sí?

Su boca no me besó.

Solo respiró contra mi piel.

Eso fue peor.

El calor me subió desde el vientre hasta la garganta.

—No uses eso conmigo.

—¿Qué cosa?

—Esa voz.

—¿Esta?

La palabra me cayó en la piel.

Grave.

Cerca.

Descarada.

Le apreté la camisa con los dedos.

—Eres un tramposo.

—Estoy desesperado.

—No pareces desesperado.

—Por dentro sí.

Su mano subió por mi espalda, sin prisa, hasta quedarse entre mis omóplatos. Me acercó apenas. Mi pecho tocó el suyo y el mundo se redujo a ese punto de contacto.

—Clara —dijo.

No levanté la mirada.

Si lo hacía, iba a perder algo.

No sabía qué.

Pero algo.

Adrián rozó con los labios el borde de mi mandíbula.

Esta vez sí fue un beso.

Pequeño.

Tan suave que debería haber sido inofensivo.

No lo fue.

—¿Ya no estás enojada?

—Más.

—Entonces tengo que esforzarme más.

—Ni se te ocurra.

Él se rió contra mi cuello.

La vibración me recorrió entera.

—¿Quieres bañarte conmigo?

La habitación se quedó sin aire.

Levanté la cabeza.

Adrián me miraba con una mezcla imposible de súplica y descaro. Como si me pidiera permiso para portarse mal y al mismo tiempo prometiera obedecer cada límite que yo pusiera.

Su pulgar dibujaba círculos lentos en mi cintura.

—Dijiste que sí antes —recordó.

—También dije que no te iba a dejar hacer tonterías.

—Bañarnos no es una tontería.

—Contigo sí.

Sus ojos bajaron a mi boca.

—Puedo ser bueno.

Me reí sin humor.

—Tú no sabes ser bueno en un baño.

—Puedo aprender.

—Mentiroso.

—Entonces puedo ser exactamente como te gusta.

Eso fue un golpe bajo.

Lo miré con ganas de regañarlo, pero él ya había acercado la cara otra vez.

No me besó.

Se quedó a un dedo.

Esperando.

Esa espera me desarmó más que cualquier atrevimiento.

Porque Adrián podía ser insistente, podía cargarme sin permiso y hacer bromas imposibles, pero cuando de verdad importaba, cuando mi cuerpo tenía que decir sí, él esperaba.

Y eso me ponía peor.

—Solo bañarnos —dije al fin.

Su sonrisa apareció despacio.

Demasiado despacio.

—Claro.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si ya estuvieras planeando romper la regla.

—No voy a romper nada.

Sus manos me apretaron apenas.

—Voy a pedir permiso para todo.

El calor me subió a la cara.

—Adrián.

—¿Sí, bebé?

Mi corazón tropezó con esa palabra.

Él lo notó.

Por supuesto que lo notó.

—Vamos —murmuró, rozándome la cintura con los dedos—. Si no entras ahora, voy a seguir aquí, imaginando demasiado.

—Ese es problema tuyo.

—No cuando tú estás sentada encima.

Le tapé la boca con la mano.

—Cállate.

Adrián besó mi palma.

Un beso lento.

Caliente.

Yo retiré la mano como si me hubiera quemado.

Él sonrió.

—Entonces, ¿me ayudas a quitarme la camisa nueva?

—Te la acabas de poner.

—Precisamente. Quiero que seas tú quien la quite.

Me bajé de sus piernas antes de perder toda dignidad.

—Voy a preparar el agua.

Adrián se levantó detrás de mí.

—¿Eso es un sí?

Caminé hacia el baño sin mirarlo.

—Es una advertencia.

—Me encantan tus advertencias.

—Adrián.

—Ya voy, mi señorita.

Escuché su risa baja a mi espalda.

Y mientras abría la llave del agua caliente, pensé que tal vez, solo tal vez, mi enojo no iba a durar mucho.

Sobre todo si ese hombre seguía aprendiendo tan rápido las peores formas de contentarme.

1
Delia
Me gustó la novela desde el comienzo, felicitaciones
Delia
😭😭😭
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play