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UNA VUELTA PROHIBIDA

UNA VUELTA PROHIBIDA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:559
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.

Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.

Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?

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CAPITULO 23 LÍNEAS QUE CRUZAMOS

Gael soltó una risa baja, profunda, que vibró contra mi pecho al que estaba apoyada.

—Claro que iré a tu fiesta, Cristal —dijo, mirando la pantalla con esa calma que solo él tenía—. Le diré a mi madre que me consiga un disfraz acorde a la ocasión. Y después… podemos irnos juntos hasta Japón Mara.

Levanté la vista de golpe, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón.

—¿Juntos? Gael, eso es muy peligroso. Si nos ven juntos en el aeropuerto, en el avión, en cualquier sitio… nos descubrirían en un segundo. No podemos arriesgarnos así.

Él me miró fijamente, sus ojos grises serios y decididos.

—Tienes razón. Será con cuidado. Pero no me apetece separarme de ti más de lo necesario.

Cristal se rió suavemente desde la pantalla, pero luego Gael inclinó un poco la cabeza, mirándome a mí y luego a ella.

—Oye… las dos están desnudas. ¿No te molesta que te vea así, Cristal?

—Para nada —respondió ella con total naturalidad, sin inmutarse—. Me da igual. No es algo que me quite el sueño.

Gael asintió despacio, y luego dijo con esa voz directa que lo caracterizaba:

—Bueno, Cristal, te dejamos descansar. Nosotros también nos vamos a dormir.

—¿A dormir? —bromeó ella, guiñándome un ojo—. ¿Seguro que solo van a dormir?

Él soltó una risa corta, acariciando con suavidad el borde de mi vendaje.

—Actualmente no puedo hacer mucho más, por sus moretones y su herida. Así que sí, solo dormiremos juntos.

—Adiós, chicos —dijo Cristal con una sonrisa—. Cuídense mucho. Nos vemos en la fiesta.

Colgó la llamada. Dejé el teléfono en la mesita y me aparté despacio de su pecho, buscando mi propio espacio en la cama. Gael frunció el ceño y se apoyó en un codo para mirarme.

—¿Qué haces? ¿Por qué te alejas?

Lo miré a los ojos, con la voz firme aunque me temblara un poco el aliento.

—No vamos a dormir juntos, Gael.

—¿Por qué no? —preguntó, confundido—. No pasa nada.

—Sí pasa —le dije, sosteniéndole la mirada—. Dijimos que seríamos amigos con derechos. Solo sexo. No dormir juntos. Eso ya es otra cosa.

—No tiene nada de malo —insistió él, extendiendo la mano hacia mí—. Solo descansamos.

—Para mí sí lo tiene —respondí con claridad—. No quiero. Si quieres quedarte, hazlo, pero cada uno en su sitio. Los amigos no duermen abrazados, Gael. Eso es cosa de algo más.

Él sonrió apenas, con esa media sonrisa que mezclaba incredulidad y ternura.

—Pues claro que sí. Y además… ya hemos dormido juntos otras veces, ¿te olvidas?

No respondí. Me recosté dándole la espalda, manteniendo toda la distancia posible entre los dos, desnuda bajo las sábanas, sintiendo su calor a pocos centímetros pero sabiendo que ese espacio era necesario para no perderme del todo.

No sé cuánto tiempo pasé despierta, escuchando su respiración, hasta que el cansancio me venció. Pero cuando abrí los ojos entre la oscuridad de la madrugada, me encontré acurrucada contra su cuerpo, su brazo fuerte rodeándome la cintura, su respiración suave en mi nuca. Él seguía profundamente dormido, con una expresión tranquila, casi vulnerable, muy lejos del piloto duro y reservado que todos conocían. Parecía un ángel quieto bajo la luz tenue que se colaba por la ventana.

Me moví con infinita lentitud, sin hacer ruido, deslizándome despacio bajo las sábanas hasta llegar a su entrepierna. Con mucho cuidado bajé el único trozo de tela que llevaba puesto, y lo tomé entre mis manos antes de llevarlo despacio a la boca, succionando suavemente, sintiendo cómo se endurecía y crecía con cada movimiento. Un gemido bajo se le escapó entre los labios cerrados, y al rato sentí que me destapaba despacio. Levanté la mirada y lo encontré con los ojos abiertos, brillantes en la penumbra, mirándome con una mezcla de sorpresa y deseo intenso. No dijo nada, solo sonrió mientras seguía dejándose llevar, hasta que llegó al clímax con un susurro de mi nombre que solo yo pude escuchar.

Seguí unos instantes más, y luego me reí bajito contra su piel.

—Te extrañaba, Lalo —susurré con una media sonrisa traviesa.

Él soltó una risa ronca, acariciándome el pelo. Me levanté despacio, fui al baño, me lavé los dientes y regresé a la cama. Él me esperaba apoyado en la almohada, con la mirada cargada de deseo, lenta y profunda.

—Ahora me toca a mí —dijo con voz baja y rasposa.

Me reí, abriendo las piernas para él despacio. Se inclinó sobre mí, y empezó a devolverme el placer con la misma lentitud y ternura con la que yo lo había hecho: succionando, besando, lamiendo cada rincón sensible, uno tras otro, sin prisa. Me aferré a las sábanas con fuerza, apartándolas a medida que la sensación crecía, hasta que el orgasmo me sacudió entera, dejándome temblando entre sus brazos. Él se recuperó unos segundos, y luego me besó muy despacio, con cuidado, saboreando cada instante, como si quisiera grabarse ese momento para siempre.

—Tengo mucho sueño —susurré cuando nos separamos—. Vamos a dormir de verdad.

—Descansa —dijo él, acercándose de nuevo sin decir nada más. Y esta vez no me alejé.

 

A la mañana siguiente se fue muy temprano, antes de que saliera el sol, sin despertarme. Me levanté despacio, sintiendo el dolor sordo en el pecho y los músculos cansados, me bañé con mucho cuidado, cambié el vendaje y me puse el uniforme rojo de Ferrari, impecable y ajustado. Me miré al espejo un instante, respiré hondo y salí hacia el ascensor.

El circuito ya vivía con su propia energía: el ruido de los motores de prueba, los gritos de los encargados, el ir y venir de camiones y personas, el olor a gasolina, caucho y café caliente. El paddock hervía de actividad: periodistas con cámaras, patrocinadores con trajes impecables, mecánicos revisando herramientas, pilotos saludando de aquí para allá. Todos sabían que hoy era una carrera decisiva para el campeonato.

La salida fue tensa desde el primer segundo. Gael salió fuerte desde la pole, manteniendo la primera posición, pero Charles le pegaba a la rueda trasera, presionándolo en cada curva. Carlos avanzaba con inteligencia desde atrás, buscando cualquier fallo. George defendía la tercera plaza con uñas y dientes. Hubo adelantamientos arriesgados, frenadas al límite, un coche de seguridad que hizo que todo se apretara aún más, y paradas en boxes decididas al milisegundo.

Pero cuando faltaban tres vueltas, Gael tuvo que entrar por un pinchazo inesperado que le hizo perder segundos vitales. Charles aprovechó el error para adelantarse y poner tierra de por medio, mientras Carlos se mantenía en una segunda posición muy valiosa, y Gael salía de boxes en tercera, justo delante de George. Al cruzar la línea de meta, el resultado era inapelable: primero Charles Leclerc, segundo Carlos Sainz, tercero Gael.

El equipo de Ferrari estalló en gritos y abrazos. Charles bajó del monoplaza, se quitó el casco y corrió hacia nosotros, con los ojos brillantes de emoción. Todos lo rodearon, lo felicitaron, le dieron palmadas en la espalda y lo abrazaron. Cuando pasó el alboroto, se acercó a mí, con la respiración todavía agitada, y me dedicó una sonrisa sincera.

—Tú eres la verdadera fuerza de este equipo —me dijo, y me dio un abrazo corto pero cálido, cuidando de no tocar mi herida—. Gracias por todo.

Unos metros más allá, Gael pasaba por mi lado. Me miró de reojo, con esa mirada que decía todo sin palabras, una mezcla de frustración por el resultado y algo más que solo nosotros entendíamos. George me saludó con un leve movimiento de cabeza, respetuoso y distante.

Llegó el momento de la ceremonia: el himno nacional de Mónaco sonó con solemnidad, le entregaron el trofeo a Charles y luego las botellas de champán estallaron en el aire, bañando a todos de espuma y risas. Mientras los tres pilotos celebraban arriba, yo miraba las pantallas donde aparecían los números del campeonato de constructores: Ferrari tomaba la primera posición con una ventaja de veintidós puntos sobre Mercedes, que seguía en segundo lugar, con el resto de equipos muy lejos todavía.

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Ana Gonzalez
más capitulos excelente novela ❤️
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