Fabián Black está a seis semanas de perder su herencia, el control del imperio hotelero familiar y cualquier posibilidad de seguir viviendo como siempre. Encontrar una esposa debería ser fácil. Sin embargo, una tras otra, todas las candidatas desaparecen antes de llegar al altar.
Rebeca Martínez tiene problemas mucho más urgentes. Entre dos trabajos agotadores, una sobrina en cuidados neonatales y una economía que se sostiene con pura voluntad, el amor ocupa el último lugar de su lista de prioridades.
Cuando un encuentro inesperado los lleva a aceptar un matrimonio por conveniencia, ambos creen tener las reglas claras.
Hasta que, durante la negociación, Rebeca le advierte:
--Si vamos a dormir juntos, hay algo que debes saber. Yo duermo con Babydoll y eso no es negociable
Durante unos segundos, Fabián creyó que aquel acuerdo sería mucho más interesante... Qué equivocado estaba.
Porque el verdadero desafío no era casarse... era sobrevivir al caos...
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EL IMPACTO
NARRADOR
Rebeca revisó el celular por quinta vez en menos de diez minutos y volvió a encontrar exactamente lo mismo que antes: nada. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una señal mínima de Thomas que le diera la tranquilidad que intentaba fingir. Se quedó mirando la pantalla unos segundos más de los necesarios antes de bloquearlo y guardarlo en el bolsillo, mientras seguía caminando junto al último perro de su recorrido.
El día había empezado raro, pero lo que más la inquietaba no era el trabajo, ni el cansancio, sino ese silencio insistente del teléfono que no terminaba de explicarse.
Thomas no era perfecto, pero tampoco desaparecía así. Siempre había algún mensaje, alguna excusa, alguna respuesta tardía. Esa ausencia no encajaba con nada de lo que ella conocía de él. Rebeca respiró hondo, intentando convencerse de que probablemente estaba exagerando, que quizás estaba trabajando o distraído o simplemente sin batería. Aun así, la incomodidad no se iba. Le pesaba en el pecho como una advertencia que no sabía interpretar.
El perro caminaba a su lado con aparente calma, olfateando el suelo, moviendo la cola de vez en cuando. Rebeca aflojó un poco la correa mientras acomodaba el bolso al hombro, un gesto mínimo, automático, de esos que se hacen sin pensar. Fue un segundo. Uno solo. La correa se deslizó entre sus dedos como si tuviera vida propia.
El perro salió disparado.
--¡Benito!-- Gritó Rebeca reaccionando de inmediato
Pero ya era tarde. El animal cruzaba el césped del parque con una velocidad imposible de alcanzar caminando, y luego corriendo. Rebeca soltó un insulto entre dientes y salió detrás de él, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba de golpe. No era la primera vez que algo así ocurría, pero cada vez era igual de caótico.
A unos metros de distancia, Fabián Black salía de una pequeña tienda con una botella de agua en la mano. El día ya venía mal desde mucho antes de ese momento. No necesitaba que nada más ocurriera, y sin embargo todo parecía empeñado en empeorar. Seguía dándole vueltas a la misma idea desde hacía horas, desde que había recibido la notificación oficial: doscientos dólares diarios.
Era ridículo, insuficiente e insultante.
Había gastado más en una sola cena sin siquiera pensarlo. No podía ser real. No podía ser así la vida de alguien que había crecido con otro estándar, con otra lógica, con otra expectativa. Su abuela lo había dejado claro: o se adaptaba a sus condiciones o quedaba fuera de todo. Pero adaptarse a eso no era adaptarse, era sobrevivir a la fuerza por primera vez en treinta años.
Fabián caminaba distraído, todavía molesto, cuando algo lo golpeó con violencia en las piernas. No tuvo tiempo de reaccionar. Perdió el equilibrio de inmediato y cayó hacia atrás sobre el césped, soltando la botella en el proceso. El impacto le quitó el aire por un segundo, suficiente para que su mente tardara en procesar lo que acababa de ocurrir.
El perro no se detuvo. Volvió sobre sus pasos, tomó la botella entre los dientes como si fuera un trofeo y salió corriendo otra vez.
--¿Qué…?-- Alcanzó a decir Fabián, todavía en el suelo
Rebeca llegó justo en ese momento, viendo la escena completa con una claridad desesperante. El perro escapando con la botella, el hombre en el suelo cubierto de barro, el desastre ocurriendo en simultáneo como si el universo se hubiera puesto de acuerdo.
--¡Benito no!-- Gritó ella, aunque el perro ya estaba demasiado lejos para obedecer cualquier cosa
Fabián levantó la vista lentamente. Su camisa blanca, impecable apenas minutos antes, ahora estaba manchada de tierra húmeda. El contraste le resultó casi ofensivo. No solo por el daño en la ropa, sino por la absoluta falta de cuidado con la que todo había ocurrido. Y encima, la mujer responsable de ese caos no parecía detenerse ni un segundo.
Rebeca pasó corriendo a su lado sin frenar, sin mirarlo realmente, sin registrar del todo que había una persona en el suelo. En un movimiento ágil, lo esquivó dando un pequeño salto para no pisarlo y continuó la persecución como si nada más existiera.
--¡Perdón!-- Gritó sin detenerse y volvió a llamar al perro escapista
Siguió corriendo. Si perdía un perro que le tocaba cuidar eso significaba perder dinero y en su ajustada economía no podía permitírselo.
Fabián se quedó inmóvil unos segundos, procesando la situación. El barro en la camisa, el dolor leve en el costado, la botella desapareciendo a lo lejos en la boca de un perro completamente fuera de control y una mujer que acababa de saltarlo como si él fuera parte del paisaje.
Se incorporó despacio, mirando alrededor como si esperara que alguien le explicara qué clase de broma era esa.
--Maldita sea-- Murmuró finalmente intentando ordenar su ropa. Una batalla perdida sin llevarla a la tintorería
No había otra forma de describirlo. El día ya era un desastre antes de esto, pero ahora había cruzado algún límite nuevo. No sabía cuál, pero lo había cruzado.
Rebeca logró alcanzar a Benito unos metros más adelante, justo antes de que el perro provocara otro accidente. Se agachó con rapidez, lo sujetó con firmeza y le quitó la botella de la boca mientras le hablaba entre dientes, intentando calmarlo. Luego, con la respiración agitada, pidió disculpas a los dueños del perro cuando lo devolvió embarrado como si eso pudiera reparar algo del caos anterior. Había aprendido a vivir con ese tipo de situaciones, aunque nunca dejaban de agotarla.
Cuando finalmente terminó con todo, el cansancio le pesaba en cada parte del cuerpo. Volvió al apartamento caminando rápido, con la mente todavía acelerada, repasando mentalmente lo que había quedado pendiente del día, lo que tenía que hacer después, lo que no podía permitirse olvidar.
Apenas cerró la puerta detrás de ella, el celular comenzó a sonar. El nombre en la pantalla le heló el estómago. Mamá.
Contestó de inmediato, sin pensarlo.
--¿Qué pasó?-- Estaba segura de que eso era una mala señal. Su madre jamás llamaba a esa hora a menos que algo ocurriera
Del otro lado escuchó la voz de su madre, agitada, quebrada, como si hubiera estado hablando mientras corría o lloraba o ambas cosas al mismo tiempo. Rebeca sintió cómo algo se le comprimía en el pecho antes de entender las palabras completas.
Sofía había sido llevada al hospital porque tenía contracciones.
Rebeca no pidió más detalles. No necesitaba más información para entender que algo no estaba bien. Se quedó un segundo en silencio, con la respiración suspendida, y luego respondió que iba para allá.
La llamada terminó, pero el ruido en su cabeza no.
Mientras buscaba las llaves con manos que empezaban a temblar, un recuerdo se abrió paso sin permiso, como si su mente no le diera opción a evitarlo. Sofía llorando en silencio, sentada al borde de una cama demasiado grande para su cuerpo adolescente. Tenía diecisiete años cuando le confesó que estaba embarazada. No mencionó al padre. Nunca lo hizo, simplemente parecía omitirlo con rabia o tal vez con tristeza. Solo dijo que quería abortar, como si esa palabra pudiera resolverlo todo o terminar con el miedo que la estaba consumiendo.
Rebeca recordaba haberla abrazado fuerte, intentando contener algo que ya se estaba desbordando. Recordaba haberle prometido que no estaría sola, que encontrarían la forma de salir adelante, que harían lo que fuera necesario.
Ahora Sofía acababa de cumplir dieciocho años y estaba en su séptimo mes de embarazo. Y lo que fuera que estaba ocurriendo en ese hospital podía cambiarlo todo porque era demasiado pronto para un desenlace.
La historia está muy bonita pero ya siento que se va tornando monótona 🤭
😂🤣😂🤣 pelear porque la primera sonrisa de Jade fue para Fabian fue demasiados celos de Rebeca que sobrina lo prefiriera cada vez que le hace una payasada.