La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 4 La herida que no sangra
El sueño llegó sin avisar, como siempre.
Angrod caminaba por el fondo del mar. El agua no lo ahogaba —nunca lo ahogaba en los sueños—, pero pesaba sobre sus hombros como una capa de plomo. A su alrededor, peces de colores imposibles trazaban espirales de luz. Y más allá, en la penumbra azulada, una silueta.
La niña.
No era ya la niña. Era mujer, cabello dorado flotando como algas, ojos verdes abiertos en la oscuridad. Extendía la mano hacia él. Su boca formaba una palabra que el agua no dejaba oír.
Angrod.
Él quería alcanzarla. Quería tomar esa mano, sentir su calor, confirmar que era real y no un espejismo tejido por doce años de vigilia. Pero cuanto más se esforzaba, más se alejaba ella. La distancia entre ambos se hacía insalvable.
Angrod.
Y entonces la oscuridad llegó.
No era agua. Era algo más antiguo, más hambriento. Surgía de su propio pecho, un humo negro que le trepaba por la garganta, le nublaba la vista, le devoraba los pulmones. La maldición.
No, quiso gritar. No a ella. A cualquiera menos a ella.
Pero la oscuridad no escuchaba. Nunca escuchaba.
Cuando despertó, tenía las uñas clavadas en las palmas y la almohada empapada en sudor frío.
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El espejo del baño le devolvió la imagen de siempre.
Ojos azules. Pelo negro azulado, revuelto por el sueño. Líneas de fatiga alrededor de la boca que ningún elfo de su edad debería tener. Parecía un hombre que hubiera vivido tres vidas, todas ellas miserables.
Se mojó el rostro con agua helada. Apoyó las manos en el borde de piedra y respiró hondo.
Está aquí, se recordó. En Hassan. En una habitación a trescientos pasos de la tuya. Puedes verla cuando quieras. Puedes olerla. Puedes oír su voz.
Pero no puedes tocarla.
No. No debía.
Si la tocaba, si cedía aunque fuera un instante a la necesidad que llevaba doce años pudriéndose en sus entrañas, la maldición la alcanzaría. Su oscuridad se derramaría sobre esa luz dorada y la extinguiría para siempre.
No como ella. A cualquiera menos como ella.
Se vistió con movimientos rápidos, precisos, aprendidos en años de batallas y emboscadas. La armadura no. Hoy tampoco. No necesitaba protegerse de nada que pudiera atravesar su piel. Necesitaba protegerse de lo que llevaba dentro.
Salió de sus habitaciones.
Sus pies lo llevaron, como siempre, hacia la biblioteca.
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La bola de cristal seguía en su escondite, tras el tomo de genealogías falsas que ningún erudito había abierto en tres siglos.
Angrod dudó.
No debería mirarla. Ya no era necesario. Ella estaba aquí, en el mismo reino, respirando el mismo aire. Podía ir a verla. Podía sentarse a su lado y fingir que solo cumplía órdenes de su padre. Podía...
Débil.
Apartó el cristal. No. Hoy no.
En su lugar, tomó un pergamino enrollado, amarillento por el paso de los años. Lo había encontrado cuando era un niño recién llegado del umbral, cuando aún creía que su padre podía amarlo si demostraba suficiente valía. Hablaba de maldiciones. Hablaba de orígenes.
Hablaba de Malakor.
"El primero de los hechiceros, el que quebró la barrera entre mundos. Su poder era inmenso, su ambición insaciable. Cuando los dioses le negaron la vida de su amada, él les negó su lealtad. Y creó, en el laboratorio de su propia desesperación, la primera semilla de la oscuridad devoradora. Aquella que consume todo amor, toda luz, toda esperanza."
Angrod había leído esas palabras cientos de veces. Conocía cada trazo, cada mancha de tinta, cada pliegue del pergamino. Pero seguía sin encontrar lo que buscaba.
¿Cómo se mata una maldición?
¿Cómo se mata lo que ya es parte de ti?
Un golpe en la puerta lo arrancó de sus pensamientos.
—¿Mi señor?
Elara. La criada que habían asignado a la humana.
—Adelante.
La elfa entró con paso vacilante. Era joven, o al menos lo parecía —con los elfos nunca se sabía—, pero había algo en sus ojos que hablaba de demasiados años de servicio silencioso.
—La señora Leila pregunta por usted —dijo—. Desea continuar con las lecciones.
Desea. No debe. No su padre ordena. Desea.
Angrod sintió algo caliente en el pecho. Lo aplastó.
—Iré enseguida.
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La encontró en el jardín.
No en el salón contiguo ni en la biblioteca. En el jardín, de rodillas sobre la tierra negra, con las manos hundidas hasta las muñecas en un macizo de flores azules.
—¿Qué hace? —preguntó, y su voz sonó más áspera de lo que pretendía.
Ella levantó la vista. Tenía tierra en las mejillas. Un mechón dorado le caía sobre los ojos. Y sonreía. No una sonrisa burlona ni desafiante. Una sonrisa de verdad, pequeña y luminosa.
—Las flores —dijo—. Estaban secas. Creí que necesitaban agua.
Angrod miró las flores. Eran tayannis, una especie que solo florecía en las grietas de las montañas, donde ni siquiera la lluvia llegaba. No necesitaban agua. Necesitaban roca, soledad, y quizá un poco de sangre de elfo para mantener el color azul.
Pero él no dijo nada.
—¿No va a regañarme? —preguntó ella, incorporándose—. ¿Decirme que las flores no son asunto mío, que debo concentrarme en mis lecciones, que soy una prisionera y las prisioneras no tienen jardines?
—No —dijo él.
—¿Por qué no?
Porque cuando tenías siete años, salviste un pájaro caído del nido. Lo llevaste a tu casa, lo alimentaste con migas de pan, lloraste cuando murió tres días después. Porque siempre has sido así. Porque no has cambiado. Porque verte de rodillas en la tierra, manchada y sonriente, es lo más parecido a la paz que he sentido en doce años.
—Las lecciones —dijo en voz alta—. Hoy toca combate.
Ella arqueó una ceja.
—¿Combate?
—Si va a sobrevivir en Hassan, necesita saber defenderse.
—¿De quién?
De mí, pensó él. De mi padre. De Malakor. De todos los que quieran usar tu luz o extinguirla.
—De todos —respondió.
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El patio de armas estaba vacío.
Angrod eligió dos espadas de entrenamiento: hojas embotadas, filos romos, peso equilibrado. Le tendió una a Leila.
—Sujétela.
Ella obedeció. La espada pesaba más de lo que parecía, y su muñeca se dobló ligeramente bajo el peso.
—Así no —dijo él.
Se acercó.
No era la primera vez que estaba tan cerca de ella. Doce años de espiarla a través del cristal le habían enseñado cada detalle de su rostro: la forma en que fruncía el ceño cuando leía, el brillo de sus ojos cuando reía, la curva de sus labios cuando dormía. Pero esto era diferente.
Aquí podía olerla.
Jazmines nocturnos del baño de esta mañana. Tierra húmeda del jardín. Y debajo, algo más antiguo, algo que su memoria de elfo reconocía instintivamente: el olor del mar.
—Relaje el hombro —dijo, colocando una mano sobre su muñeca para ajustar el agarre—. La espada no es una extensión del brazo. Es una extensión de la voluntad.
Ella no respondió.
Él levantó la vista y se encontró con sus ojos verdes, demasiado cerca, demasiado abiertos.
—¿Qué? —preguntó, con la voz más ronca de lo que recordaba.
—Nada —susurró ella.
Pero su pecho subía y bajaba demasiado rápido. Y sus labios, esos labios rosados y carnosos que había visto curvarse en mil sonrisas a través del cristal, estaban ligeramente separados.
Angrod dio un paso atrás.
—Practique el agarre —dijo—. Mil repeticiones.
Y se alejó antes de que ella pudiera ver cómo le temblaban las manos.
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Pero ella lo vio.
Leila no era tonta. Podía no entender la política de Hassan, las jerarquías élficas, los entresijos del pacto. Pero entendía a las personas. Entendía los silencios, las tensiones, las cosas que se decían sin palabras.
Y entendía que Angrod Caranthir, príncipe de hielo, guerrero implacable, hijo no amado, temblaba cuando la tocaba.
No era miedo. Era otra cosa.
¿Qué eres? pensó, mientras levantaba y bajaba la espada en series mecánicas. ¿Qué soy yo para ti?
Mil repeticiones. Sus brazos ardían. Su mente, también.
Cuando terminó, él seguía allí, de pie junto a la columna, observándola con esa intensidad que helaba y quemaba a la vez.
—Suficiente —dijo—. Mañana continuamos.
—Espere —dijo ella.
Él se detuvo.
—¿Por qué me odia? —preguntó Leila.
—No la odio.
—Entonces, ¿por qué me mira como si quisiera estar en cualquier otro sitio?
Él no respondió.
—Y no me diga que es por el pacto —continuó ella, más firme—. No me mire a los ojos y me mienta otra vez.
El silencio se estiró como una cuerda tensa.
—No quiero estar en cualquier otro sitio —dijo él al fin.
Su voz era apenas un susurro. Su mandíbula, tan tensa que parecía a punto de romperse.
—Quiero estar aquí. Y eso es precisamente el problema.
Dio media vuelta.
Y esta vez, Leila lo dejó ir.
Pero esa noche, mientras la luz violeta de Hassan teñía su habitación, no pudo dejar de pensar en sus palabras.
Quiero estar aquí. Y eso es el problema.
¿Qué clase de problema? pensó, con el corazón latiendo demasiado rápido. ¿El tipo de problema del que no se vuelve?
No tenía respuesta.
Pero por primera vez desde que llegó a ese mundo, no sintió miedo.
Sintió curiosidad.
Sintió hambre.
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No quería estar en cualquier otro sitio.
Quería estar allí, con ella, a pesar del peligro, a pesar de la maldición, a pesar de todo lo que me había enseñado a temer.
Y eso, precisamente eso, era lo que más me aterraba.
Porque si podía querer estar con ella...
Quizá también podía querer vivir.
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