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18: el infierno privado
Los días posteriores a la boda se convirtieron en una rutina de hielo y fuego alternados. En público, Sauching y Minji eran la pareja ideal: sonrisas medidas en eventos benéficos, manos entrelazadas para las fotos de sociedad, besos en la mejilla que duraban lo justo para que los flashes capturaran el momento perfecto. Los titulares seguían hablando de “la unión del año”, de “dos imperios que se convierten en uno”. Nadie veía el otro lado.
En el penthouse, todo era diferente.
Sauching había sido claro desde la segunda noche
—No te amo. Nunca te amé. Estamos casados por el bien de las familias y nada más. No esperes más que eso.
Minji había llorado, gritado, roto un jarrón de cristal veneciano contra la pared. Sauching no se inmutó. Desde entonces, ella dormía en la habitación de invitados. Él ocupaba la suite principal solo. Nunca compartieron cama. Nunca compartieron nada más que el mismo techo y el mismo apellido.
Cada día que Sauching pasaba en el penthouse era un infierno silencioso. Minji lo esperaba con reclamos preparados: por qué llegaba tarde, por qué no la miraba, por qué no la tocaba, por qué no fingía ni un poco de interés. Los insultos que antes guardaba para las empleadas ahora salían dirigidos a él: “frío”, “hijo de puta”, “incapaz de sentir”, “cobarde”. Sauching no respondía. No contradecía. No levantaba la voz. Simplemente la ignoraba como si fuera ruido de fondo.
Una mañana, Taeyong apareció sin avisar.
Entró al penthouse con la misma naturalidad con que entraba a cualquier lugar: chaqueta de cuero negra, gafas de sol que no se quitó hasta estar dentro, sonrisa ladeada que ocultaba más de lo que mostraba. Minji estaba sentada en el sofá del salón principal, con un café que ya se había enfriado en las manos. No saludó. Solo apretó los labios.
Sauching salió de su oficina privada, carpeta en mano.
—Hyung —saludó con un leve asentimiento.
Taeyong se dejó caer en el sillón de enfrente.
—Vine a ver cómo está el hombre casado. ¿Sobreviviendo?
Sauching se sentó frente a él, ignorando por completo la presencia de Minji.
—Los hoteles van bien. Kyoto al 95% de ocupación. Singapur cierra el trimestre con récord. La adquisición de los tres boutique en Seúl ya está firmada.
Taeyong silbó bajo.
—Siempre trabajando. ¿Y la vida de casado?
Sauching se encogió de hombros.
—Tranquila.
Minji soltó una risa amarga desde el sofá. Taeyong la miró de reojo, pero no dijo nada. Siguió hablando con su hermano.
—¿Sabes qué necesitas? Salir. Un día de hermanos. Como antes. Tengo dos chicas esperando en un club privado esta noche. Buenas, discretas, sin complicaciones. Vamos, Sauching-ah. Un rato de diversión no te va a matar.
Sauching sonrió apenas. Sabía que era broma. Taeyong siempre bromeaba con eso para sacarle alguna reacción. Nunca había funcionado.
Pero Minji no lo sabía.
Se levantó de golpe, el café derramándose sobre la alfombra.
—¿Dos chicas? ¿En serio? —Su voz temblaba de furia—. ¡Seguramente una de ellas es la puta con la que te fuiste la noche de bodas! ¿Verdad, Sauching? ¿O eran más? ¿Cuántas has tenido mientras yo esperaba aquí como idiota?
Sauching suspiró con desagrado evidente. No la miró.
Taeyong alzó las manos.
—Tranquila, cuñada. Era una broma. Solo una broma.
Minji no escuchaba. La furia acumulada de días, de semanas, de años, estalló.
Tomó un jarrón de la mesa auxiliar y lo estrelló contra el suelo. Vidrio por todas partes. Luego una copa de cristal. Luego un libro pesado que voló contra la pared.
—¡Eres un maldito mentiroso! ¡Un cobarde! ¡Nunca me has querido y ahora ni siquiera finges! ¡Me dejaste sola en nuestra noche de bodas para irte con quién sabe quién!
Sauching se puso de pie con calma. Avanzó hacia ella para detenerla antes de que rompiera algo más valioso.
Minji giró y le soltó una bofetada abierta en la cara. El sonido fue seco, fuerte. La mejilla de Sauching se enrojeció al instante.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas y odio.
—Te odio —susurró, antes de darse la vuelta y correr hacia la habitación de invitados, cerrando la puerta de un portazo que hizo temblar los cuadros.
Silencio.
Taeyong miró el desastre: vidrio roto, café derramado, un libro abierto en el suelo. Luego miró a su hermano.
La marca roja en la mejilla de Sauching empezaba a hincharse ligeramente.
Taeyong soltó un suspiro largo.
—Pobre cabrón. Casado con una bomba de tiempo.
Sauching se tocó la mejilla con los dedos. No dijo nada. Solo recogió la carpeta que había dejado.
—Voy al trabajo.
Taeyong se levantó.
—Cuando quieras salir de verdad… avísame. Sin bromas. Solo hermanos. Y trae al chico bonito si quieres. Se ve que lo necesitas más que a esto.— susurro solo para sauching.
Sauching no respondió.
Salió del penthouse sin mirar atrás.
Minji quedó sola otra vez. Encerrada en la habitación de invitados, llorando contra la almohada que no olía a él.
Y Sauching condujo hacia la oficina, con la mejilla ardiendo y el anillo que empezaba a sentirse como una cadena.
El infierno privado continuaba.
Y nadie parecía capaz de apagarlo.