Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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capitulo 11
La luz del alba se filtraba por las pesadas cortinas de la mansión, pero para Elena, el concepto de "mañana" se había desdibujado en una sucesión de latidos y cifras. Tras la crisis de la noche anterior, el miedo que había visto en los ojos de Liam y la fragilidad del pequeño Ian se habían convertido en una alarma constante en su cabeza. No podía permitirse el lujo de la distancia.
Sin pedir permiso, Elena había arrastrado sus maletas coloridas a la habitación contigua a la de Ian, un vestidor reconvertido en cuarto de invitados que conectaba directamente con la suite del niño. Era pequeño y austero, pero le permitía escuchar cada respiración del pequeño a través de la puerta entreabierta.
—Si algo vuelve a pasar, no quiero tener que correr por un pasillo —le había dicho a un Liam todavía aturdido por el cansayo—. Desde hoy, soy su sombra.
Elena instaló una pequeña mesa de madera frente a la cama y en ella desplegó su arsenal: un cuaderno de notas de tapa dura, su estetoscopio, y una serie de viales vacíos. Su mente médica estaba en modo de asedio. Ya no confiaba en los informes oficiales del hospital, ni mucho menos en la enfermera privada, una mujer llamada Martha, que Sabrina había contratado meses atrás.
Martha era una mujer de gestos mecánicos y ojos esquivos que parecía más preocupada por mantener las sábanas sin arrugas que por la saturación de oxígeno del niño.
—Doctora, no es necesario que usted anote la ingesta de alimentos. Yo ya llevo el control en la tableta del sistema —dijo Martha con un tono gélido, entrando a la habitación con una bandeja.
Elena ni siquiera levantó la vista de su cuaderno.
—Desde hoy, Martha, el sistema soy yo. Anotaré cada mililitro de agua, cada gramo de papilla y, sobre todo, cada suplemento. Por cierto, ¿dónde están las vitaminas suizas de esta mañana?
La enfermera vaciló un segundo, un microsegundo que para Elena fue una confesión.
—La señorita Sabrina dijo que el niño estaba muy débil tras el susto nocturno y que ella misma se encargaría de administrárselas más tarde.
Elena apretó el bolígrafo hasta que sus nudillos blanquearon.
—Nadie le da nada a este niño sin que pase por mis manos. ¿Queda claro? —Su voz no fue un grito, fue un látigo.
Martha asintió con rigidez y salió de la habitación. Elena suspiró, sintiendo el peso de la soledad en esa casa. Estaba en territorio enemigo, y su única arma era su observación. Pasó las siguientes horas analizando las etiquetas de los frascos de la cocina y revisando la basura del cuarto de suministros médicos. Llevaba su cuaderno a todas partes, anotando inconsistencias como si fuera una detective forense.
En el despacho del piso inferior, Liam intentaba concentrarse en un contrato de infraestructura petrolera, pero las cláusulas se mezclaban con la imagen de Elena cantando en la penumbra. Se sentía inquieto. El silencio de la casa, que antes consideraba un símbolo de estatus, ahora le resultaba opresivo.
Se levantó y caminó hacia la cocina. Vio a Elena de lejos; estaba sentada en el suelo del almacén, revisando las fechas de caducidad de unos suplementos con una linterna pequeña. Se veía exhausta. Tenía ojeras marcadas y el cabello, que ayer lucía espectacular en la cena, ahora estaba recogido en un moño apresurado que dejaba escapar varios mechones.
Liam sintió una punzada de algo que no sabía identificar. No era deseo, aunque el vestido verde seguía quemando en su memoria. Era una mezcla de respeto y una ternura desconocida que lo asustaba. Aquella mujer estaba rompiéndose la espalda por un niño que ni siquiera era suyo, mientras su propia prometida estaba en un spa "recuperándose del trauma de la cena".
Sin pensarlo mucho, Liam preparó una taza de café. No el café de máquina que tomaba el servicio, sino el suyo: una mezcla especial de granos arábicos que él mismo solía moler cuando el insomnio lo atacaba.
Subió las escaleras con paso silencioso. Al llegar a la habitación de Ian, vio que el niño dormía plácidamente. Elena estaba en su mesa improvisada en el cuarto contiguo, rodeada de papeles y con la cabeza apoyada en una mano, luchando por mantener los ojos abiertos.
Liam golpeó suavemente el marco de la puerta. Elena se sobresaltó, poniéndose en guardia al instante.
—Soy yo —dijo Liam, entrando con cautela—. Tranquila, el "monstruo de la bolsa" viene en son de paz.
Elena relajó los hombros, pero mantuvo su expresión de cansancio. —Señor Volkov. Pensé que estaría ocupado conquistando algún mercado.
—Los mercados pueden esperar. Tú, en cambio, pareces a punto de colapsar —Liam se acercó y dejó la taza de porcelana sobre la mesa, justo encima de un gráfico de frecuencias cardíacas.
—. Te he traído café. Sin veneno, te lo prometo.
Elena miró la taza y luego a él. El vapor del café le acarició el rostro, despertando sus sentidos.
—¿Usted me ha traído café? ¿Personalmente?
—preguntó ella, con un rastro de su antigua ironía, pero sus ojos delataban que estaba conmovida.
—No te acostumbres, doctora. El servicio de habitaciones es limitado para las personas que me llaman "mandón" tres veces al día —respondió Liam con una media sonrisa que no llegó a ocultar la intensidad de su mirada—. ¿Cómo va el registro?
Elena tomó un sorbo del café. Estaba perfecto: fuerte, caliente y con un toque de dulzura que necesitaba desesperadamente.
—Hay algo mal, Liam. No puedo probarlo todavía, pero hay un patrón. Ian mejora cuando yo estoy cerca y empeora ligeramente cuando no estoy. La enfermera Martha no me mira a los ojos y Sabrina está demasiado interesada en que el niño tome unas vitaminas que no aparecen en el registro oficial del hospital.
Liam se sentó en el borde de una silla pequeña, sintiendo que el espacio era demasiado estrecho para ambos, pero no quería irse. La proximidad de Elena, el olor a papel, café y ese perfume suave de fresas que parecía emanar de su piel, lo hacían sentir más vivo que en su enorme y fría habitación.
—Confío en tu instinto, Elena —dijo él seriamente—. Si crees que Martha no es apta, la despediré mañana mismo.
—No lo hagas todavía —pidió ella, poniéndole una mano en el brazo sin pensarlo. Liam sintió el calor de sus dedos como una descarga eléctrica—. Si la despides, el que sea que esté detrás de esto simplemente enviará a alguien más. Necesito atraparlos en el acto. Necesito saber qué le están dando exactamente.
Liam miró la mano de Elena sobre su brazo. Ella se dio cuenta del contacto y la retiró rápidamente, un leve rubor subiendo por sus mejillas. El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de una intimidad nueva.
—Elena... —susurró Liam—. Gracias por mudarte aquí. Sé que este no es el tipo de vida que querías, vigilando pasillos en una mansión que odias.
—No la odio —respondió ella, mirando hacia la habitación de Ian—. Solo creo que le falta luz. Y mientras Ian esté aquí, yo seré su linterna.
Liam la observó trabajar un momento más. Verla así, entregada a su labor con esa vigilancia silenciosa y feroz, le hizo entender que ella era el engranaje que faltaba en su vida. No era alguien que se doblegaba ante él, sino alguien que lo sostenía.
—Vete a dormir un par de horas —dijo Liam, levantándose—. Yo me quedaré aquí, en el pasillo. Vigilaré la puerta.
Elena sonrió, una sonrisa genuina que hizo que el corazón de Liam diera un vuelco involuntario.
—Un CEO haciendo guardia... Eso sí que es un cambio de carrera.
—Dormiré en la silla de afuera. Si Martha o Sabrina intentan entrar con una "vitamina", tendrán que pasar por encima de mis acciones de la bolsa —bromeó él, aunque sus ojos eran serios.
Elena asintió y se recostó en la pequeña cama, exhausta. Liam apagó la lámpara del escritorio, dejando solo la luz del pasillo. Antes de salir, se detuvo y la miró una última vez.
—Buenas noches, Elena.
—Buenas noches, Liam. Gracias por el café.
Liam cerró la puerta a medias y se sentó en el sillón del pasillo. Por primera vez en años, no pensaba en el dinero ni en el poder. Solo pensaba en la mujer que dormía a unos metros y en el niño que respiraba tranquilo gracias a ella. La vigilancia silenciosa había comenzado, y Liam Volkov finalmente sabía de qué lado de la trinchera quería estar.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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