Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 03
El lunes por la mañana, la Galería Vértigo tenía un aire de resaca gloriosa. Los pétalos de las flores enviadas por los admiradores comenzaban a marchitarse en los jarrones de cristal, dejando un rastro dulce y pesado en el aire. Abigail llegó temprano, buscando el refugio de su oficina privada para comenzar a trazar las líneas de su próximo proyecto. Necesitaba la disciplina del dibujo para acallar el eco del recibo de zafiros que aún vibraba en su mente.
Se dirigió directamente a la caja fuerte oculta tras un panel de madera de roble. Introdujo la combinación con la memoria de sus dedos: 14-02, la fecha en que Julián le pidió matrimonio. Al abrirse la pesada puerta, un vacío gélido le recorrió la espalda.
La carpeta de cuero donde guardaba los bocetos originales de "Luz Eterna" —los trazos primarios, los estudios de luz que eran el alma de su obra— no estaba. En su lugar, solo había carpetas administrativas y contratos de seguro.
Abigail revolvió los papeles con una desesperación creciente, tirando hojas al suelo, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Esos bocetos eran su propiedad más valiosa, el registro de su evolución.
—No puede ser... —susurró, con las manos temblorosas—. Yo misma los guardé aquí el viernes antes de la inauguración.
La puerta de la oficina se abrió con un suave clic. Mónica entró con dos tazas de café humeante, su rostro era una máscara de serenidad profesional. Al ver el desorden en el suelo y el rostro desencajado de Abigail, no mostró sorpresa, sino una compasión que se sentía extrañamente ensayada.
—¿Abi? ¿Qué sucede? —preguntó, dejando el café en el escritorio con una lentitud deliberada.
—Mónica, los bocetos... los originales de la serie. No están en la caja fuerte. Alguien entró.
Mónica soltó un suspiro largo, de esos que se usan con alguien que está perdiendo el juicio. Se acercó a Abigail y le puso una mano en el hombro, una presión que no buscaba consolar, sino someter.
—Cariño, respira. Nadie ha entrado. He estado aquí desde las siete de la mañana —dijo Mónica con una voz aterciopelada, casi hipnótica—. ¿No recuerdas que el jueves por la noche estabas tan agotada que los sacaste para enseñárselos a Julián en el auto? Dijiste que querías enmarcarlos por separado.
Abigail frunció el ceño, buscando ese recuerdo en su memoria.
—No... yo recuerdo haber cerrado la caja. Estoy segura, Mónica.
—El estrés de la exposición es una carga pesada, Abi —insistió Mónica, mirándola fijamente a los ojos, sin parpadear—. Te vi salir con la carpeta bajo el brazo. Estabas tan distraída que casi olvidas las llaves. Quizás los dejaste en la mansión, o tal vez Julián los guardó por seguridad y lo olvidaste por el champán de la noche. No te castigues, es normal tener lagunas mentales después de tanto esfuerzo creativo.
Abigail se quedó inmóvil. La seguridad de Mónica era tan absoluta que empezó a dudar de su propio recuerdo. ¿Realmente los había sacado? ¿Había bebido tanto esa noche como para olvidar un acto tan importante? La sensación de "desconexión" con la realidad comenzó a filtrarse en sus huesos.
Mónica comenzó a recoger los papeles del suelo con una eficiencia calmante.
—No dejes que esto te arruine el día. Julián me pidió que te recordara que tienes una entrevista al mediodía. ¿Quieres que llame a casa para ver si los bocetos están en tu estudio privado? Aunque, honestamente, juraría que me dijiste que los habías "traspapelado" tú misma para revisarlos.
—¿Yo dije eso? —la voz de Abigail sonó pequeña, extraña para ella misma.
—Palabra por palabra —asintió Mónica con una sonrisa triste—. Estás agotada, Abi. Necesitas confiar más en nosotros para llevar la carga. Déjame esto a mí.
Abigail se sentó en su silla de cuero, sintiéndose como una niña pequeña en un mundo de adultos que sabían más que ella. El "socio invisible" —esa duda sembrada por Mónica— ahora ocupaba el asiento principal de su mente. La validación que antes buscaba en su arte, ahora empezaba a buscarla en la memoria de los demás, entregando, sin saberlo, las llaves de su propia realidad.
El aire acondicionado de la oficina siseaba, un sonido que Abigail antes encontraba relajante y que ahora le recordaba al siseo de una advertencia. Frente a la caja fuerte vacía, la artista sentía que el suelo bajo sus pies se volvía líquido. Los bocetos eran su columna vertebral, y sin ellos, se sentía una impostora habitando un cuerpo de éxito.
La desorientación de Abigail no era solo por la pérdida física de los papeles; era una fractura en su propia identidad. Ella, que se jactaba de su memoria visual —capaz de recordar el matiz exacto de un atardecer de hace diez años—, ahora se veía obligada a aceptar que no recordaba qué hizo el viernes pasado.
El miedo no era a que alguien le hubiera robado, sino a estar rompiéndose por dentro. Esa duda sembrada por Mónica actuaba como un ácido: si no podía confiar en su memoria sobre los bocetos, ¿podía confiar en lo que vio en el saco de Julián? ¿Podía confiar en sus propias manos? Al ceder ante la versión de Mónica,
Abigail no solo estaba aceptando un hecho falso; estaba entregando el mando de su cordura a quienes "la cuidaban". Su dependencia se volvía una necesidad de supervivencia: si su mente fallaba, ellos eran sus únicos ojos.
Mónica: El Guante de Seda, la Mano de Hierro
Mónica observaba la capitulación de Abigail con una satisfacción gélida, oculta tras una máscara de preocupación fraternal. Su táctica era perfecta porque no utilizaba la agresión, sino la.
"compasión invalidante". Al sugerir que el estrés del éxito era el culpable, convertía el triunfo de Abigail en su propia debilidad.
Cada palabra de Mónica estaba diseñada para que Abigail se sintiera pequeña y necesitada. "Yo te vi", "Tú me dijiste"; estas frases eran las herramientas con las que Mónica reescribía el pasado de Abigail en tiempo real. Al invalidar los recuerdos de la artista, Mónica se convertía en la única fuente de verdad. El gaslighting no se sentía como un ataque, sino como un alivio.
Mónica estaba allí para "recordar" por ella, para "protegerla" de su propio agotamiento, asegurándose de que Abigail nunca volviera a mirar dentro de esa caja fuerte con la seguridad de antes.
El hecho de que falten los bocetos sugiere un robo intelectual o una manipulación de alto nivel.
El Café y los Gestos: Mónica usa elementos cotidianos para normalizar una situación alarmante, bajando las defensas de Abigail.
La Sugerencia del Olvido: No es una acusación directa, sino una "ayuda" para que Abigail acepte una versión falsa de los hechos.
Cuando Mónica salió de la oficina, Abigail se quedó mirando la caja fuerte abierta. Por un segundo, la lógica intentó rebelarse: ella sabía que no había sacado esos bocetos. Pero la voz de Mónica seguía resonando: "Te vi salir con la carpeta".
Abigail cerró los ojos y, por primera vez, sintió que su propia mente era un territorio enemigo. En lugar de investigar más, cerró la caja fuerte y decidió, una vez más, que era mejor creer en los demás que en sus propios sentidos. El cristal de su vida no solo tenía una mancha; estaba empezando a astillarse desde adentro.