"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 7
La mañana del domingo llegó con un sol pálido que se filtraba entre las nubes, iluminando el polvo que flotaba en el aire de mi habitación. Me desperté con una sensación extraña: por primera vez en semanas, el peso en mi pecho no era solo de plomo. Había una vibración nueva, un eco del calor de Julián que se había quedado impregnado en mis sábanas después de que él me dejara en la cama la noche anterior. Me toqué los labios, todavía sensibles, y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
Bajé a la cocina con el pulso acelerado. Los domingos en casa de los Martínez eran sagrados; era el día del "brunch" familiar, donde todos se sentaban a la mesa durante horas. Para mí, era una prueba de fuego. ¿Cómo iba a mirar a Sofía a los ojos? ¿Cómo iba a responder a las preguntas amables de sus padres mientras sentía el fantasma de las manos de Julián recorriendo mi cintura?
—¡Buenos días, bella durmiente! —exclamó Sofía, que ya estaba devorando unos panqueques—. Te ves mejor hoy. Tienes color en las mejillas.
—He descansado bien —mentí, evitando mirar hacia la cabecera de la mesa, donde sabía que él estaba sentado.
Me senté en el único lugar libre: justo al lado de Julián.
Podía sentir su calor irradiando hacia mí. Él no dijo nada, pero cuando acerqué mi silla a la mesa, su pierna rozó la mía. Fue un contacto breve, una fricción de tela contra tela, pero me tensé tanto que casi derramo el jugo de naranja.
—Tranquila, Elena —murmuró Julián con una voz tan cargada de falsa inocencia que me dieron ganas de patearlo bajo la mesa—. No queremos accidentes tan temprano.
Sus padres se rieron, ajenos al doble sentido. Yo, en cambio, sentí que el rostro me ardía. Julián se inclinó hacia delante para alcanzar la mermelada y, al hacerlo, su brazo presionó con firmeza contra mi hombro. No se apartó de inmediato; se quedó ahí un segundo de más, marcando su presencia, recordándome que aunque estuviéramos rodeados de gente, él me tenía acorralada en su radar.
—Julián, deja espacio a Elena, no seas bruto —le regañó su madre con una sonrisa—. Parece que se te olvida que ya no es la niña que te seguía por todo el jardín.
—No se me olvida, mamá. Créeme que soy muy consciente de que Elena ha crecido —respondió él, lanzándome una mirada lateral tan oscura y cargada de deseo que tuve que bajar la vista a mi plato para no confesar allí mismo todos mis pecados.
El desayuno continuó entre anécdotas familiares y risas. Pero bajo la superficie, se estaba librando una batalla. Julián empezó a jugar un juego peligroso. Cada vez que yo intentaba concentrarme en la conversación con Sofía sobre sus planes para la universidad, sentía la mano de Julián moviéndose.
Primero fue un roce "accidental" de su mano contra mi muslo al alcanzar una servilleta. Luego, su rodilla se instaló firmemente contra la mía, presionando con una insistencia que me obligaba a abrir ligeramente las piernas para no perder el equilibrio. Mi respiración empezó a volverse errática. El placer y el miedo se mezclaban en mi estómago, creando un cóctel explosivo.
—¿Te pasa algo, Elen? Estás muy callada —preguntó Sofía, frunciendo el ceño—. Y estás sudando un poco. ¿Tienes fiebre?
—No, solo... hace calor aquí, ¿no creen? —dije, abanicándome con la mano.
—Yo no noto calor —comentó el señor Martínez, volviendo a su periódico.
Julián soltó una risita baja, casi imperceptible. Su mano bajó de la mesa y, aprovechando que todos estaban distraídos con una historia que contaba su madre, la deslizó sobre mi rodilla. Sus dedos empezaron a subir lentamente por la seda de mi vestido, trazando círculos lentos, ascendentes. Se detuvieron justo en el borde, donde empezaba la piel desnuda de mi muslo.
Me quedé petrificada. El aire se me quedó atascado en la garganta. Si alguien miraba bajo el mantel, nuestra vida tal como la conocíamos se acabaría en ese instante. Pero Julián parecía no tener miedo. Al contrario, el riesgo parecía alimentarlo. Sus dedos se hundieron en mi carne con una presión posesiva, y sentí que una humedad traicionera empezaba a florecer entre mis piernas.
—Elena, ¿quieres más café? —preguntó Julián, mirándome fijamente mientras sus dedos seguían su camino prohibido.
—No... no, gracias —logré articular, mi voz sonando como un susurro ahogado.
Él no se detuvo. Su mano subió un centímetro más, rozando el encaje de mi ropa interior. Solté un jadeo involuntario que intenté cubrir con una tos falsa.
—Cariño, realmente te encuentras mal —dijo la señora Martínez, levantándose preocupada—. Julián, deja de molestarla y ayúdame a recoger esto. Elena, vete al salón a tumbarte un rato.
Julián retiró la mano con una lentitud exasperante, dedicándome una última caricia que me hizo arquear la espalda antes de levantarse con una elegancia insultante.
—Por supuesto, mamá. Elena necesita... atención —dijo él, mirándome con un triunfo absoluto en los ojos.
Me levanté de la mesa con las piernas temblorosas y me refugié en el salón, hundiéndome en el sofá. Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. El "roce accidental" de Julián había sido una declaración de intenciones: no había lugares seguros en esta casa. Ni siquiera frente a su familia.
Pocos minutos después, oí sus pasos. No venía a recoger; venía a por mí. Se detuvo frente al sofá, bloqueando la luz del sol.
—¿Has disfrutado del desayuno, Elen? —preguntó, inclinándose sobre mí hasta que sus manos quedaron a ambos lados de mi cabeza.
—Podrían habernos visto, Julián. Estás loco.
—Loco por ti, quizás —respondió, su rostro a milímetros del mío—. Me gusta verte así, al borde del abismo. Me gusta saber que mientras hablas con mi hermana, solo puedes pensar en dónde está mi mano.
—Esto tiene que parar —dije, aunque mis manos ya buscaban el borde de su camiseta.
—No va a parar —sentenció él, sellando sus palabras con un beso que sabía a café y a pecado—. Acabas de empezar a vivir mi fantasía, Elena. Y te aseguro que la realidad es mucho mejor.
Se alejó justo antes de que Sofía entrara en la habitación, dejándome de nuevo con el alma en vilo y el cuerpo ardiendo. La convivencia apenas llevaba una semana, y yo ya sabía que las paredes de esa casa no serían suficientes para contener lo que estaba naciendo entre nosotros.