Elara Sinclair, única heredera de una familia de gran prestigio en Inglaterra, vio su futuro robado a los 18 años. Fue víctima de una trampa cruel, urdida por su madrastra Viviana y su hija Camille, fruto de otra relación.
Humillada y expulsada de la Mansión Sinclair por su propio padre, Elara encontrará refugio en París. En el anonimato, se ve obligada a construir una nueva vida. Lejos del lujo y completamente sola, Elara debe compaginar el trabajo y la universidad mientras enfrenta un embarazo inesperado.
¿Logrará la heredera caída levantarse y reescribir su destino? Ven a descubrir lo que el futuro aún le depara.
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Capítulo 10
A la mañana siguiente, el sol de París aún no había llegado, pero la luz que venía de la calle ya iluminaba el pequeño cuarto de Elara. Ella estaba temblando, consumida por la ansiedad.
Juliette estaba con ella, terminando de preparar las mochilas. La otra amiga, Chloé, ya estaba en la puerta, lista para salir para la universidad.
— Chloé: Recuerda, Elara: ¡lo que sea, lo enfrentamos! Voy a cubrir tu ausencia hoy y te espero en Le Petit Café. Llámenme en cuanto sepan. Por el amor de Dios, no te derrumbes ahora. ¡Respira hondo y sé fuerte!
Chloé hizo una pausa, mirando a Elara con una seriedad gentil, casi un ultimátum.
— Chloé: Has fingido que no es nada por semanas, pero lo sabemos, Elara. Nosotros sospechamos, ¡y tú LO SABES! Es hora de encarar esa verdad de una vez por todas, ¡sea lo que sea!
— Juliette: ¡Vamos, levántate! No sirve de nada pensar en lo peor. Piensa en el libro, piensa en la libertad, ¡piensa en el dinero que tienes!
— Elara: ¡Es tan FÁCIL para ti hablar, Ju! ¿Y si es... si es de verdad lo que ustedes están pensando? ¿Cómo voy a conciliar TODO? ¿Cómo voy a escribir? ¿Cómo voy a estudiar? ¡NO PUEDO, SIMPLEMENTE NO PUEDO estar embarazada!
— Juliette: Vas a encontrar una manera, Elara. Eres más fuerte que eso. Siempre lo haces. ¡Y nosotras estamos aquí, listas para luchar contigo!
Chloé asintió con una sonrisa alentadora y salió, cerrando la puerta con cuidado.
Juliette tomó la mano de Elara. Las dos bajaron las escaleras apretadas del edificio, el silencio tenso contrastando con el bullicio de la mañana parisina. Elara caminaba con pasos cortos y vacilantes, como si estuviera marchando hacia un juicio. El nudo en su garganta era tan apretado como la bufanda que usaba. Cada esquina doblada, cada estación de metro que pasaban, parecía un paso irreversible en dirección a la verdad que tanto temía.
La clínica era simple, pero limpia. Elara mal consiguió llenar el formulario, las manos sudaban frío y profusamente. Ella usó el apellido Lefevre para registrarse, pero tuvo que anexar la identificación oficial (Elara Lefevre Sinclair) para el seguro. Luego el médico, un hombre mayor y gentil, llamó su nombre.
El consultorio del médico general, que ellas encontraron a última hora, era austero, pero meticulosamente limpio. Elara se sentó en la silla, con Juliette firme al lado. Ella mal conseguía formular los síntomas – náuseas matutinas, el cansancio que la derrumbaba a las cuatro de la tarde y, claro, el retraso menstrual.
El médico, en tono profesional, pero acogedor, asintió mientras hojeaba la ficha. Él observó el documento anexo, donde el apellido Sinclair estaba al lado de Lefevre.
— Doctor: Por sus señales, señorita Sinclair, creo que ya tenemos la respuesta. Pero la medicina gusta de certezas. Vamos a recoger una muestra para el Beta hCG en el laboratorio aquí de la clínica. Es el método más confiable para datar el inicio.
Elara se estremeció al oír el apellido Sinclair. Era un eco de la vida que ella había dejado atrás, ahora allí, en la ficha médica.
La enfermera entró para la recolección. Los veinte minutos de espera fueron un suplicio. La respiración de Elara era superficial, y Juliette no osaba soltar su mano. El peso del silencio era aplastante.
Cuando el Doctor retornó, él colocó la hoja doblada del laboratorio sobre la mesa y, en vez de abrirla inmediatamente, miró a Elara con una seriedad tranquila.
— Doctor: Señorita Sinclair, el resultado llegó. Es conclusivo. Y les doy mis felicitaciones: usted está embarazada de seis semanas.
Elara sintió el suelo hundirse. La palabra 'embarazada' y el peso del apellido Sinclair colisionaron en su mente, derribando la libertad de París. Ella cerró los ojos, la desesperación un fardo físico.
— Juliette: ¿Qué debemos hacer ahora, Doctor? — Juliette intervino, la voz ronca.
El médico tomó una carpeta.
— Doctor: El próximo paso es esencial. Estoy llenando su Declaración de Embarazo (Déclaration de Grossesse). Usted debe enviarla inmediatamente a la Sécurité Sociale y para la CAF. Esto es lo que garantiza el acompañamiento y la cobertura total de los costos del prenatal aquí en Francia. El bebé está saludable, pero ahora se inicia el acompañamiento riguroso.
Él entregó la carpeta para Elara, que la sostuvo como si fuera hecha de plomo. Aquel sobre burocrático, esencial para vivir en París, era ahora la prueba física de la vida que crecía dentro de ella.
A partir de aquel momento, la vida de Elara no sería más la misma.
La Decisión y el Recomienzo
Elara y Juliette salieron de la clínica en silencio pesado. La luz del día era fuerte, pero Elara sentía que todo estaba borroso. Ellas caminaron sin rumbo por algunos minutos hasta que Juliette tomó el celular para mandar un mensaje a Chloé. Media hora después, las dos se sentaron en una mesa aislada en Le Petit Café. Chloé se levantó inmediatamente al verlas. La expresión gélida de Elara y los ojos llorosos de Juliette dijeron todo antes de que cualquier palabra fuera dicha.
Chloé tiró una silla y se sentó, mirando fijamente para Elara.
— Chloé: ¿Y entonces? No me hagan esperar. ¿Qué él dijo?
Elara apenas asintió una vez, lentamente, sin conseguir levantar la mirada. Juliette colocó la mano sobre la de Elara, que estaba fría como hielo.
— Juliette: Es verdad, Chloé. Seis semanas. Ella está... embarazada.
Chloé soltó un suspiro profundo, casi un gemido, pero rápidamente recompuso la postura. Miró para Elara, que finalmente la encaró, con los ojos llenos de desesperación.
— Elara: ¿Qué hago? ¡Ni siquiera consigo mantener mi alquiler sin el dinero de la editorial! ¿Cómo voy a criar a un niño aquí, sola?
— Chloé: ¡No digas eso! ¡No estás sola! ¡Tienes un contrato, tienes un nombre de autora, y nos tienes a nosotras dos! El pasado te alcanzó, pero a partir de ahora, el futuro quien construye eres tú.
— Juliette: Exactamente. Es tu bebé, Elara. Tienes diez mil euros en el banco, puedes pagar lo esencial. Nosotras vamos a ayudarte. La pregunta es: ¿qué quieres?
Elara miró para el vaso de agua en la mesa. La respiración de ella se calmó, ella sintió la fuerza de sus amigas.
— Elara: Voy a tener este bebé. Y voy a protegerlo con mi vida. Nadie, ni las personas que dejé atrás, van a saber de él. Este bebé va a nacer aquí, libre, y sólo va a conocer a la autora Lara Fèvre como madre.
Chloé y Juliette cambiaron una mirada de alivio y determinación.
— Juliette: Perfecto. Ahora, vamos a volver. Y tú necesitas comenzar a comer para dos, Elara.
— Chloé: Nosotros tenemos un plan. Y ahora, tenemos un pequeño co-autor en camino.
Elara se levantó. Ella no estaba más sola. Tenía un contrato, un secreto, un destino y dos amigas de 18 años dispuestas a luchar con ella.
El recomienzo era real, y estaba dentro de ella.