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El renacer de la esposa humillada

El renacer de la esposa humillada

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.

Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.

Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.

Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.

La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.

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Capítulo 33

Astrid frunció el ceño extrañada cuando sonó su celular. El nombre de Mateo apareció en la pantalla. Deslizó el ícono verde para contestar. Llevaba tres días ocupado fuera de la oficina, así que apenas se habían visto.

—¿Qué pasa? —preguntó mientras seguía ordenando unos documentos sobre su escritorio.

Del otro lado se escuchó la risa queda de Mateo. —Ya estoy abajo. ¡Vamos, nos vamos juntos a casa!

—¿Por qué no subiste? —preguntó Astrid entre extrañada y conteniendo la risa.

—Me da pereza subir y bajar en el elevador —contestó Mateo tras soltar un suspiro.

Astrid echó un vistazo al reloj en la esquina de la pantalla de la computadora y exhaló. —¿Ya terminaste con lo tuyo?

—Falta poquito. Lo que queda lo está resolviendo Andrés —respondió Mateo con tono despreocupado, aunque en realidad había ido a propósito a la oficina para poder regresar con Astrid.

Una sonrisa tenue asomó en el rostro de Astrid. —Está bien. Espérame un momento.

—Aquí te espero.

Cinco minutos después, Astrid salió del vestíbulo del edificio con su bolsa de la laptop y varias carpetas de proyectos. A lo lejos, Mateo ya estaba de pie junto a su auto. En cuanto la vio, se le acercó sin decir mucho.

Antes de que Astrid pudiera reaccionar, Mateo ya le había quitado la bolsa del hombro.

Astrid por reflejo agarró la correa. —Puedo cargarla sola.

Mateo jaló la bolsa con toda calma hasta que la tuvo en su mano. —Lo sé.

—¿Entonces por qué me la quitas?

El hombre volteó con una sonrisa leve. —Digamos que estoy haciendo ejercicio.

Astrid negó con la cabeza y se rio divertida. —De verdad. Siempre tienes un pretexto.

—Si te digo que quiero ayudarte, vas a decir que no.

Astrid solo exhaló con una sonrisa chiquita. Conocía de sobra el carácter de su amigo. Cuando Mateo decidía ayudar, era prácticamente imposible hacerlo cambiar de opinión.

Caminaron juntos hacia el estacionamiento. Algunos empleados que salían del trabajo los observaban. Unos cuchicheaban entre sí; otros sonreían con gesto cómplice.

—El jefe Mateo siempre le presta más atención a Astrid.

—Sí. Será porque ella le da muchas ganancias a la empresa. Muchos clientes quedan encantados con sus diseños.

—Si fueran pareja, harían buena combinación.

Los susurros eran quedos, pero alcanzaron a llegar a los oídos de Astrid. Ella solo sonrió con algo de incomodidad, sin dar explicaciones. Mientras tanto, Mateo fingió no haber escuchado, aunque discretamente se le levantó la comisura del labio.

Porque la realidad era muy distinta. Mateo guardaba un sentimiento que llevaba años enterrado en lo más hondo del corazón. Eligió permanecer al lado de Astrid como amigo, porque para él, ver a esa mujer sonreír ya era más que suficiente.

Mientras que Astrid jamás había mirado a Mateo como un hombre que la amara en secreto. Para ella, Mateo era el mejor amigo que siempre aparecía cuando la vida se le ponía más difícil.

La noche empezaba a caer cuando el auto entró al estacionamiento de la guardería para recoger a Ariana. La niña salió corriendo con sus pasitos todavía un poco vacilantes.

—¡Tío Teoo...! —la vocecita le rompió el silencio.

Mateo se puso en cuclillas de inmediato, abriendo los brazos. —Tío te extrañó mucho, Ariana.

Ariana se rio encantada y le rodeó el cuello con fuerza. Mateo levantó el cuerpecito sin esfuerzo.

—¿Tío me extañó?

—Sí —Mateo sonrió de oreja a oreja y le besó la coronilla.

Ariana asintió rápido. —Ana también extañó a tío Teo.

Astrid, que estaba unos pasos atrás, solo podía sonreír con ternura al ver la cercanía entre ellos. —Ella siempre pregunta por ti. Es porque la consientes demasiado.

Mateo volteó mientras seguía cargando a Ariana.

Fingió pensárselo. —Hmm... ¿eso es cierto, Ariana?

Ariana se rio también, aunque no entendía del todo la conversación de los adultos a su alrededor.

Caminaron juntos por el pasillo rumbo a los dos apartamentos contiguos en el piso de arriba. Antes de que Astrid pudiera abrir la puerta, Mateo ya había recogido unas bolsas de compras que estaban junto a la puerta del elevador.

—Mateo, espe...

—Yo las llevo de una vez.

—Vas a acostumbrarte.

Mateo sonrió relajado. —No importa.

Astrid terminó por rendirse. —Está bien. Gracias.

En cuanto entraron al apartamento, Ariana saltó de los brazos de Mateo. Corrió hacia la sala.

—¡Mami... vamos a jugal!

En cuestión de segundos, todos los juguetes de Ariana ya estaban fuera de la canasta. Muñecas, bloques de colores, puzles. Todo terminó en el piso.

Astrid suspiró pasándose la mano por la frente. —Ariana...

La niña levantó la mirada. —¿Sí, mami?

—Juega con uno a la vez, cariño.

—¡Síí...!

La respuesta de Ariana sonó alargada y con su acento infantil. Pero las manitas ya estaban tomando otro juguete.

Mateo se rio en voz baja al verla. —Déjala. Después te ayudo a recoger.

Astrid negó con la cabeza, sonriendo resignada. —Es experta en desordenar la casa.

—Pero también es experta en hacer que la casa se sienta viva —añadió Mateo.

La frase hizo que Astrid volteara un instante. Había una calidez difícil de explicar cada vez que Mateo hablaba de Ariana.

—Gracias —dijo Astrid con sinceridad.

Mateo solo asintió brevemente.

Astrid caminó hacia la cocina. —Voy por algo de tomar.

—Okey.

Mateo seguía acomodando unas cajas de compras sobre la mesa del comedor. Mientras tanto, Ariana continuaba absorta jugando con sus bloques.

Astrid volvió con dos vasos. Pero sin darse cuenta, un bloquecito estaba justo bajo la planta de su pie.

Crac.

—¡Ahhh...! —el cuerpo de Astrid perdió el equilibrio al instante.

Mateo volteó por reflejo. Se movió rápido. En una zancada larga logró agarrar el brazo de Astrid antes de que cayera.

Pero el impulso del cuerpo fue demasiado fuerte y el equilibrio de Mateo también se tambaleó. Los dos se fueron hacia adelante. Y entonces...

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Maria teresa
que bueno que pudo despedirse con el perdón.
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