Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
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Capítulo 20 — Mi familia
Después de varias horas de camino, por fin llegamos a Manizales. Lisseth todavía iba conmigo en la moto y, aunque estaba cansada, se veía emocionada.
—Bebé, ¿ya casi llegamos? —preguntó.
—Sí, mija. Ya estamos cerca.
—¿De verdad?
—Sí, pues. Aguante un poquito más.
Comenzamos a subir por la montaña que llevaba hasta la finca. El camino era inclinado y lleno de curvas, así que manejé despacio y con mucho cuidado.
—¿Siempre tienen que subir por aquí? —preguntó Lisseth.
—Sí. Esta es la entrada para llegar a la finca.
—Ay, bebé, qué subida tan grande.
—Pues sí. Uno se acostumbra.
Lisseth miraba hacia todos lados.
—Es muy bonito.
—Espérese a que vea la finca completa.
Después de unos minutos finalmente llegamos.
—Llegamos —dije mientras apagaba la moto.
Lisseth bajó y estiró las piernas.
—Ay, por fin.
Me bajé también y saqué las maletas.
—Venga, mija. Vamos.
Ella tomó mi mano y caminamos hacia la casa.
Apenas entramos, mi mamá salió a recibirnos.
—¡Elkin!
—Hola, mamá.
La abracé y después miré a Lisseth.
—Mamá, ella es Lisseth, mi novia.
Mi mamá sonrió inmediatamente y se acercó a ella.
—Mucho gusto, mija. Yo soy María Elena, la mamá de Elkin.
—Mucho gusto, señora María Elena —respondió Lisseth.
—Ay, no me diga señora. Dígame María Elena o mamá, como quiera.
Lisseth sonrió.
—Mucho gusto, María Elena.
Mi mamá la abrazó.
—Bienvenida a la finca, mija. Qué bueno que por fin la conozco en persona.
—Muchas gracias. Yo también estaba muy emocionada de conocerlos.
En ese momento aparecieron mis hermanos.
—Bueno, pues, llegó la famosa Lisseth —dijo Miguel riéndose.
—¡Miguel! —le dije—. No empiece.
Lisseth soltó una carcajada.
—Mucho gusto.
—Mucho gusto, Lisseth. Soy Miguel.
Después apareció Viviana.
—Hola.
—Hola, Viviana —dijo Lisseth—. Mucho gusto.
—Mucho gusto.
Mi mamá sonrió al vernos a todos juntos.
—Falta alguien.
Escuché unos pasos y apareció Mariela junto a su esposo.
—¡Hermanito! —dijo ella.
—Hola, Mari.
Mariela se acercó y me abrazó fuerte.
Luego miró a Lisseth.
—¿Vos sos Lisseth?
—Sí.
—Ay, por fin te conozco. Elkin habla mucho de vos.
Lisseth se puso un poquito roja.
—¿En serio?
—Claro, mija.
Después Mariela miró a su esposo.
—Él es mi esposo, Efraín.
Efraín me dio un abrazo.
—¿Qué más, hermano? ¿Cómo estuvo ese viaje?
—Bien, Efraín. Largo, pero bien.
—¿Y sí trajiste a la novia?
—Pues claro.
Efraín miró a Lisseth.
—Mucho gusto. Bienvenida a la familia.
—Muchas gracias.
Yo miré a Mariela y sonreí.
Para mí, ella no era solamente mi hermana mayor.
Mariela tenía veinticinco años y me llevaba seis. Cuando yo era bebé, ella prácticamente me cuidó junto con mi mamá. Me cargaba, me ayudaba cuando lloraba y siempre estaba pendiente de mí.
Por eso, aunque era mi hermana, muchas veces yo sentía que también había sido mi segunda mamá.
Mariela me miró y sonrió.
—¿Qué pasa, hermanito?
—Nada, Mari. Es que me acordé de cuando usted me cuidaba de bebé.
—Ay, no me haga llorar.
Efraín se rio.
—Eso sí es verdad. Mariela siempre ha sido como una segunda mamá para usted.
—Sí —respondí—. Ella me cuidó mucho.
Mariela me abrazó nuevamente.
—Y lo seguiré cuidando, aunque ya esté grande.
—Pues tampoco exagere.
Todos nos reímos.
Lisseth nos miraba con una sonrisa.
—Se nota que son muy unidos.
—Somos una familia muy unida —dijo mi mamá—. Y ahora usted también hace parte de ella.
Lisseth sonrió emocionada.
—Gracias.
Después mi mamá miró las maletas.
—Bueno, mija, venga. Le voy a mostrar dónde va a dormir.
—Gracias, María Elena.
—Nada de gracias, mija. Esta es su casa también.
Yo agarré las maletas.
—Yo las llevo, mamá.
Efraín tomó una de ellas.
—Yo le ayudo, hermano.
—De una, Efraín.
Mientras caminábamos por el pasillo, Lisseth iba junto a mí.
—Bebé.
—¿Qué?
—Tu familia es muy linda.
Sonreí.
—Me alegra que te guste.
Ella apretó mi mano.
—Estoy feliz de estar aquí.
La miré y sentí que aquel día había comenzado una nueva etapa para los dos.
Lisseth ya no estaba solamente en mis videollamadas.
Ahora estaba en mi casa, en mi finca y junto a mi familia.
Y eso me hacía sentir muy feliz.