Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 01
El sonido de los violines en el Gran Salón de los Espejos del Palacio Imperial de Valenor no era música para mis oídos; era el eco lacerante de una marcha fúnebre que solo yo podía escuchar.
A mi alrededor, las damas de la alta corte reían detrás de sus abanicos de seda y plumas de faisán, cubiertas de perlas y joyas que resplandecían bajo el fulgor de miles de velas aromáticas. Los caballeros vestían casacas de terciopelo bordadas en hilo de oro fino, alzando copas de cristal de Bohemia llenas de champán espumoso, felicitándose mutuamente por la prosperidad de una corona manchada de mentiras. El aire olía a perfume empalagoso de azahar, a cera derretida y a una hipocresía tan densa que amenazaba con asfixiarme a cada respiración.
Me miré las manos. Eran pálidas, delgadas, sin las cicatrices ni las callosidades que las cadenas de hierro negro y la piedra congelada de las mazmorras subterráneas me habían dejado en mi otra vida. No había mugre bajo mis uñas pulidas con polvo de concha nácar; no había ampollas de quemaduras causadas por los sellos mágicos que los inquisidores del príncipe me habían estampado en el pecho para extinguir mi magia.
Estaba viva. Y no solo viva: estaba de pie en medio del banquete anual del solsticio de invierno, exactamente una hora antes de que el emperador anunciara formalmente ante las doce casas ducales mi compromiso con el príncipe heredero, Aedric.
Un temblor involuntario me sacudió los hombros, y cerré los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas de mis manos, perforando la piel a través de la fina tela de mis guantes de encaje. Sentí el dolor agudo y punzante, y por primera vez en lo que parecía una eternidad, di gracias por ese dolor. El dolor era la prueba irrefutable de que no estaba atrapada en una pesadilla febril ni en el purgatorio de los traicionados. Había vuelto.
Diez años en el pasado.
—Mi lady... ¿se encuentra bien? Parece que hubiera visto a un espectro —susurró una voz temblorosa a mi espalda.
Giré la cabeza lentamente. Era Clara. Llevaba su modesto uniforme de doncella personal de la casa Fiargod: un vestido de lana gris oscura con delantal blanco inmaculado. Sus ojos castaños estaban llenos de una preocupación genuina, inocente y dolorosamente joven.
Al verla, un nudo amargo se me formó en la garganta. Recordé cómo, en mi vida anterior, los guardias imperiales la habían arrastrado por el pasillo del ala norte, golpeándola hasta dejarla inconsciente solo por intentar llevarme un mendrugo de pan y una manta sucia cuando Aedric me encerró bajo sospecha de alta traición. Clara había muerto en el destierro, tosiendo sangre en los pantanos helados, mientras yo me pudría en una celda esperando una ejecución que nunca imaginé que vendría de manos del hombre al que juré amar.
—Estoy bien, Clara —dije, y mi voz sonó tan extrañamente serena, tan baja y cargada de una madurez gélida que la muchacha parpadeó sorprendida—. Solo estaba recordando una pesadilla que duró demasiado tiempo.
—¿Una pesadilla, milady? —preguntó ella, dando un paso adelante para acomodar discretamente el encaje del cuello de mi vestido—. Si me permite decirlo, está más pálida de lo habitual. El señor duque, su padre, ha estado observándola desde la mesa de los ministros. Ya sabe cómo se pone cuando cree que usted no muestra el entusiasmo adecuado frente a los nobles.
Miré hacia la tarima elevada donde se sentaban los patriarcas del imperio. Allí estaba mi padre, el duque Gerald Fiargod. Tenía el cabello salpicado de canas prematuras, la mandíbula apretada y una expresión de fría severidad que jamás se ablandaba con sus hijos. Me miraba con esa censura implícita que me había educado durante dieciocho años: *no hables a menos que te lo pidan, sonríe a quien te indiquen, sé el peón dócil que nuestra familia necesita para limpiar nuestras deudas.*
En mi primera vida, pasé cada segundo de mi juventud intentando ganar una mirada de aprobación de ese hombre. Me tragué mis lágrimas cuando me prohibió estudiar las artes arcanas prohibidas de nuestro linaje; incliné la cerviz cuando me ordenó arrodillarme ante el príncipe Aedric; vacié la dote de mi difunta madre para financiar las campañas militares de la corona, todo con tal de que mi padre me dijera, al menos una vez, que estaba orgulloso de mí.
¿Y qué recibí a cambio? Cuando Aedric presentó los falsos cargos de brujería contra mí, mi propio padre fue el primero en firmar el decreto de repudio para lavar el nombre de la casa Fiargod. Me arrojó a los lobos sin parpadear.
Una sonrisa amarga, afilada como una hoja de afeitar, se dibujó en mis labios pintados de carmesí.
—Mi padre puede mirar todo lo que quiera, Clara. Esta noche aprenderá que las estatuas también pueden derrumbarse.
—¿Milady? —Clara frunció el ceño, confundida por la frialdad de mis palabras, pero antes de que pudiera indagar más, el sonido estridente de las trompetas imperiales resonó en las galerías superiores, haciendo vibrar los vitrales que retrataban la mítica fundación del imperio de Valenor.
—¡Abran paso al sol del imperio! ¡Su alteza imperial, el príncipe heredero Aedric von Valenor! —bramó el heraldo con voz engolada y teatral.
El inmenso salón quedó en silencio absoluto. Los nobles se abrieron a ambos lados como olas en un mar de terciopelo, inclinando las cabezas en reverencias casi humillantes.
Y allí apareció él.
Aedric.
Caminaba con la arrogancia natural de quien sabe que el mundo ha sido puesto a sus pies antes de haber hecho un solo mérito para merecerlo. Tenía el cabello rubio claro, casi plateado, peinado hacia atrás con impecable precisión cortesana; sus ojos eran de un gris tormentoso, fríos y calculadores, aunque siempre sabía cómo dotarlos de una luz fingida cuando deseaba encantar a una dama o embaucar a un rival político. Llevaba el uniforme ceremonial de gala del ejército imperial: una casaca de terciopelo blanco con hombreras de oro macizo y una faja escarlata que cruzaba su pecho como un río de sangre fresca.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!