El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
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03
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Alena parpadeó ante la luz que le entraba en las retinas. Después del baño de agua caliente, tras intentar soltar todo el peso que le oprimía el corazón y decidir que ya nada le importaba, se había quedado profundamente dormida. Y quién lo diría: recién despertaba con la tarde ya caída.
Abrió la puerta de su cuarto con la intención de bajar a llenar el estómago que no probaba bocado desde la mañana. Pero se detuvo cuando el celular sobre la mesita de noche empezó a sonar. Alena dio media vuelta, renunciando a salir.
Tomó el teléfono y se sentó al borde de la cama, con la vista en la pantalla. Ahí estaba el nombre de Rita, su amiga que trabajaba en el hospital donde tenían internada a Selena. Alena frunció el ceño unos segundos antes de contestar.
—¿Aló...?
—Alena... ¿dónde estás? —la voz de su amiga sonaba baja, casi en un susurro.
—¿Yo? —preguntó Alena sin entender—. En mi casa, claro. ¿Por qué?
—Ay, menos mal... Pensé que en tu desesperación te habías querido matar por lo de la boda cancelada. Es que llevo un buen rato tratando de llamarte y no entraba.
—¡Maldita seas! —soltó Alena en un tono de fingida molestia, porque, por supuesto, no era más que teatro. Sabía que su amiga solo bromeaba—. ¿Qué pasa? ¡Dilo ya! Tengo hambre, quiero ir a comer.
Del otro lado, Rita puso los ojos en blanco con pereza. También ella sabía que Alena solo fingía enojo.
—Te llamo porque tengo información importante. Pero parece que no la necesitas, ¿no? Bueno, ya, olvídalo.
—¿Qué? ¡Habla de una vez! ¡Te voy a despedir de nuestra amistad!
—Ya, ya. Qué impaciente —refunfuñó Rita. Y entonces le contó todo lo que había visto durante su turno. Desde que Renzo llegó cargando a Selena desmayada, hasta el diagnóstico del médico: que en realidad Selena no tenía absolutamente nada. Pero Selena le había pedido al médico que le mintiera a Renzo. Y, para colmo, ese médico que la examinó era amigo de Selena.
Alena respiró hondo al oír la verdad que le revelaba su amiga. Aunque desde hacía tiempo sospechaba que las enfermedades de Selena eran puro fingimiento, el fastidio seguía ahí. ¿Qué buscaba Selena en realidad? ¿Solo quitarle a Renzo? Si de verdad le gustaba Renzo, ¿por qué no se lo pedía de frente? Con gusto se lo habría cedido.
—Me parece que no es por eso —concluyó Alena, atando cabos con todo lo que había visto a lo largo de los años—. No es que a Selena le guste Renzo. Solo quiere quedarse con cualquier cosa que debería ser mía.
—Ya, déjalo —dijo—. No me importa si está enferma de verdad o si finge.
—¿Cómo que no? ¡No puede ser! Deberías contarle todo esto a Renzo y a tus papás. Tienen que saber cómo es Selena en realidad.
Alena sonrió sola al escuchar a Rita, que parecía incluso más furiosa que ella misma.
—¿Para qué? —preguntó con desgano—. Me da flojera meterme en el teatro de Selena. Además, con lo que pasó, ahora sé que Renzo no es un hombre que valga la pena conservar. Hasta es mejor que nuestra boda se haya cancelado. Tampoco pienso vivir con un hombre incapaz de ponerme como prioridad.
—Bueno, en eso tienes razón —admitió Rita—. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a dejar a Selena así como así? Con lo que yo quería que te aparecieras en el hospital a jalarle el pelo.
Alena soltó una carcajada al oír a su amiga tan decepcionada.
—¿Qué te crees que soy? Andar jalando pelos no es mi nivel. Además, un teatro como este tarde o temprano se destapa solo. Que por ahora la defiendan tanto. Mientras más quieran a Selena, más les va a doler cuando descubran que los engañó.
—Aaay... —Rita dejó escapar un suspiro de cansancio—. Está bien. Nunca te voy a ganar una discusión. Ya, chau. Vuelvo al trabajo.
* * *
Terminada la llamada, Alena retomó la idea de bajar. Al llegar al comedor, una empleada se apresuró a atenderla. Mientras comía, abrió el celular. Pero nada le pareció interesante.
Justo cuando iba a guardarlo, el teléfono volvió a sonar y ella dio un pequeño respingo. Soltó un suspiro pesado al ver que quien llamaba era Renzo.
—¿Y este qué quiere? —murmuró. Aun así, deslizó el botón verde y activó el altavoz, porque no pensaba interrumpir su comida.
—¿Alena...? —la voz alta de Renzo se oyó incluso antes de que ella alcanzara a decir "aló".
—¿Qué pasa? —preguntó Alena, con la voz apenas clara porque hablaba masticando. Por el tono se dio cuenta de que Renzo estaba molesto, o más bien furioso. Pero le dio igual.
—¿Por qué cancelaste la boda? —preguntó él, alzando la voz—. Ya te dije que solo estaba aplazada, no cancelada. Podemos celebrarla cuando tu hermana salga del hospital. ¿No entiendes lo que te digo? Ahora todo quedó así: las acciones de mi empresa se desplomaron por las publicaciones de algunos invitados. ¿Qué les voy a decir a mis padres cuando vuelvan del extranjero y pregunten? No pudieron venir porque tenían que cuidar a mi abuela en el hospital, y si se enteran de que la boda se canceló, se van a poner furiosos. ¿No te das cuenta de que esto va a afectar la relación de negocios entre las dos empresas?
Alena siguió masticando, aunque el largo discurso de Renzo brotaba del celular apoyado en la mesa, cerca de su mano.
—¡Alena! ¿No me estás escuchando? —volvió a gritar Renzo.
—Sí, te escucho —respondió ella, indiferente—. Sigue, sigue. Te oigo —añadió, y estiró una mano para servirse más comida y continuar almorzando. La cháchara de Renzo no parecía perturbarla en lo más mínimo.
—Alena, de verdad te pido perdón. Fue mi culpa no llegar el día de la boda. Pero no lo hice a propósito. Fue porque tu hermana se desmayó de repente. ¿Y aun así vas y cancelas la boda por tu cuenta?
—¡Alena...! ¿Me estás oyendo o no? ¡Alena...!
—Sí, sí, te oigo. Habla, pero no hace falta que grites —Alena tomó el vaso de agua, bebió la mitad, se limpió la boca con una servilleta y la dejó caer sobre el plato ya vacío.
Al otro lado de la línea, Renzo frunció el ceño. Esta no era Alena. Alena jamás se comportaba con semejante indiferencia.