Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.
NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 19. Quería revisar sus pertenencias
Valeria terminó de arreglarse, satisfecha, y sonrió apenas a su reflejo. Miró una vez más hacia el cubículo antes de marcharse con aire triunfal.
Lucía regresó poco después que ella. Cuando el congreso terminó, salió con Diego y dos figuras muy respetadas de la medicina.
—Lucía, Diego me dijo que fuiste la última discípula de Herrera. Tan joven y ya puedes dirigir operaciones complejas por tu cuenta. ¡Has superado a quien te enseñó!
Lucía sonrió.
—Me halaga, doctor Benítez. Si he llegado hasta aquí, es gracias a la excelente formación que recibí.
El doctor se llevó las manos a la espalda y sonrió, resignado.
—Tienes la misma modestia que Herrera. ¡Demasiada!
Después de despedirse de las dos eminencias, Lucía y Diego bajaron. Había un grupo de personas reunidas: Valeria no dejaba de hablar de su pulsera perdida y exigía que revisaran las cámaras.
—Doctora Ortega, ¿dónde la perdió exactamente?
—Sí, es algo que se lleva encima. ¿Cómo pudo dejarla por ahí?
Valeria parecía profundamente afligida. Al ver a Lucía, dijo con toda intención:
—Yo… recuerdo que fui al baño. Me encontré allí con la doctora Morales y después desapareció mi pulsera.
Todos se sorprendieron. Entre quienes habían asistido al congreso había bastantes personas del mismo hospital.
—¿La doctora Morales? No creo…
—Sí, no parece de las que harían algo así…
Alejandro se acercó sin prisa con varias personas y miró al grupo.
—¿Qué pasó?
—Alejandro… —Valeria fue a su encuentro, con voz llorosa—. Se perdió la pulsera que me regalaste.
Él frunció levemente el ceño. Antes de que respondiera, alguien a su lado explicó:
—La doctora Ortega dice que estaba con la doctora Morales cuando desapareció…
Todas las miradas se volvieron hacia Lucía, incluida la de Alejandro. Diego cruzó los brazos.
—Tiene que haber un malentendido. Luci no parece alguien que fuera a llevarse su pulsera.
La intervención de Diego fue como tocar un punto sensible de Alejandro. Se le oscureció la mirada de inmediato.
—¿Hace cuánto la conoce, señor Salazar, para defenderla de esa manera?
Lucía sintió que el corazón se le hundía en un abismo. Apretó el bolso entre las manos. Sabía que él no la creería, pero no imaginaba que la cuestionaría delante de todos, exponiéndola a aquella vergüenza.
Diego mantuvo la sonrisa.
—Señor Valdés, yo defiendo lo justo, no a mis amistades. Para todo hacen falta pruebas.
—Conseguirlas es sencillo.
Alejandro rozó la esfera de su reloj con los dedos y fijó los ojos en Lucía.
—Para saber si la tomó, basta con revisar sus pertenencias, ¿no?
Todos callaron. Valeria bajó los ojos para ocultar un destello de triunfo y fingió incomodidad.
—Pero, Alejandro, no sé si está bien revisar sus cosas delante de todo el mundo…
Él soltó una risa fría.
—¿No dijiste que perdiste la pulsera? Si sospechas de alguien, se revisan sus cosas. ¿Cuál es el problema?
—El señor Valdés tiene razón. Basta con revisar a quien resulte sospechoso. Quien no tiene nada que ocultar, no tiene por qué temer.
—Exacto…
Lucía palideció. Sentía que una hoja sin filo le abría lentamente el corazón. Revisar sus pertenencias en público, ¿no equivalía a afirmar que podía ser una ladrona?
Respiró hondo para contener aquel dolor opresivo y miró a Alejandro.
—¡Señor Valdés, yo no tomé la pulsera de la doctora Ortega!
—Si no la tomaste, ¿por qué te da miedo que revisen tus cosas?
La pregunta era incisiva y sonaba razonable. Lucía ni siquiera encontraba cómo rebatirla.
Pero no era tonta. Valeria no se atrevería a dar por hecho, sin motivo, que la pulsera estaba en su bolso. A menos que…
Valeria se acercó a ella.
—Doctora Morales, Alejandro ya lo dijo. Solo vamos a mirar. Si no la tomó, ¿por qué tendría miedo?
—¡La doctora Ortega tiene razón! Mirar no le hará daño. ¡Solo alguien que esconde algo se negaría!
Valeria insistió:
—Esa pulsera es muy importante para mí. Si de verdad no la tomó, ¿por qué teme que yo revise sus cosas?
Al terminar, se adelantó y le arrebató el bolso. Lucía quiso recuperarlo, pero Alejandro la detuvo.
—Déjala mirar.