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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: La jaula de lluvia

Antonella apartó la mano de Andrew de un manotazo seco, con un movimiento tan violento que el agua acumulada en la manga de su abrigo salpicó entre los dos.

—No me toques —advirtió ella con la voz temblándole por una furia incandescente, dando dos pasos hacia atrás para poner distancia—. No te atrevas a ponerle una mano encima a mi vida ni a pronunciar el nombre de mi hijo. Patrick no es nada tuyo. ¿Me escuchaste bien? ¡Nada!

Andrew ni siquiera parpadeó ante el golpe. Bajó la mano despacio, metiéndola de nuevo en el bolsillo del abrigo de cachemira, mientras una sombra de diversión amarga le endurecía la mandíbula.

—Tiene mis ojos, Antonella. Tiene mi estructura ósea, camina como yo y guarda un taxi de juguete en el bolsillo porque su madre le llenó la cabeza con la leyenda de un chofer heroico en Las Vegas —replicó él, avanzando un paso cada vez que ella retrocedía—. Puedes haberte graduado con honores en finanzas, pero negar la genética que tienes enfrente es un insulto a tu propia inteligencia.

—Patrick es un Belmont —mintió ella con desesperación, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía gelatina—. Un Belmont legítimo. Nació en suelo británico y está registrado bajo las leyes de este país sin ningún nombre en la casilla paterna. Legalmente no existes para él. Eres un fantasma, Drew. Un error de una noche que pagué con diez mil dólares al contado.

—¿Un error? —la palabra cayó de los labios de Andrew con la pesadez de una sentencia. La poca paciencia que le quedaba se extinguió en sus ojos ámbar, reemplazada por un fuego oscuro y territorial—. ¿Eso fui para ti? ¿Un error de diez mil dólares?

Se movió tan rápido que Antonella no tuvo tiempo de reaccionar. Andrew acortó la distancia en un segundo, la tomó por los hombros con una firmeza que no admitía escape y la obligó a mirarlo de frente, atrapándola bajo la sombra de su cuerpo mientras la llovizna les azotaba el rostro.

—No me mires con esa farsa aristocrática, Antonella —le susurró al oído con voz ronca y peligrosa—. Recuerdo cada segundo de esa noche en la suite del piso cuarenta y dos. Recuerdo cómo me arañabas la espalda, cómo me pedías que no me detuviera y cómo me mirabas a los ojos antes de quedarte dormida sobre mi pecho. No te acostaste con un error. Te entregaste a tu esposo. Y ese niño que acaba de doblar la esquina fue concebido en esa misma cama.

Antonella sintió que el aire le faltaba en los pulmones. El recuerdo de esa madrugada, de la piel desnuda de él, de su peso y de sus promesas bajo el neón, la golpeó con una fuerza física devastadora. El calor le subió al cuello, avergonzándola y enfureciéndola a partes iguales.

—¡Tú aceptaste el trato! —gritó ella entre dientes, forcejeando inútilmente contra el agarre de hierro sobre sus hombros—. ¡Aceptaste los diez mil dólares! ¿Qué clase de hombre cobra por casarse con una mujer desesperada y cinco años después aparece en otro continente vestido con un traje de miles de libras a reclamar paternidades? ¿De dónde sacaste esa ropa, Drew? ¿A quién le vendiste la historia? ¿Quién te contrató?

Andrew se quedó inmóvil. La soltó despacio, apartando las manos como si la sospecha de ella fuera un veneno que no valía la pena combatir con palabras simples.

—¿Crees que alguien me pagó por venir a buscarte? —preguntó él, incrédulo.

—¡Por supuesto que sí! —escupió Antonella, frotándose los brazos donde aún sentía el calor de sus dedos—. Mi padre Richard Belmont pasó años jurando que me destruiría. Tal vez te encontró en algún bar de mala muerte de Nevada, te compró ese traje ridículamente caro y te envió a Londres para armar un escándalo judicial y arrebatarme a Patrick. ¡Dime cuánto te ofreció mi padre y te pagaré el doble para que te largues de nuestras vidas para siempre!

Un silencio sepulcral cayó sobre la plaza mojada de Mayfair.

Andrew la miró fijamente durante diez segundos eternos. La ironía de la situación era tan colosal, tan trágicamente absurda, que por primera vez en años Andrew sintió el peso asfixiante de su propio engaño. Ella seguía creyendo que su padre era el monstruo omnipotente que movía los hilos. No tenía idea de que Richard Belmont estaba quebrado, viviendo en la humillación absoluta, y que el hombre al que ella acusaba de ser un mercenario a sueldo era el dueño indiscutible de la corporación que había devorado el banco de su familia.

Una risa sorda, oscura y cargada de dolor se escapó del pecho de Andrew.

—Tu padre no tiene dinero ni para pagarle el combustible al auto que te sacó de Manhattan, Antonella —dijo Andrew con una frialdad demoledora—. Richard Belmont es un cadáver financiero. Y yo no recibo órdenes de muertos de hambre.

Antonella frunció el ceño, desconcertada por la seguridad con la que él hablaba de las finanzas de su familia.

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo sabes...?

—No vamos a discutir esto en medio de una tormenta bajo los árboles de Mayfair como si fuéramos dos amantes vulgares —cortó Andrew en un tono de mando indiscutible, señalando con la cabeza hacia el borde de la calle.

Un Rolls-Royce Phantom negro, impecable y con los cristales blindados completamente polarizados, acababa de estacionarse suavemente junto a la acera. El chofer, un hombre uniformado con guantes blancos, bajó de inmediato sosteniendo un inmenso paraguas negro para abrir la puerta trasera.

Antonella miró el vehículo de medio millón de libras, luego miró al hombre que tenía enfrente y una alarma ensordecedora comenzó a sonar en su cabeza.

Ningún taxista de Nevada, por muy afortunado que hubiera sido en las mesas de dados, se desplazaba por Londres en un Rolls-Royce escoltado por personal privado. La ropa no era prestada; le sentaba con la perfección que solo la sastrería a medida de Savile Row podía otorgar. Los zapatos eran de cuero legítimo inglés. Y la frialdad implacable con la que se movía pertenecía al mundo del que ella había huido, no al submundo del que creía haberlo rescatado.

—Sube al auto —ordenó Andrew, colocándose a su lado y cubriéndola con el paraguas que el chofer le entregó con una reverencia impecable.

—No voy a subir a ninguna parte contigo —se negó ella, dando un paso hacia la vereda opuesta—. Voy a regresar a mi casa con mi hijo.

—Si das un solo paso hacia esa calle, Antonella, haré que mis abogados presenten una demanda internacional de restitución de menores ante el Tribunal Superior de Justicia de Londres antes de que termine la noche —la amenaza de Andrew no sonó a alarde; sonó a un hecho consumado, frío y matemáticamente calculado—. Tengo el acta matrimonial original sellada por el estado de Nevada. Tengo la prueba irrefutable de que abandonaste la jurisdicción estadounidense estando casada. Y con una sola orden judicial británica, los servicios sociales tocarán a tu puerta en Notting Hill para exigir una prueba de paternidad que tú y yo sabemos exactamente cómo va a terminar.

Antonella sintió que las piernas se le congelaban. La mirada de Andrew era despiadada; no había en él rastro de vacilación. Si ese hombre iba a un tribunal británico con un certificado de matrimonio legal y exigía un examen de ADN, ningún estatus diplomático de los Harrington podría evitar que un juez ordenara la prueba. Y cuando el resultado diera el 99.9% de coincidencia, el infierno caería sobre la cabeza de Patrick.

—Eres un monstruo —susurró ella, con el odio y el pánico ardiéndole en la mirada.

—Soy el padre de tu hijo, Antonella —corrigió él con voz baja y calma—. Y soy el hombre con el que te casaste por tu propia voluntad. Ahora, sube al auto antes de que la lluvia termine de arruinar ese traje tan caro que llevas puesto. Tenemos muchas cosas de las que hablar... y esta vez no habrá ningún desierto por el que puedas escapar.

Apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, Antonella levantó la cabeza y subió al asiento trasero de cuero del vehículo.

Andrew subió inmediatamente después de ella, cerrando la pesada puerta blindada. El chasquido del cerrojo sonó exactamente igual al de una celda de lujo cerrándose para siempre.

1
Cliente anónimo
Me encantas!
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
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