Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
003. Fuera de control por Camila
Gabriel pareció recordar solo entonces que su novia seguía allí. Como si despertara de golpe, retiró el brazo de la cintura de Camila y retrocedió dos pasos. Sus amigos siguieron su mirada y también repararon en Valentina. Enseguida intentaron ayudarlo a salir del paso.
—Bueno, sigamos jugando. Camila, con el estómago como lo tienes, mejor no bebas. Si pierdes, eliges verdad o reto.
—Sí, buena idea. Verdad o reto.
Ya más sereno, Gabriel volvió al sofá. Había esperado que Valentina se pusiera celosa, que se enfadara con él. Ella, sin embargo, no dijo nada. Esa indiferencia, como si el asunto no fuera con ella, le produjo una vaga inquietud que no sabía explicar.
Le parecía que algo en Valentina había cambiado.
El silencio se instaló entre los dos. Gabriel vaciló, pensando en darle alguna explicación, pero las voces del grupo volvieron a llamar su atención.
—Perdiste otra vez, Camila. ¿Qué va a ser, verdad o reto?
Gabriel volvió a fijar los ojos en Camila y ya no los apartó.
—Reto.
Camila se volvió hacia Gabriel con una leve sonrisa enigmática.
—Aquí están los retos. Vamos, saca uno —dijo alguien, sacando un montón de papelitos.
Camila tomó uno al azar. Cuando el joven lo desplegó, abrió los ojos de par en par. Su mirada fue de Camila a Gabriel y de Gabriel a Valentina, una y otra vez.
—¿Qué te salió? Déjame ver —dijo una muchacha, acercándose con curiosidad. Al leerlo, soltó un jadeo de sorpresa.
Los demás quisieron saber qué decía.
—¿Qué dice?
—¡Dilo ya! ¿Qué dice?
—Elegir al azar a alguien del sexo opuesto que esté aquí y besarlo —leyó el joven, echando un rápido vistazo a Gabriel.
Como era de esperar, el rostro de Gabriel se endureció en cuanto oyó el reto. El ambiente del salón se volvió glacial. Camila, como si no notara nada, se levantó sonriendo y se acercó a un hombre guapo que estaba a poca distancia.
—Diego, ¿te importa si te beso?
Diego Montes miró de reojo a Gabriel, cuya expresión era asesina, y casi no se atrevió a respirar. Ante su silencio, Camila se acercó, le echó los brazos al cuello e intentó besarlo.
—¡Basta! —estalló Gabriel.
Ya no pudo contenerse: se lanzó hacia Camila, la agarró de la mano y salió de allí a toda prisa, llevándosela consigo.
Los demás intercambiaron miradas antes de volverse hacia Valentina con lástima. Ella tomó el vaso de jugo de la mesa, dio un sorbo y esbozó una sonrisa despreocupada.
—¿Por qué me miran así?
Apartaron los ojos y volvieron a beber o a conversar, fingiendo que nada había pasado. Valentina siguió tomando el jugo mientras se le iba enfriando el corazón, poco a poco, hasta helarse.
Siempre le había parecido que a Gabriel todo le daba igual.
Nunca antes lo había visto perder el control de aquella manera.
Cuando terminó el jugo, fue al baño. Desde el cubículo oyó a unas muchachas conversando junto a los lavabos, al otro lado de la puerta.
—Gabriel está loco. Dejó aquí plantada a su novia para irse con Camila.
—Pues está claro quién le importa más.
—Sí. ¿Vieron la cara que puso cuando Camila quiso besar a Diego? Daba miedo.
—La vi. Pobre la novia, tener que ver ahí mismo cómo él pierde la cabeza por otra.
—Sí, da pena. No es más que una sustituta.
—Para mí, esos dos no duran mucho más. Hasta un ciego ve que a quien quiere es a Camila.
—Sí, yo también…
La muchacha se calló en cuanto vio en el espejo a Valentina saliendo de un cubículo detrás de ella. Las otras dos también la vieron. Bajaron la cabeza y se fueron a toda prisa, sin decir nada más.
Valentina se acercó al espejo y se lavó las manos con calma. Sí, Gabriel y ella estaban a punto de terminar.
Pero no sería él quien propusiera terminar ni quien la rechazara.
Era ella quien ya no lo amaba. Ella quien ya no quería seguir con él.
***
Llegó a la casa de Gabriel a las once de la noche. Estaba agotada; se bañó, se acostó y se durmió enseguida.
Gabriel regresó la tarde del día siguiente. Al abrir la puerta del dormitorio, se encontró con una maleta abierta en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó, desconcertado.
Valentina asomó la cabeza por detrás del armario.
—Ah, ya volviste. Más adelante voy a ir de visita a casa.
Llevaba dos años viviendo allí y tenía muchas cosas. Había ropa, zapatos y pequeños objetos que no se llevaría a Santa Lucía, pero también tenía que sacarlos, empaquetarlos y tirarlos.
Cuando se fuera, no quedaría allí nada suyo.
Apenas terminó de hablar, vio una reveladora marca roja en el cuello de Gabriel. Se quedó inmóvil un instante y luego apartó la vista como si nada. Ya no esperaba nada de él. Con quién se enredara había dejado de ser asunto suyo.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Y eso tan de repente? ¿Sigues enojada por lo de anoche? ¿Te vas para no verme?
—No, solo extraño a mis papás. Quiero ir a verlos.
El ceño de Gabriel se relajó.
—Está bien que vayas a verlos.
En tres años, Valentina no había vuelto ni una vez a su ciudad. Hasta Navidad la pasaba sola. Él no iba a dejar a su familia para acompañarla, y mucho menos a llevarla a celebrarla a su casa. Su madre, la señora Vidal, jamás aceptaría a una muchacha sin una familia influyente ni posición social, y él lo sabía.
Después de unos segundos, añadió:
—Solo que últimamente estoy muy ocupado y no voy a poder ir contigo. ¿Qué día vuelas? Le digo al chofer que te lleve al aeropuerto.
Valentina sacó algunas de sus prendas favoritas y las extendió en la cama. Fue doblándolas y guardándolas en la maleta, una por una.
—No hace falta, yo pido un auto. Tengo quien me lleve y me recoja.
Gabriel sintió un alivio que apenas se le notó. Había temido que ella le pidiera acompañarla para conocer a sus padres. Llevaban tres años juntos; para una pareja común y corriente, ya habría sido hora de conocer a las familias y hablar de boda.
Pero él no era un hombre cualquiera.
Era el hijo único de los Duarte y el único heredero del Grupo Duarte. Entre las dos familias había un abismo que jamás podrían salvar. Él lo sabía bien: lo suyo con Valentina no tenía futuro. Conocer a sus padres no tenía sentido.
Por suerte, Valentina también lo entendía y no insistía en llevarlo. Era tan dócil y comprensiva, pensó una vez más. La noche anterior, por un impulso, la había dejado allí para marcharse con Camila. Esperaba que hoy le hiciera una escena, pero ella ni lloraba ni protestaba. No le daba ningún problema.
En tres años de noviazgo, nunca le había pedido cuentas de dónde estaba, como hacían otras mujeres, ni había discutido con él por sus coqueteos con otras. Las palabras de su amigo volvieron entonces a resonarle en la cabeza:
«Sal con las dos. Si te sientes mal por Valentina, cómprale más regalos y tenla contenta. A las mujeres las contentas fácil».
Quizá sí pudiera casarse con Camila y tener a Valentina como amante a escondidas. Después de todo, una chica común como Valentina no volvería a encontrar a un hombre como él, con sus cualidades y de una familia como la suya. Lo amaba demasiado para irse.
Cuando volviera de visitar a sus padres, hablaría tranquilamente con ella.
—Bueno, cuídate en el viaje. Avísame cuando llegues, para saber que estás bien. Y cuando vuelvas a Puerto Azul, me dices y voy a buscarte.
—Está bien —respondió ella con suavidad, dócil y con los ojos bajos.
No voy a volver, se dijo en silencio.
Gabriel iba a agregar algo, pero le sonó el teléfono y atendió. Unos minutos después, colgó y se dirigió a Valentina.
—Tengo que salir. Anoche estuve mal, no debí dejarte ahí sola. Te compré un regalo; en un rato te lo trae mi asistente.
Valentina le respondió con indiferencia. Gabriel no añadió nada; se dio la vuelta y salió.
Poco después de que se fuera, Valentina recibió un mensaje de Alejandro.