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CUANDO EL AMOR VUELVE A LLAMAR

CUANDO EL AMOR VUELVE A LLAMAR

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: La última despedida

Valentina no recordaba cómo había salido del hospital.

En su memoria solo quedaban fragmentos: los brazos de su madre sosteniéndola, Elvira llorando en silencio, los niños aferrados unos a otros y la voz del médico repitiendo que lo sentía. Después, un pasillo. Una puerta. El rostro inmóvil de Gabriel bajo una sábana blanca.

La dejaron entrar unos minutos para despedirse.

Valentina se acercó a la camilla con pasos inseguros. Gabriel parecía dormido, pero ella sabía que no lo estaba. Le tomó la mano. Estaba fría.

—Ya estamos aquí —susurró, aunque no sabía si hablaba con él o consigo misma—. Los niños también vinieron.

Le acarició los nudillos, buscando en ellos el calor que tantas veces había sentido cuando Gabriel la tomaba de la mano al cruzar la calle o la abrazaba por las noches.

—Me prometiste que volverías temprano.

Su voz se quebró.

—No puedes dejarme sola con todo esto, Gabriel. No puedes.

Quiso decirle tantas cosas que ninguna logró salir completa. Que lo amaba. Que estaba enojada con él por haberse marchado. Que tenía miedo de volver a casa sin escuchar sus pasos. Que no sabía cómo contarles a los niños que su padre ya no estaría en la mesa.

Apoyó la frente sobre su mano y lloró.

Amalia permaneció junto a la puerta, respetando el silencio. Elvira se había quedado con los niños en la sala de espera. Sabían que su madre estaba despidiéndose, aunque ninguno comprendía del todo por qué no podían estar con ella.

Cuando una enfermera le avisó que debía salir, Valentina no soltó la mano de Gabriel.

—Un minuto más, por favor.

La mujer asintió con tristeza.

Valentina respiró temblorosamente. Se inclinó y le besó la frente.

—Te amo —murmuró—. Siempre voy a amarte.

Entonces lo soltó.

En el pasillo, los niños esperaban junto a Elvira. Isabella fue la primera en levantarse al verla.

—¿Pudiste hablar con papá?

Valentina se quedó quieta. No había forma amable de decirlo. No existían palabras capaces de hacer menos dolorosa la verdad.

Se agachó frente a sus hijos y les pidió que se acercaran. Los cinco obedecieron. Julieta se abrazó a su cintura; Tomás permaneció muy serio, con los labios apretados; Samuel miraba el suelo. Las gemelas se tomaron de las manos.

—Mis amores —comenzó Valentina, y la voz se le rompió—. Los médicos hicieron todo lo que pudieron por papá.

Isabella empezó a llorar antes de que terminara la frase.

—¿Está mejor?

Valentina negó con la cabeza.

—No, mi vida.

—¿Va a volver a casa? —preguntó Julieta.

Valentina cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, sus hijos seguían esperando una respuesta.

—Papá murió.

La palabra cayó entre ellos como algo demasiado grande para caber en aquella sala.

—No —dijo Tomás.

Samuel levantó la mirada, confundido.

—Pero él dijo que regresaría temprano.

—Lo sé —respondió Valentina—. Lo sé, mi amor.

—Entonces tenemos que esperar —insistió Julieta—. A lo mejor llega más tarde.

Valentina la abrazó con fuerza. No quiso corregirla. No quiso explicar todavía que esperar no cambiaría nada.

Emilia soltó un sollozo y se cubrió el rostro. Isabella abrazó a su hermana. Tomás se apartó un poco, como si necesitara espacio para entender. Samuel se quedó quieto, con los ojos llenos de lágrimas que no caían.

Amalia se arrodilló junto a ellos.

—Su papá los amaba muchísimo —dijo con suavidad—. Eso no va a cambiar nunca.

—Quiero verlo —pidió Isabella.

Valentina miró a su madre. No sabía si debía permitirles despedirse. No quería que el recuerdo de Gabriel quedara ligado a una camilla y a una habitación fría, pero tampoco quería negarles la oportunidad de verlo.

—Podremos despedirnos de él —les dijo—, pero solo si ustedes quieren. No tienen que hacerlo ahora.

Isabella asintió de inmediato. Emilia también. Los trillizos tardaron más.

—Yo quiero que papá venga a casa —murmuró Samuel.

Valentina lo abrazó.

—Yo también.

La noticia llegó a la casa antes que ellos.

Elvira llamó a Teresa Santoro, la madre de Gabriel. No tuvo que explicarle demasiado. Bastó con decir que había ocurrido un accidente y que Valentina estaba en el hospital. Teresa se presentó poco después, acompañada de una de sus hermanas.

Cuando vio a Valentina, la abrazó sin decir nada.

—Lo siento tanto, hija —murmuró contra su hombro—. Lo siento tanto.

Valentina quiso consolarla, pero apenas podía mantenerse en pie.

—No sé qué voy a hacer —confesó.

—No tienes que saberlo hoy.

Teresa le tomó las manos. Tenía los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada, pero se obligó a permanecer serena por los niños.

—Hoy solo vamos a estar juntos —dijo—. Mañana veremos qué hacer.

—Él tendría que estar aquí.

—Sí —susurró Teresa—. Tendría.

Ninguna de las dos encontró más palabras.

La familia regresó a casa avanzada la tarde. El trayecto fue silencioso. Los niños viajaron junto a Amalia y Elvira, mientras Valentina iba con Teresa. Nadie encendió la radio.

Al abrir la puerta, Valentina sintió que entraba en una casa distinta.

Todo seguía en su lugar. Los zapatos de Gabriel estaban cerca de la entrada. Su taza permanecía en la encimera de la cocina. Sobre una silla del comedor había dejado la chaqueta que usaba por las mañanas. El pequeño desorden de su vida cotidiana seguía allí, como si solo hubiera salido a comprar algo y fuera a volver en cualquier momento.

Valentina se quedó mirando la chaqueta.

—Mamá… —dijo Isabella detrás de ella—. ¿Dónde están sus cosas?

—Aquí, mi amor.

—¿Y cuándo las va a buscar?

Valentina apretó los labios. Amalia se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No tenemos que guardar nada hoy —le dijo.

—No quiero que las muevan —respondió Valentina—. Que se queden donde están.

Nadie discutió.

Elvira preparó algo de comer, aunque casi ninguno logró probar bocado. Los niños se sentaron alrededor de la mesa. La silla de Gabriel quedó vacía frente a Valentina.

Julieta puso su plato en el lugar habitual de su padre.

—Este es de papá.

Valentina miró el plato. Quiso decirle que lo retirara, pero no pudo.

—Está bien —dijo, y le acarició la espalda.

La cena transcurrió entre silencios y pequeños llantos. Tomás preguntó varias veces por qué el accidente había pasado. Samuel quiso saber si su padre había sufrido. Isabella pidió que le contaran exactamente qué había ocurrido. Valentina respondió lo que sabía, con cuidado, sin inventar certezas ni detalles que pudieran hacerles más daño.

—Papá estaba trabajando —explicó—. Hubo un accidente en la obra y los médicos no pudieron salvarlo.

—¿Fue culpa suya? —preguntó Emilia.

—No lo sabemos —respondió Valentina—. Lo que pasó tendrá que investigarse. Pero no fue culpa de ninguno de ustedes.

—¿Y tuya? —preguntó Samuel, mirándola.

A Valentina se le encogió el corazón.

—Tampoco fue culpa mía, cariño.

—¿Ni de la abuela?

—De nadie de la familia.

No sabía si aquello era suficiente para alejar la culpa que podía crecer en el corazón de un niño. Solo podía repetirles la verdad y abrazarlos todo lo que necesitaran.

Más tarde, cuando llegó la hora de dormir, ninguno quiso separarse de ella. Las gemelas pidieron quedarse en su habitación. Los trillizos también.

—Podemos acomodarnos todos —dijo Valentina—. Por esta noche, estaremos juntos.

Amalia y Elvira prepararon mantas en el suelo. Teresa se quedó en la sala, negándose a marcharse.

—No tienes que quedarte sola —le dijo Valentina.

—Tampoco quiero que tú lo estés.

Se sentaron juntas en el sofá mientras los niños se acomodaban en el dormitorio. Teresa le contó que Gabriel había sido un niño inquieto, que de pequeño construía torres con bloques y se enfadaba si alguien las derribaba. Valentina escuchó aquellas historias como si cada recuerdo fuera una forma de tenerlo cerca.

—De niño ya quería arreglarlo todo —dijo Teresa, con una sonrisa triste—. Una vez desmontó el reloj de la sala porque decía que se atrasaba.

—¿Y pudo arreglarlo?

—No. Tuvo que comprarme uno nuevo con sus ahorros.

Por primera vez desde el hospital, Valentina soltó una risa breve. Se apagó enseguida, pero le permitió tomar aire.

—Lo amaba tanto —dijo.

—Él también te amaba.

Valentina bajó la mirada. En el dormitorio, Julieta llamaba a su padre entre sueños. Isabella la tranquilizó con un susurro.

Esa noche, Valentina no durmió. Se quedó sentada junto a la cama de sus hijos, escuchando sus respiraciones y los llantos que alguno intentaba esconder bajo la almohada. Afuera, la casa permanecía en silencio. La chaqueta de Gabriel seguía sobre la silla y su taza seguía en la cocina.

Todo parecía esperar su regreso.

Pero Gabriel no regresaría.

Al amanecer, Valentina tendría que levantarse, ayudar a sus hijos a vestirse y empezar a resolver asuntos que no podía imaginar todavía. Habría que organizar el funeral, hablar con la empresa y decidir cómo se sostenía una familia cuando faltaba la persona que había compartido con ella cada responsabilidad.

Por el momento, solo pudo quedarse junto a ellos.

Y mientras la noche avanzaba, comprendió que despedirse de Gabriel no iba a ocurrir en un único momento. Tendría que hacerlo muchas veces: cada mañana en que despertara sin él, cada vez que un hijo preguntara por su padre, cada vez que encontrara sus cosas en la casa.

Esa sería su primera noche sin Gabriel.

La primera de muchas.

1
Zulema Neme
Buenísima la Novela Autora Maravillosa Historia Me Encanto Muchas Felicidades ❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Mildred Álvarez
😭es demasiado doloroso estos capítulos
Mildred Álvarez
😭😭😭😭😭😭😭😉
Mildred Álvarez
muy triste
Mildred Álvarez
triste
Zulema Neme
Que Bellos Personajes has Puesto Autora 💕💕💕💕💕💕💕🥰🥰🥰🥰🥰
Zulema Neme
Que Horrible por Dios .El no debe morir
Dilia De Freitas Teixeira
muy bonita
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