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El Capo y la Enfermera

El Capo y la Enfermera

Status: Terminada
Genre:Acción / Romance / CEO / Mafia / Completas
Popularitas:324
Nilai: 5
nombre de autor: Paula menezes

Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.

Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.

Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.

Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.

Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.

NovelToon tiene autorización de Paula menezes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Ana

Escucho la voz asquerosa de Carlos y el pulso se me acelera; me viene a la mente todo lo que pasé con él.

Simplemente me paralizo, no sé bien qué hacer, porque él está loco.

—Vamos, mi amor, abre el portón para que podamos recordar nuestros buenos momentos juntos —dice.

—Carlos, nunca existieron buenos momentos entre nosotros, y si existieron, se me olvidaron.

Ya en el patio me suelta y me da la primera cachetada. Intento responderle, pero es más fuerte que yo y tengo la mente trabada; en este momento el miedo me domina.

Enseguida me agarra del pelo, arrastrándome, diciendo que en la cama me va a mostrar quién manda.

Forcejeo con él y me gano otra cachetada, y otro jalón de pelo. Cuando intenta someterme, escucho un fuerte estruendo, un disparo, y me sobresalto.

Él cae al suelo gritando de dolor, y yo caigo a su lado, llorando. Trato de ser fuerte, pero tenerlo justo frente a mí me deja débil y vulnerable.

No es fácil olvidar a quien abusó y maltrató durante tanto tiempo; en este momento mi herida está expuesta…

Veo a Lucca acercarse y simplemente lo abrazo.

Me levanta en brazos y me lleva a su auto.

Carlos grita, insultándome con todos los nombres feos que existen. Lucca ordenó que lo llevaran a una sala; no entendí muy bien por qué.

Lucca me abraza fuerte, y hacía tanto que no recibía un abrazo así. Respiro hondo, intento recomponerme, pero vuelvo a llorar, y él sigue abrazándome.

Llegamos a lo que supongo que es su casa… bueno, casa es una manera de decir, ¿no?, porque en realidad es una mansión enorme; debe ocupar unas 5 cuadras o más, no me extrañaría.

Al llegar me lleva a la entrada principal y, Dios mío, qué casa más hermosa. Me guía por una escalera, subimos y recorremos un pasillo enorme con muchas habitaciones.

Llegamos a la última del pasillo; la abre y entramos. Miro alrededor y pienso que aquí adentro podría jugarse a las escondidas de lo grande que es.

Me sienta en su cama, y entonces le digo:

—Lucca, gracias por ayudarme, ni sé qué habría sido de mí si no hubieras aparecido. Pero la pregunta que no deja de darme vueltas: ¿qué hago yo aquí?

—Estás aquí porque no voy a dejarte sola nunca más, Ana.

—¿Cómo así, Lucca? No entiendo.

—A partir de ahora eres mía, Ana; nunca más nadie te hará daño.

—¡Estás completamente loco! Yo no soy un objeto, Lucca, aquí no hay nada tuyo, ¡quiero irme ya!

Me dirijo a la puerta y, cuando iba a abrirla, él me sujeta, me voltea y pone las manos a cada lado de mi cara. Trato de empujarlo, pero el hombre parece una piedra, ni se mueve.

—Lucca, no puedes encerrarme aquí, no puedes hacerme esto. ¡No soy un objeto para que hagas lo que se te dé la gana!

—Lo siento mucho, mi querida, pero va a ser como yo quiero. De ahora en adelante las cosas serán a mi manera.

Ah, pues no va a ser así. Empiezo a golpearlo, y él me sujeta firme ordenándome que me calme, y yo sigo intentando pegarle.

Me toma y me echa al hombro, me lleva a su cama y me arroja ahí.

—¡ANA, YA BASTA! Vas a quedarte aquí, ahora, y yo voy a resolver un problemita, y cuando vuelva espero que estés más calmada…

Me quedo quieta, pero apenas se va me pongo furiosa; no voy a pasar por todo esto de nuevo.

Ni de broma alguien me va a encerrar otra vez; este idiota no me conoce, no me voy a quedar aquí.

Voy hasta la puerta y está trabada, así que me acerco al balcón de la habitación y veo que no está tan alto; entonces se me ocurre una idea arriesgada, pero que quizá funcione.

Tomo las sábanas de la cama y empiezo a anudar cada punta una con otra.

Hago una especie de cuerda. El balcón tiene un barandal de hierro que parece bien resistente; ato una punta a una de las varillas del barandal y luego miro alrededor: ya es de noche y no veo a nadie.

Lanzo la cuerda de sábanas, respiro hondo y le pido a Dios que funcione.

Logro bajar, miro alrededor y voy hacia el portón, pero veo que ahí hay varios guardias y pienso que por ahí no voy a poder salir.

Miro hacia el otro lado y veo muchas plantas de jardín, y cerca hay equipos de jardinería y, para mi suerte, una escalera pequeña.

Es ahora. Voy bien despacio, agachada para no llamar la atención, y con mucha discreción coloco la escalera y salto el muro.

Caigo del otro lado, me levanto rápido y, sin pensarlo dos veces, echo a correr. Voy a buscar algún taxi y a pedirle ayuda a Eliza; necesito desaparecer de aquí, desaparecer de la ciudad y de todos estos locos de una vez por todas…

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