Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 6: El rechazo y las cenizas del orgullo
El silencio en la estancia se volvió denso, sofocante. Las palabras de Valerio resonaban en las paredes de piedra como un decreto innegociable, pero la respuesta que obtuvo no fue la sumisión ni el llanto asustado de una víctima.
Lysandra se puso de pie lentamente. Secó las lágrimas de sus mejillas con el dorso de la mano y miró a Valerio desde su altura, con una frialdad y un desprecio que el Capo jamás imaginó ver en los ojos verde oliva que un día lo miraron con adoración.
—¿Volver a Sicilia contigo? —preguntó Lysandra con una risa amarga y carente de humor—. ¿A la jaula de oro del monstruo que firmó mi sentencia de muerte? Estás completamente demente, Valerio.
Valerio apretó los puños dentro de los bolsillos de su saco, frunciendo el ceño al sentir el filo en las palabras de su esposa.
—Lysandra, no tienes opción —dijo Valerio, manteniendo una postura firme y dominante—. Orestes manipuló las pruebas, pero las reglas de mi mundo siguen vigentes. No puedo dejar a la madre de mis hijos escondida en este antro como una fugitiva. Te di mi apellido, eres la esposa del Capo De Santis y estos niños son mis herederos.
—¡Tú no eres más que un asesino desalmado! —le espetó Lysandra dando un paso al frente, encarándolo sin un solo atisbo de temor—. ¿Te atreves a hablar de honor y de reglas? Me miraste a los ojos durante tres años, me dijiste que me amabas, y al primer susurro de una mentira preferiste mandar a tus perros a meterme una bala en el cuerpo antes que hablar conmigo. ¡Eres un cobarde, Valerio! Un cobarde disfrazado de rey.
El rostro de Valerio se endureció, mientras una vena palpitaba en su sien. Ninguna persona en el mundo criminal se había atrevido a hablarle así en los últimos ocho años.
—Mides mal tus palabras, Lysandra —advirtió Valerio con la voz peligrosamente baja—. Reconocí mi error con los niños, pero no voy a tolerar que insultes mi autoridad.
—¿Tu autoridad? ¡Tu autoridad me da asco! —gritó ella con el alma desgarrada, señalando la puerta rota—. Mírate. Llegaste aquí destruyendo mi hogar, ensangrentando el suelo frente a dos niños inocentes y exigiendo que regrese a tu cama como si fuera tu propiedad. Tu amor es una maldición, Valerio. Me da náuseas haber compartido mi vida con un hombre tan ruin. Ojalá la bala de tus sicarios me hubiera atravesado el corazón para no tener que volver a ver tu maldita cara.
Cada palabra de Lysandra cayó como un golpe de maza sobre el orgullo de Valerio, penetrando en su pecho y abriendo una herida que ningún arma de fuego le había causado jamás. El Capo dio un paso hacia ella, con la mirada ardiendo en rabia y dolor.
—¡Suficiente! —ordenó Valerio, alzando la voz—. Vendrán conmigo a Sicilia por la buena o por la mala. Es mi sangre la que corre por sus venas.
En ese momento, Eren se cruzó bruscamente entre Valerio y Lysandra, alzando los brazos para proteger a su madre. El pequeño, con el rostro rojo de rabia y los ojos azul grisáceo clavados en el hombre que tenía enfrente, apretó los dientes.
—¡No le grites a mi mamá! —gritó Eren con una voz potente que retumbó en la habitación—. ¡Apestas a malo y no te queremos aquí!
Valerio se congeló al ver la furia contenida en el rostro de su hijo. Se inclinó despacio, buscando suavizar la mirada para conectar con el niño.
—Eren... escúchame —dijo Valerio, intentando usar un tono más sereno—. Soy tu padre. Llevas mi nombre y mi sangre. Todo lo que tengo es para ti y para tu hermana.
—¡Tú no eres mi padre! —le gritó Eren, dándole un empujón en la pierna con todas sus fuerzas—. ¡Mi padre no existe! Mi mamá nos dijo que nuestro papá estaba muerto, ¡y yo prefiero que estés muerto antes de que seas tú! ¡Eres un monstruo feo y no queremos tu dinero ni tus casas!
Las palabras del niño fueron un disparo directo al centro del ser de Valerio. El hombre que hacía temblar a los carteles de Europa se quedó paralizado, incapaz de responder ante la mirada de odio de su propio hijo.
A espaldas de Eren, la pequeña Lyra, que lloraba aferrada a la falda de Lysandra, habló con la voz entrecortada por los sollozos.
—Señor malo... por favor, vete —suplicó Lyra, mirando a Valerio con terror puro—. No queremos ir a ningún lado contigo. Tú le hiciste daño a mi mamá... la hiciste llorar. Nosotros solo queremos que nos dejes en paz con ella.
—Lyra... —murmuró Valerio, sintiendo que la garganta se le cerraba por completo.
El rechazo absoluto de los dos niños, combinado con la mirada acusadora y llena de desprecio de Lysandra, desarmó por completo al Capo. El hombre que creía poder controlarlo todo con la violencia y el poder de su apellido se descubrió absolutamente impotente en esa modesta casa de piedra.
Lysandra tomó a los dos niños por los hombros y los colocó a su espalda, mirando a Valerio con una compostura de piedra.
—Ya los escuchaste, Valerio —dijo Lysandra con una voz fría, determinante y categórica—. Mis hijos no te reconocen. Para ellos, solo eres un desconocido peligroso que vino a romper la tranquilidad de sus vidas. Si te queda un mínimo gramo de humanidad en esa alma podrida que tienes, agarra a tus hombres y sal de mi casa.
Valerio permaneció inmóvil durante varios segundos. Sus ojos recorrieron a la mujer que odiaba y amaba con la misma intensidad desmedida, y a los dos niños que llevaban sus mismos rasgos pero que lo miraban como a un enemigo mortal.
Con el orgullo destrozado y el corazón hecho cenizas, Valerio se puso de pie cuan largo era. Se acomodó el saco del traje con las manos temblorosas y apretó la mandíbula con brutalidad.
—Esto no se ha terminado, Lysandra —dijo Valerio, aunque su voz carecía esta vez de la firmeza de un mandato y sonaba rota por el dolor—. Mis hombres se quedarán en el perímetro. Nadie va a salir de esta ciudad. Tarde o temprano van a entender que su lugar está a mi lado.
Valerio dio media vuelta y salió a paso lento de la casa, atravesando el umbral destrozado. Al salir a la noche fresca de Málaga, se apoyó contra el costado del vehículo y cerró los ojos, escuchando el llanto de los mellizos a lo lejos y sintiendo que, por primera vez en su vida, lo había perdido absolutamente todo.