Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Pequeñas Aventuras 2
Así transcurrieron varios meses.
Meses de paseos, lecturas, tardes soleadas y desayunos que Aria esperaba con una ilusión que habría resultado escandalosa para cualquier médico que hubiera conocido en su vida anterior.
Poco a poco, comenzó a sentirse verdaderamente cómoda en la mansión Vizconti.
Las doncellas dejaron de sorprenderse al encontrarla leyendo en el jardín.
El mayordomo se acostumbró a recibir preguntas inesperadas sobre la historia de la familia.
Y el conde descubrió que su hermana podía conversar durante horas sobre asuntos que antes jamás habían conseguido interesarle.
Aunque había una cosa que no había cambiado.
Aria seguía siendo una apasionada de la comida.
En particular, de las galletas.
Había descubierto que el cocinero de la mansión preparaba unas pequeñas galletas de mantequilla con formas de animales.
Conejos, osos, zorros, patos y hasta pequeños gatos.
La primera vez que las vio, se quedó mirándolas durante tanto tiempo que una doncella le preguntó si había algún problema.
[¡Lo siento, pequeño conejo! ¡Estabas delicioso!].
Desde entonces, siempre procuraba guardar algunas en una bolsita cuando salía de paseo.
Nunca se sabía cuándo podía necesitar una.
Y, aunque no lo reconociera abiertamente, había algo reconfortante en aquellas galletas.
Le recordaban a los pequeños pacientes del hospital.
A los niños que le pedían que les leyera cuentos.
A las pequeñas manos que se extendían para recibir una galleta después de una historia especialmente divertida.
Cada vez que pensaba en ellos, sentía una pequeña punzada de nostalgia.
Pero ya no era una tristeza insoportable.
Ahora podía recordar aquellos momentos con cariño.
[Espero que estén bien].
Y después continuaba con su día.
Porque vivir una segunda vida también significaba permitirse ser feliz sin sentirse culpable por ello.
Una tarde, mientras Aria se encontraba en la biblioteca, el conde apareció con una noticia inesperada.
—Aria, dentro de unos días tendremos que asistir a una celebración.
Ella levantó la cabeza.
—¿Una celebración?
—El cumpleaños de un amigo mío. Se llama Gian Carlo Parisi. Es un militar muy importante y un hombre respetado en el reino.
Aria cerró el libro.
—¿Y quieres que te acompañe?
—Por supuesto. Ya es hora de que vuelvas a asistir a reuniones sociales.
Hizo una pausa y añadió con una sonrisa..
—Además, me gustaría presentarte formalmente a algunos conocidos.
Aria sintió que su corazón daba un pequeño salto.
¡Una fiesta!
¡Su primera fiesta en aquel mundo!
Hasta entonces había disfrutado de la mansión y sus alrededores, pero no había tenido demasiadas oportunidades de conocer a otras personas.
La idea de asistir a una celebración aristocrática la llenó de curiosidad.
¿Cómo serían los bailes?
¿Qué tipo de música tocarían?
¿Habría una orquesta?
¿Y qué clase de comida servirían?
[¡Espero que haya un buen banquete!].
Se levantó del sillón con entusiasmo.
—¡Por supuesto, hermano! Me encantaría acompañarte.
El conde sonrió, satisfecho.
—Excelente. Entonces tendremos que comprar un vestido adecuado.
Aria se quedó inmóvil.
Después, lentamente, una sonrisa apareció en su rostro.
[¡UN VESTIDO!].
Quizá había pasado meses sin visitar las tiendas, pero aquello no significaba que hubiera perdido su amor por la ropa bonita.
¡Una fiesta era una ocasión especial!
Y, además, tenía una excelente excusa para comprar algo nuevo.
—Creo que deberíamos ir mañana
El conde la observó.
Después soltó una carcajada.
—¡Ah! ¡Así que todavía eres mi hermana!
Aria fingió no entender el comentario.
Pero aquella noche durmió pensando en vestidos.
Al día siguiente, recorrió varias tiendas acompañada de sus doncellas.
Examinó telas, comparó colores y se probó varios modelos hasta encontrar el vestido perfecto.
Era de un delicado tono azul, ligeramente más claro que sus ojos, confeccionado con una tela suave que brillaba discretamente bajo la luz.
El corsé estaba adornado con bordados plateados, mientras que el escote, elegante y refinado, dejaba los hombros delicadamente descubiertos. Las mangas de encaje caían hasta sus muñecas, y la falda se extendía en capas ligeras que se movían con gracia al caminar.
Una cinta plateada rodeaba su cintura.
Para completar el conjunto, eligió unos pendientes de perlas y un pequeño adorno para el cabello.
Cuando se miró al espejo, se quedó en silencio.
La joven que le devolvía la mirada era realmente hermosa.
Pero lo que más le llamó la atención fue que ahora podía disfrutar de aquella belleza sin sentir que debía utilizarla para conseguir algo.
No necesitaba conquistar a un pretendiente.
No tenía que impresionar a ningún noble.
Simplemente quería lucir bonita.
Y eso era suficiente.
[¡Estoy preciosa!].
Giró ligeramente frente al espejo.
[¡Aria Vizconti, eres una obra de arte!].
Después se cubrió la boca para contener una risita.
[Está bien, quizá la modestia no sea mi mayor virtud].
Cuando regresó a la mansión, el conde la encontró en el salón.
La observó de arriba abajo.
—Hermoso vestido.
Aria sonrió.
—Gracias, hermano.
—Aunque, considerando la cantidad de vestidos que tienes, esperaba que eligieras uno que ya estuviera en tu armario.
Ella levantó la barbilla con dignidad.
—Un cumpleaños importante merece un vestido especial.
El conde se echó a reír.
—Por supuesto. ¿Cómo pude olvidarlo?
Aria sonrió satisfecha.
[La antigua Aria y yo quizá tengamos más cosas en común de las que pensaba].