Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 22: La Dama Encantada y el Corazón Roto
Emanuel había estado regresando de una reunión diplomática cuando una ráfaga de seda azul y aroma a flores se estrelló contra su pecho. Instintivamente, el canciller rodeó la cintura de la "dama" para evitar el impacto.
Cuando los ojos de Emanuel se posaron en la figura que sostenía, el tiempo pareció congelarse.
Ante él se desplegaba la criatura más fascinante que jamás hubiera contemplado. Aquella misteriosa mujer tenía una piel translúcida, unos ojos avellana de una expresividad desgarradora y unos labios entreabiertos teñidos de un rosa suave. El velo transparente dejaba entrever la curva delicada de su cuello y sus hombros esbeltos.
Por primera vez en sus veintiocho años de vida, el frío y calculador canciller Emanuel sintió que su corazón daba un vuelco violento, un choque eléctrico que le aceleró el pulso de forma incontrolable.
—¿Se encuentra bien, mi dama? —preguntó Emanuel, su voz habitualmente severa se volvió profunda, suave y cargada de una ternura inédita.
Víctor, aterrado y paralizado al sentir la mano de Emanuel apretando firmemente su cintura por encima de la seda, no se atrevía a articular palabra. Si hablaba, su voz masculina revelaría el engaño de inmediato.
Emanuel, interpretación que la timidez o el susto mantenían en silencio a la belleza, sonrió levemente, un gesto coqueto y deslumbrado que jamás le había dedicado a ninguna mujer de la corte.
—No pretendía asustarla —murmuró Emanuel, ajustando el agarre en su espalda con una lentitud llena de galantería—. Jamás la he visto en el palacio. ¿Es acaso una de las damas que acompañan a la reina Melany desde el sur? Si es así... me considero profundamente afortunado de haber cruzado su camino.
Escuchar esas palabras, ver la mirada encendida de admiración y coqueteo en los ojos de Emanuel, no le trajo alegría a Víctor. Al contrario, sentió que una daga de hielo le atravesaba el corazón.
Aquella galantería, aquel brillo en la mirada del canciller, estaba dirigido a una fantasía. A una mujer. A la seda azul, al maquillaje y al velo. Emanuel jamás lo miraría así siendo él mismo. Aquello no era una esperanza; era la prueba viviente y dolorosa de lo que jamás podría ser.
Las lágrimas brotaron de los ojos avellana de Víctor, inundando sus pestañas.
Emanuel fruncio el ceño, preocupado al ver las gotas amargas correr por la cara de la joven.
—¿Por qué llora? ¿Le he hecho daño? —inquirió el canciller con auténtica zozobra, rozando con el pulgar la mejilla de Víctor para limpiar una lágrima.
El roce de los dedos de Emanuel fue la gota que derramó el vaso. Víctor rompió en un sollozo ahogado, se soltó con desesperación del agarre del canciller y, levantando las faldas de seda, salió corriendo a toda prisa por el pasillo del jardín, perdiéndose entre los arcos de piedra.
—¡Espere! —exclamó Emanuel, dando un paso adelante.
Pero la figura azul desapareció en la penumbra, dejando tras de sí únicamente el aroma a rosas y la prenda de un velo fino que se había desprendido durante la huida. Emanuel recogió la tela transparente del suelo, apretándola en su puño mientras sentía un vacío desconocido y abrasador en el pecho.
Durante los tres días siguientes, el canciller Emanuel dejó de ser el hombre meticuloso de siempre. Su mente estaba por completo dominada por el recuerdo de la "dama de azul". No podía concentrarse en los informes, ni en las sesiones del consejo. Acosaba sutilmente a los capitanes de la guardia preguntando por las comitivas llegadas del sur y revisaba los registros de damas de honor de la emperatriz Melany, pero nadie coincidía con la descripción.
La fijación de Emanuel rayaba en la obsesión. Guardaba el velo de seda en el bolsillo interior de su casaca, sacándolo en secreto para respirar el aroma que aún conservaba.
La tarde del cuarto día, decidido a resolver el enigma, Emanuel decidió inspeccionar el área de vestuario y confección del palacio. Al acercarse a los pasillos traseros de la biblioteca, escuchó risas y murmullos ahogados que venían del taller.
—...te dijimos que no salieras por allí, Víctor —decía la voz de Elena—. Ahora el canciller ha puesto a media guardia a buscar a una "dama misteriosa de azul". Si se entera de que eras tú disfrazado con el vestido de la comitiva, nos mandará a las mazmorras a todas.
—No se enterará... —respondió una voz suave, masculina pero inconfundiblemente dulce—. Ya devolví el vestido. Nadie sabe que fui yo. Dejemos que se olvide de esa tontería.
Emanuel se congeló en el umbral. El aire pareció escapársele de los pulmones.
Empujó la puerta de madera con una fuerza destructiva que hizo retumbar los marcos.
Las costureras lanzaron un grito de terror y se postraron de inmediato en el suelo. En el centro de la estancia, sosteniendo unos rollos de tela, estaba Víctor. Llevaba su túnica habitual de escriba, sencilla y holgada, con el cabello castaño recogido descuidadamente.
Emanuel caminó hacia él con la mirada encendida por una mezcla furiosa de choque, incredulidad y una indignación monstruosa. Se detuvo a centímetros del joven escriba.
—Tú... —articuló Emanuel, su voz era un siseo helado que hizo temblar la habitación—. ¿Dónde está la mujer que llevaba el vestido azul la tarde del martes?
Víctor, pálido como la cera, mantuvo la vista baja, temblando de arriba abajo.
—No... no había ninguna mujer, canciller —respondió Víctor con la voz quebrada.
Emanuel extendió la mano, tomó violentamente a Víctor por la barbilla y lo obligó a erguir el rostro. Examinó cada rasgo con una mirada frenética: la textura de la piel, la forma de las cejas, la curva de los labios y esos ojos avellana abrumados por el terror.
Eran los mismos ojos. La misma piel. El mismo rostro.
La realización cayó sobre Emanuel como un martillazo devastador. La "dama de ensueño" que lo había hecho perder la cordura, la criatura por la que había sentido un deseo y una fascinación insoportables... era un hombre. Un humilde escriba del palacio.
Una repugnancia instintiva, nacida del orgullo, la confusión y el pánico a sus propios sentimientos, se apoderó de Emanuel. Soltó a Víctor con un empujón brusco, como si el contacto con el muchacho lo quemara.
—¡Esto es un engaño abyecto! —rugió Emanuel, su rostro contraído por la furia—. ¡Un juego perverso y enfermo! ¿Te atreviste a vestirte con ropas de mujer para burlarte de mí? ¡Para hacerme pasar por un estúpido delante de la corte!
—¡No! ¡Jamás quise burlarme de usted, mi señor! —suplicó Víctor con lágrimas en los ojos, cayendo de rodillas—. Fue una broma de las chicas... yo intentaba huir para que nadie me viera...
—¡Cállate! —gritó Emanuel, limpiándose la mano en la tela de su casaca con un gesto de profundo asco—. La sola idea de que un hombre haya provocado lo que... ¡Eres una criatura asquerosa! ¡Una abominación que no debería estar a la vista en este palacio!
Las palabras de Emanuel cayeron con la crueldad de un hacha sobre la garganta de Víctor. El muchacho se encogió en el suelo, rompiendo en un llanto silencioso y devastador mientras escuchaba las botas del canciller alejarse a zancadas furiosas de la habitación.