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Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.

Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.

Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.

Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.

Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.

NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Verdades que ahogan

Helena empujó la puerta de su casa con más fuerza de la necesaria. El vestido crema ya no se sentía elegante; se sentía como un disfraz que le pesaba sobre la piel. Dejó el bolso sobre la mesa de la entrada y se quitó los zapatos sin ni siquiera mirarlos.

Robert salió del estudio con expresión preocupada.

—¿Helena? ¿Qué haces aquí tan temprano? Pensé que el almuerzo se alargaría hasta la tarde. ¿No te gustó?

Ella evitó su mirada y se llevó una mano a la sien, fingiendo una molestia que no era del todo mentira.

—Me agarró una migraña horrible, papi. Preferí volver antes de que empeorara.

Louis, que estaba recostado en el sofá del salón con una carpeta abierta, levantó la vista y soltó una risa seca.

—Claro. Los Scott dan migraña. Es casi una tradición familiar a estas alturas.

Helena lo miró de reojo. Su hermano cerró la carpeta y se incorporó un poco.

—¿Y cómo estaba Benjamin? Hace siglos que no lo veo.

La pregunta la tomó desprevenida. Helena parpadeó.

—¿Lo conoces?

Louis arqueó una ceja, como si la respuesta fuera obvia.

—Claro que lo conozco. Fuimos al colegio juntos. Éramos bastante buenos amigos, de hecho. Hasta que se fue del país a hacerse cargo de todo el circo en Inglaterra. ¿Por qué? ¿Te trató mal o algo?

Helena sintió un nudo frío en el estómago. Tenía la misma edad que Louis. Por supuesto. Nunca se le había ocurrido. Siempre había imaginado al tío de Sebastian como un hombre mayor, distante, casi de otra generación. Nunca como alguien que había compartido pupitres y secretos de adolescencia con su propio hermano.

—No… no me trató mal —respondió con voz baja—. Solo… fue un almuerzo largo.

Sin esperar más preguntas, subió las escaleras de dos en dos. Cerró la puerta de su habitación y se dejó caer de espaldas sobre la cama, todavía vestida. Miró el techo blanco y sintió que el peso de todo lo que no había dicho se le posaba sobre el pecho.

Tenía que decirle la verdad a Sebastian. Pero hacerlo le rompería el corazón. Y, de alguna forma retorcida, también el suyo.

Al día siguiente, en la cafetería de la facultad, Helena no pudo guardar silencio más tiempo. Allie y Antonia la miraban con atención mientras ella removía el café sin beberlo.

—Benjamin es el tío de Sebastian —soltó de golpe—. El mismo Benjamin de Oxford. Y ayer… ayer me amenazó. Me dijo que si no le contaba yo la verdad a Sebastian, lo haría él. Y de una forma que no me iba a gustar.

Allie se atragantó con el sorbo que acababa de dar.

—¿Me estás jodiendo?

—Ojalá —susurró Helena.

Antonia se llevó una mano a la boca.

—Dios… qué enredo.

Allie se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—Tienes que decirle la verdad, Helena. No toda, si no quieres. Pero al menos dile que te acostaste con alguien. Omite el nombre. Omite que es su tío. Pero dilo. Porque si se entera por otra boca… va a ser mil veces peor.

Helena cerró los ojos.

—Lo sé. Pero cada vez que imagino su cara… se me cierra la garganta.

—Entonces practícalo —insistió Allie—. Porque ese Benjamin no parece de los que hacen amenazas vacías.

En la mansión Scott, la luz de la tarde entraba sesgada por los ventanales del estudio. Benjamin tenía varios contratos abiertos sobre el escritorio de caoba, el ceño ligeramente fruncido mientras repasaba cláusulas con un bolígrafo negro. La puerta se abrió sin previo aviso.

Sebastian entró con los hombros caídos y el teléfono todavía en la mano. Felipe, que revisaba unos papeles en el sillón de al lado, levantó la vista de inmediato.

—¿Qué te pasa, hijo? Vienes con una cara de funeral.

Sebastian se dejó caer en una de las sillas frente al escritorio.

—Helena no me contesta. Ni llamadas ni mensajes. Desde ayer en la tarde. No sé qué hice. Me estoy portando bien. Le regalé flores, la llevé al almuerzo, fui un caballero… y de pronto, silencio total.

Felipe abrió la boca para decir algo, pero Benjamin se adelantó. Dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe suave y miró a su sobrino con calma.

—No la busques.

Sebastian levantó la cabeza, confundido.

—¿Qué?

—No la busques —repitió Benjamin—. Déjala en paz por un tiempo.

Sebastian soltó una risa incrédula.

—¿Estás hablando en serio? Hace apenas una semana me dijiste que peleará por ella. Que si de verdad la amaba tenía que reparar mi error. Y ahora… ¿ahora me dices que no la busque?

Benjamin sostuvo su mirada sin pestañear.

—Tal vez no sea tan buena como parece.

El silencio que siguió fue denso. Felipe frunció el ceño, sorprendido por la dureza de las palabras de su hermano. Sebastian, en cambio, se puso de pie de un salto.

—¿Cómo dices eso? ¿Tú? ¿Que la conociste ayer por primera vez?

—Conozco a Louis Fiallet desde el colegio —respondió Benjamin con voz fría—. Éramos amigos. Y ella es su hermana. A veces la manzana no cae muy lejos del árbol. Louis siempre fue… complicado. Tal vez sea mejor que la dejes ir antes de que te cause más problemas de los que ya te ha causado.

Sebastian apretó los puños. La mandíbula se le tensó de tal forma que se le marcaron los músculos del cuello.

—Helena es una gran persona —escupió—. La mejor. Y Louis… Louis solo es un maldito amargado que cree que el mundo le debe algo porque se pasó la vida estudiando códigos. No compares a mi novia con él. No te atrevas.

Benjamin no levantó la voz. No hizo falta.

—Solo te estoy dando un consejo, Sebastian. Tómalo o déjalo. Pero no digas que no te lo advertí.

Sebastian lo miró un segundo más, con una mezcla de rabia y decepción, y luego salió del estudio dando un portazo que hizo temblar los marcos de las puertas.

Felipe suspiró y miró a su hermano menor.

—¿Qué demonios te pasa, Ben? Nunca te había oído hablar así de una chica que apenas conoces.

Benjamin volvió la vista a los contratos, aunque ya no veía las letras.

—No es nada —mintió—. Solo… precaución.

Pero mientras las palabras salían de su boca, la imagen de Helena en el jardín, con la muñeca atrapada entre sus dedos y los ojos verdes llenos de desafío, se negaba a desaparecer.

Y por primera vez en mucho tiempo, Benjamin Scott no estaba seguro de estar actuando solo por el bien de su sobrino.

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Kayra Villavicencio
Por cab*on calenturiento.
Kayra Villavicencio
Es un socio, ya me cae como patada en una tet*
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