Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 7: Imágenes que Arden
Elena no se marchó. Se quedó allí, de pie en medio de la sala, observando la espalda rígida de Damian, los puños apretados contra la pared como si la sostuviera para no desplomarse. La lluvia golpeaba con furia los cristales, ahogando cualquier otro sonido, y en ese silencio compartido algo se rompía y se reconstruía a la vez.
Tras unos minutos eternos, él se giró lentamente. Tenía la mirada encendida, la mandíbula tensa, el cabello revuelto por la mano que se había pasado por él con impaciencia. No se acercó, pero tampoco se alejó.
—Ven —le dijo, con voz áspera, y caminó hacia una zona iluminada donde descansaban sus cuadernos y láminas—. Muéstrame lo que has avanzado. No dejaremos que el deseo nos venza… al menos no hoy. Pero sí nos guiará.
Elena se acercó despacio, llevando consigo su carpeta. Al sentarse junto a él, el aire se llenó de tensión renovada: hombro contra hombro, rodillas casi rozándose, cada respiración compartida era un secreto más entre ellos. Abrió la carpeta con manos que aún le temblaban levemente y desplegó sus dibujos sobre la mesa de madera.
Damian se inclinó hacia adelante. Sus ojos grises recorrieron cada trazo, cada sombra, cada figura entrelazada que ella había dibujado en la soledad de su habitación. Y a medida que avanzaba, su respiración se volvía más profunda, más lenta. Elena lo observaba de reojo, esperando juicio, crítica… cualquier cosa menos lo que vio: hambre. Reconocimiento. Como si estuviera mirándose a sí mismo.
—Estas figuras… —murmuró, pasando un dedo lentamente sobre el contorno de un hombro ancho inclinado hacia una silueta más pequeña—. Tienen mi forma. Mi postura. ¿Es que te imaginas a mí cada vez que dibujas deseo, Elena?
Ella sintió que la sangre se le subía al rostro con violencia. No pudo mentir. No ahora.
—Sí —susurró, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas en el regazo—. Cada línea, cada curva… eres tú. No puedo evitarlo. Vengo a tus clases y aprendo a mirarte, a recordarte… y luego dibujo lo que mi mente no logra soltar.
Damian soltó un sonido gutural, casi un gruñido, y se reclinó en la silla cerrando los ojos un instante, como si esas palabras le hubieran golpeado físicamente. Cuando los abrió, la miraba distinto: más expuesto, menos armado.
—Eres increíble —dijo con voz baja, acariciando apenas el papel sin tocarlo de verdad—. Captaste todo. La forma en que inclino la cabeza. La tensión en el cuello. Incluso la luz… sabes exactamente dónde caería sobre mi piel. Ves más de lo que quieres admitir, ¿verdad? Ves lo que oculto. Lo que nadie más percibe.
Se inclinó más cerca, su hombro rozando el de ella, su respiración caliente en su sien.
—Dime… ¿qué sientes cuando dibujas estas escenas? —le preguntó, bajando la voz hasta volverse un terciopelo oscuro—. ¿Qué recorres en tu mente antes de trazar cada línea? Cuéntame… con el mismo detalle con el que dibujas.
Elena tragó saliva y alzó la vista. Sus ojos se clavaron en los suyos, desafiantes y aterrorizados a partes iguales.
—Siento tus manos —confesó, con un hilo de voz—. Tu respiración en mi cuello. El peso de tu mirada recoriéndome. Imagino la temperatura de tu piel, la forma en que se curvan tus labios antes de hablar. Y cuando termino… el dibujo arde. Como si hubiera dejado mi propia huella en el papel.
Damian permaneció inmóvil, absorbiendo cada palabra como si le dieran de beber tras una sed eterna. Sus pupilas se dilataron tragándose el gris, y una vena se marcó en su cuello.
—Describe cómo cambia el tacto —susurró, acercando los labios a su oído, sin tocarlo, rozándolo apenas con el aire—. Cómo empieza suave… y cómo se vuelve hambriento. Dímelo con la voz, Elena. Igual que con el lápiz.
Ella cerró los ojos y habló arrastrada por su voz, por su presencia, por la verdad que brotaba sin freno:
—Empieza despacio, casi sin tocar… explorando, aprendiendo dónde soy sensible. Y luego… se vuelve urgente. Más fuerte. Como si quisiera grabar en mí cada huella para que no se me borre jamás. Encuentra el ritmo… y no hay vuelta atrás.
—Así —murmuró él, y su mano descendió lentamente hasta posarse sobre la de ella, entrelazando sus dedos con suavidad pero firmeza—. Exactamente así. Nadie ha descrito lo que hago con tanta precisión. Ni siquiera yo.
Elena abrió los ojos y lo encontró a un suspiro de distancia.
—¿Porque soy yo? —preguntó con valentía— ¿O porque ya conoces mi respuesta de otro lugar… Kael?
El nombre cayó entre ellos pesado y eléctrico. Damian no se apartó. No se alteró visiblemente. Solo apretó su mano con más fuerza, sus labios se tensaron en una media sonrisa sombría.
—Lo encajas todo, pieza por pieza, sin que te lo dé. Eres peligrosa, Elena. Sabes eso, ¿verdad? Saber mi nombre… te da poder sobre mí. Y yo rara vez entrego el poder.
—No lo uso para hacer daño —aseguró ella, suave pero firme—. Lo uso para verte a ti. Al completo. Con luces y sombras.
Damian la observó largo rato, como si decidiera algo importante en silencio. Luego soltó su mano con lentitud, con pesar, y apartó la mirada hacia la ventana donde la lluvia seguía cayendo implacable.
—Guarda esos dibujos —le dijo con voz más serena, recuperando el control aunque la tensión seguía vibrando en cada rincón de la habitación—. Ciérralos con llave. Son demasiado míos para que los vea cualquiera. Y ahora… es tarde. La lluvia amaina. Te acompaño a casa.
Se levantó antes de que pudiera replicar, pero Elena se quedó sentada un instante más, mirando las líneas que sus manos habían trazado y la huella que él había dejado sobre ellas. Sabía algo nuevo ahora: no solo la deseaba. La reconocía. Y eso… era mucho más peligroso para ambos.