En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 22: Furia Homicida y Sangre en las Manos
El enfrentamiento duró menos de dos minutos, pero para Jasmín se sintió como una eternidad de pesadilla y fascinación sangrienta.
Dante se movió con una ferocidad ciega. Usando su propia sangre como agarre, sujetó al primer atacante por la garganta y hundió su daga en el costado del hombre con una precisión brutal, usándolo como escudo contra el segundo agresor. En un despliegue de fuerza física aterradora, el rey abatió a los tres primeros hombres sin recibir un solo rasguño adicional, quebrando extremidades y desgarrando cuellos con el filo de su arma.
El cuarto atacante, al ver a sus compañeros masacrados en segundos por un monarca ensangrentado que parecía inmune al dolor, arrojó su espada y cayó de rodillas intentando suplicar clemencia.
—¡Por favor, Majestad! ¡Nos pagaron! ¡Nos pagaron en el puerto del sur...!
Dante no lo dejó terminar. Llegó a su lado, lo tomó del cabello con la mano herida —que no dejaba de gotear sobre el barro— y le atravesó la garganta con la daga antes de que el hombre pudiera articular otra palabra.
Cuando el capitán Jeison y los guardias reales llegaron finalmente al lugar con las espadas desenvainadas, se encontraron con un escenario dantesco. Cuatro cadáveres yacían sobre la hierba ensangrentada. Dante permanecía de pie en el centro del claro, respirando con violencia, con el pecho agitado y la mano izquierda empapada en su propia sangre.
El rey ni siquiera miró a Jeison ni a los soldados. Se giró de inmediato hacia Jasmín, que continuaba sentada en el suelo, pálida y temblando por la conmoción de la emboscada.
Dante cayó de rodillas frente a ella. Con la mano derecha —la única limpia de su sangre— tomó delicadamente el rostro de la reina, examinando cada centímetro de sus mejillas, sus hombros y sus manos con una desesperación febril.
—¿Te tocaron? —preguntó Dante con voz ronca, entrecortada, con los ojos desorbitados por una angustia voraz—. Dime si alguno de esos bastardos te rozó, Jasmín. Dímelo.
—No... no, Dante... estoy bien —balbuceó ella, tocando con dedos temblorosos el antebrazo herido del rey, de donde la sangre continuaba manando copiosamente—. ¡Pero tú estás herido! La cortada es profunda, necesitas a un cirujano ahora mismo...
—Me importa un carajo la herida —sentenció Dante con una brutalidad que le quitó el aliento a los guardias presentes—. Podrían haberme atravesado el corazón y no me importaría mientras tú respires.
Dante se giró hacia Jeison, y la mirada de angustia por la reina se transformó al instante en una orden homicida e inapelable.
—Jeison. Registra los cuerpos. Averigua de qué provincia venían esas bestias. Si hay una sola familia, un solo señor feudal o un solo consejero involucrado en haber pagado a estos mercenarios para acercarse a la reina... quiero sus cabezas en picas en la entrada del castillo antes del viernes. Mata a sus linajes enteros si es necesario. Que no quede nada de ellos.
—Se hará de inmediato, Majestad —respondió Jeison con gravedad absoluta, haciendo una reverencia helada.
Dante volvió a concentrar toda su atención en Jasmín. La levantó en brazos sin permitir que sus pies tocaran el barro sangriento, acomodándola contra su pecho sin importarle que su sangre manchara el vestido de ella. La montó sobre su propio semental y cabalgó de regreso a la fortaleza con una prisa desesperada, negándose a soltarla un solo segundo.