Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.
Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.
Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.
Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.
Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.
Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.
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Sin fecha de despedida
No hubo una última semana buena.
Tampoco una última mala.
Las cosas empezaron a espaciarse.
Un mes podía verso varias veces.
Después pude pasar semanas.
En otra ocasión casi un mes entero.
Ninguno llevaba la cuenta.
Al menos Victoria no.
Tenía demasiado encima.
Finales.
Trabajos.
Un proyecto que tuvo que repetirse porque la profesora decidió que estaba mal planteado.
Días en que llegaba a casa y solo quería dormir.
Stefano también parecía más ocupado.
A veces llamaba mientras iba de un lugar a otro por trabajo.
Otras veces no aparecía.
Cuando coincidían, todo seguía sintiéndose extrañamente familiar.
Un café.
Un hotel.
El carro estacionado lejos.
Una conversación sobre cualquier cosa.
Después de cada uno regresó a su vida.
• • •
Victoria tardó en darse cuenta de cuánto había cambiado.
Antes podía reconocer una semana larga sin Stefano.
Ahora podía pasar bastante tiempo y pensar:
Hace días no sé de él.
Y seguir con otra cosa.
No porque hubiera dejado de importarle.
Porque ya no estaba esperando.
Una tarde Laura la encontró en la biblioteca rodeada de hojas.
—Te traigo comida.
—Te amo.
—Eso decís porque hay papás.
—No arruines el momento.
Comieron casi en silencio.
Victoria tenía que entregar un trabajo al día siguiente y no iba bien.
— ¿Vas a salir hoy? —preguntó Laura.
-No.
—¿Y mañana?
—Tampoco.
—Qué emoción tu juventud.
Victoria le lanzó una servilleta.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Stefano.
Victoria lo miró.
No respondió.
No porque estuviera molesta.
Porque tenía que terminar.
Una hora después le escribió:
Estoy en la U. Te llamo luego.
Cuando por fin salió, ya no podía.
Al día siguiente él estaba ocupado.
Ninguno en asistencia.
Antes algo así habría ocupado su cabeza durante horas.
Ahora Victoria siguió con el proyecto.
• • •
Hubo un mes en que se vio varias veces.
Después otro en que apenas coincidieron una.
No porque hubiera pasado nada concreto.
Las agendas no encajaron.
Stefano tenía más trabajo.
Victoria estaba cerrando cursos.
Una tarde él apareció y terminaron tomando café.
Se rieron.
Hablaron de una materia que Stefano quería abandonar.
Victoria le dijo que era un cobarde.
Él le recordó que ella había amenazado con dejar la carrera por un examen.
—Eso fue diferente.
—Claro.
Después fueron a un motel.
Y durante unas horas pareció que nada había cambiado.
Cuando salieron, Stefano caminó primero hacia el parqueo.
Victoria tomó otra dirección.
No se despidieron con promesas.
Nunca lo hacían.
Aun así, aquella vez, mientras esperaba un autobús, Victoria tuvo una sensación difícil de nombrar.
Sin tristeza.
No exactamente.
Más bien la impresión de que algo se estaba volviendo cada vez más lejano mientras todavía estaba ocurriendo.
• • •
Luego volvieron a pasar semanas.
La siguiente llamada fue corta.
Después hubo una que Victoria no pudo atender.
Ella devolvió la llamada al día siguiente.
Stefano estaba ocupado.
—Después te llamo.
—Está bien.
No llamó.
Victoria tampoco volvió a marcar.
No fue orgullo.
Simplemente se le pasó.
Ese detalle la sorprenderá cuando lo recuerde días después.
Se le había pasado.
• • •
La universidad terminó ocupándolo todo durante un tiempo.
Victoria se preparó para los solicitudes finales como si le fuera la vida en ello.
Laura comenzó a estudiar con ella.
Había tardes en las que terminaban hablando de cualquier cosa menos de la materia.
—¿Y el misterioso? —preguntó Laura una vez.
Victoria levantó la mirada.
—¿Cuál misterioso?
—Ese del que nunca hablás.
—Precisamente porque nunca hablo de él.
Laura Insol.
—Entonces existe.
Victoria volvió al cuaderno.
—Estudia.
No quiso explicar.
Ni siquiera sabía qué habría explicado.
¿Que seguían viéndose?
A veces.
¿Que ya no?
Tampoco.
No había una palabra correcta.
• • •
Pasó más tiempo.
Una semana.
Después otra.
Luego un mes.
Stefano no llamó.
No pasó cerca.
No hubo casualidades.
Victoria tampoco lo buscó.
Al principio pensó que estaba ocupada.
Después dejó de pensar una razón.
El tiempo continuó acumulándose sin que ella lo midiera.
Cuando quiso darse cuenta, habían pasado varios meses.
No estaba segura de cuántos.
Eso fue lo más extraño.
Antes habría contado cada día.
Ahora ni siquiera sabía cuándo había sido la última vez exacta.
Un día, mientras ordenaba papeles de la universidad, encontré un recibo doblado de un café.
Reconoció el lugar.
Stefano había estado con ella ese día.
Victoria sostuvo el papel unos segundos.
Después lo tiró.
No lloró.
No se enojó.
No escribió ningún mensaje.
Simplemente entendió.
No habían terminado.
Porque nunca hubo algo oficial que terminara.
La vida había seguido avanzando hasta poner suficiente distancia entre los dos.
Y, en algún punto que ninguno había señalado, Stefano había dejado de estar.
Victoria cerró el cajón y volvió a sus apuntes.
Le dolió.
Pero no la detuvo.