Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPÍTULO 3
Efímera felicidad
Parte 2
🥀
El fin de semana pasó volando, mucho más rápido de lo que me hubiese gustado. Por suerte, los asuntos en la empresa marchaban sobre ruedas; la calma reinaba en mi escritorio y los pendientes eran mínimos por ahora.
Me recogí el cabello en una coleta alta, concentrándome en los documentos que acababan de llegar. Como no eran nada complicados, decidí revisarlos antes de la hora del almuerzo; Tristán me había invitado a probar un restaurante nuevo cerca de la zona financiera.
Cerré el portátil justo cuando el móvil comenzó a vibrar. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al leer el nombre de Sienna en la pantalla.
—¿Acaso no puede vivir sin su hermana favorita? —solté en cuanto atendí, con tono juguetón.
—Ya conoces la respuesta, jodida pretenciosa —su risa al otro lado de la línea me contagió de inmediato.
—Venga, ¿va todo bien? —pregunté, recostándome en mi silla ergonómica.
—Sí, preciosa, pero necesito un favor —soltó tras un suspiro—. ¿Sería posible que pasaras tú por los niños al jardín? Estoy atrapada en una reunión y se me va a complicar salir a tiempo.
—Por supuesto que sí. Tú tranquila, yo me encargo. Comeremos juntos y luego los llevaré conmigo a la oficina o los dejaré en tu casa cuando estés libre.
—Eres, sin duda, la mejor.
—Ya lo sé —respondí con una carcajada antes de colgar.
Consulté el reloj y me apresuré a recoger mis pertenencias. Le envié un mensaje rápido a Tristán avisándole que nos veríamos directamente en el restaurante, pero con dos invitados estrella.
...
No pude evitar que se me ensanchara el corazón al abrir los brazos y recibir a los dos pequeños que corrieron hacia mí con pura emoción al verme en la puerta del jardín. Los mellizos son, sin discusión, lo mejor que me ha pasado en la vida. Desde el momento en que Sienna me confesó su embarazo, no dudé ni un segundo en ser su pilar. ¿Cómo no hacerlo? Ella es mi hermana de alma; fue ella quien me rescató de la oscuridad y la soledad en aquel internado.
Somos nosotras contra el mundo, protegiendo nuestro pequeño universo a toda costa.
—Me gusta mucho cuando vienes a buscarnos, tía Dasha —dijo Kiara, apretando mi mano con fuerza mientras caminábamos hacia el auto.
—¡Me han dado una estrella dorada, tía! —exclamó Kael, mostrándome su manita con orgullo.
—Es que son los niños más inteligentes que conozco —les aseguré. Y no lo decía solo por el amor que les tenía; para tener apenas tres años y medio, eran asombrosamente despiertos.
—¿A dónde iremos? —preguntó Kiara con curiosidad.
—Iremos a comer y luego me acompañarán un rato a la oficina hasta que mamá termine de trabajar —les informé mientras los acomodaba en sus sillitas y ajustaba los cinturones de seguridad.
—¿Podemos tomar helado? —preguntó ella, con sus ojitos brillando como dos luceros.
—Todos los que quieran.
—¡Yupi! —el grito de guerra resonó en la parte trasera del auto mientras ponía el motor en marcha.
El almuerzo fue un caos encantador. Me reí a carcajadas viendo a Tristán ponerse al nivel de Kael, pinchándolo con bromas hasta hacerlo enfadar solo para ver cómo fruncía el ceño. Se veía tan tierno que era imposible no adorarlo.
Pasadas las tres de la tarde, regresé a mi santuario de cristal y madera. Me senté tras el escritorio mientras los niños se instalaban en la alfombra para colorear, sumidos en su propio mundo de fantasía.
—¿Cómo se han portado los seres más hermosos de la vida? —la voz de Sienna irrumpió en la oficina cuando abrió la puerta.
Los niños se pusieron de pie como impulsados por un resorte y corrieron a sus brazos, atropellándose entre sí para contarle cada detalle de su día. Me acerqué para abrazar a mi amiga, pero al separarme, algo me detuvo. Sienna estaba inusualmente pálida.
—¿Te sientes bien? —le pregunté, escudriñando su rostro.
—Perfecta —sonrió, aunque la expresión no llegó del todo a sus ojos—. Solo ha sido un día agotador en el trabajo, te lo aseguro.
—Si quieres, pueden venir a casa esta noche. Yo cuido a los niños para que tú puedas dormir y desconectar —le propuse, pero ella negó suavemente mientras me envolvía en otro abrazo.
—No es necesario, cariño. Estoy bien, de verdad. Pero cualquier cosa, te llamo luego.
—Vale, está bien. Pero ten cuidado al conducir.
—Eres la mejor, Dasha.
—Lo sé.
—Venga, niños, despídanse de la tía —les dijo Sienna mientras cargaba sus mochilas.
Los llené de besos y abrazos una vez más. Eran tan dulces, tan llenos de vida, que sentí una punzada de gratitud por tenerlos..
Abrí la puerta de casa y solté mi bolso sobre el sofá antes de dejarme caer en él, agotada. El silencio de la casa fue interrumpido por la señora Lisa, que apareció desde la cocina secándose las manos en el delantal.
—Ya he terminado con la limpieza, señorita Dasha —dijo con una sonrisa amable.
—Oh, hola Lisa —me levanté para saludarla—. Muchísimas gracias por todo.
—Ya me retiro, pero le he dejado algo de comer en la cocina —me avisó antes de despojarse del delantal.
—No debiste molestarte, de verdad.
Aunque su trabajo solo consistía en mantener el orden, cada vez que venía me sorprendía con platos deliciosos, salvándole la vida a alguien que, como yo, era capaz de quemar hasta el agua.
—Lo hago con todo el gusto del mundo —aseguró.
—Me vas a malcriar con tus dotes culinarias, Lisa.
—Estaré encantada de hacerlo siempre.
Se despidió y la acompañé hasta la puerta antes de subir a mi habitación para quitarme el peso del día de encima.
...
Tras una ducha reconfortante, bajé a la cocina. El plato que Lisa había preparado estaba exquisito; lo devoré en minutos, haciendo una nota mental para felicitarla de nuevo al día siguiente. Recogí lo que había ensuciado y saqué una copa para servirme un poco de vino mientras veía la televisión.
—¡Joder! —la copa se me resbaló de los dedos, estallando contra el suelo. Los cristales saltaron por doquier, salpicando el piso de un rojo intenso que parecía sangre.
Me apresuré a limpiar el desastre, pero desistí de beber. Una punzada extraña y opresiva se instaló justo en el centro de mi pecho. Estaba a punto de subir de nuevo a mi habitación cuando escuché mi móvil sonar a lo lejos. Al ver el nombre de Sienna en la pantalla, intenté sacudirme el mal presentimiento.
—¿Acaso no pueden dormir sin mí? —bromeé en cuanto contesté.
Hubo un silencio gélido al otro lado.
—¿Es usted la señorita Dasha Lincor? —preguntó una voz femenina, profesional y distante. No era Sienna.
—Eh... sí. ¿Quién habla? —pregunté, sintiendo que el aire se espesaba—. ¿Dónde está Sienna?
—Lo siento, solo puedo informarle que debe acudir de inmediato al Hospital Central. La señora Sienna ha sido ingresada en urgencias hace veinte minutos.
La llamada se cortó, dejándome con el pitido del teléfono perforándome los oídos. Me convertí en un manojo de nervios, intentando procesar las palabras. Sienna en urgencias. No perdí tiempo en cambiarme; tomé las llaves, el bolso y salí corriendo hacia el auto, suplicándole a cualquier santo que ella y los niños estuvieran a salvo.
El trayecto se me hizo eterno, una agonía de semáforos y luces borrosas por la ansiedad. Por fin, las luces de neón del hospital aparecieron frente a mí. Apagué el motor y corrí hacia la entrada de emergencias. Al entrar, una oleada de angustia me avasalló al ver a los dos pequeños sentados en una sala, con los rostros desencajados. Al verme, corrieron hacia mis brazos.
—¡Oh, Dios mío! —los abracé con una fuerza desesperada, sintiendo un poco de aire en mis pulmones al comprobar que estaban físicamente bien—. Están bien, están bien...
—Tía Dasha... —Kael comenzó a hablar con voz trémula—. Ella se cayó, tía Dasha. No despertaba... y yo... yo llamé a emergencias como mamá me enseñó —su labio inferior empezó a temblar y el llanto le cortó el habla.
Se me rompió el alma. Volví a rodearlos, pegándolos a mi pecho como si pudiera protegerlos de la realidad.
—Tranquilo, mi amor. Mamá estará bien —mentí, intentando convencerme a mí misma mientras los mecía.
En ese momento, las puertas automáticas se abrieron. Un médico salió con el rostro ensombrecido; le hizo una seña a una enfermera para que se llevara a los niños a otra área y así poder hablar conmigo a solas.
—¿Cómo está ella? —pregunté. Mi voz no era más que un hilo tembloroso.
—Lamento mucho tener que decirle esto, señorita, pero... —el médico posó su mano sobre mi hombro. Al ver su expresión, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies—. La señora Sienna sufrió un ataque al corazón fulminante. No pudimos hacer nada por ella... acaba de fallecer.
No. No, no y no.
Los músculos me traicionaron y el pecho se me comprimió tanto que dolió físicamente. Mis ojos se inundaron de golpe. Fallecido. La palabra se clavó en lo más profundo de mi ser como un puñal de hielo. En un segundo, el mundo que tanto me había costado construir se desvaneció, dejándome sola en medio de una oscuridad absoluta.
El médico seguía hablando, pero sus palabras eran solo un zumbido lejano, como si estuviéramos bajo el agua. Mi mente se negaba a procesar la sentencia. Fallecido. Esa palabra no pertenecía al mismo universo que Sienna.
—Quiero verla —mi voz sonó extraña, rota, como si perteneciera a otra persona.
—Señorita, quizás no sea el mejor momen...
—¡Quiero verla! —repetí, esta vez con una fuerza que nació del puro pánico.
Me guiaron por pasillos que olían a antiséptico y muerte, hasta una habitación pequeña y gélida. Allí, sobre una camilla metálica y bajo una sábana blanca que parecía demasiado pesada, estaba ella.
Me acerqué con pasos vacilantes, temiendo que el simple sonido de mis pies contra el suelo confirmara la pesadilla. Con manos temblorosas, deslicé la tela.
El grito se quedó atorado en mi garganta.
Sienna parecía dormida, pero era una paz que me aterraba. Su piel, antes cálida y vibrante, ahora tenía el tono de la cera. Me incliné sobre ella, tomando su mano entre las mías, esperando sentir ese apretón firme y protector que siempre me daba. Pero no hubo nada. Solo un frío marmóreo que se me filtró por los poros, llegándome hasta los huesos.
—¿Cómo ha podido pasar esto, Sienna? —susurré, mientras las lágrimas empapaban su sábana—. Hace unas horas te reías... me abrazaste... me dijiste que estabas bien.
Recordé su palidez en mi oficina, su negativa a que la ayudara. Una culpa voraz empezó a devorarme las entrañas. ¿Cómo no lo vi? Yo, que me jactaba de ser tan astuta en los negocios, de leer a las personas con una mirada, no supe ver que mi hermana se estaba apagando frente a mis ojos..
—Se suponía que estaríamos juntas siempre —sollocé, ocultando el rostro en el hueco de su cuello, buscando desesperadamente el aroma de su perfume floral, pero solo encontré el vacío del hospital—. Me prometiste que no me quedaría sola... me lo prometiste.
¿Cómo le explicaría a Kiara y a Kael que su mundo se había detenido? ¿Cómo les diría que la mujer que les hacía pasteles de chocolate y les enseñaba a bailar ya no abriría los ojos?, que se ha ido...