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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:614
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

5

Paulo cumplió dieciocho años un martes cualquiera, sin fiesta grande esta vez, solo una cena tranquila con Karla, Edward y Henry, y un pastel que Karla insistió en hacer ella misma a pesar de que ya sabía, de memoria, que nunca le quedaba tan bien como el de Eleanor. Fue durante esa cena, entre el segundo pedazo de pastel y los platos todavía sin recoger, que Paulo dijo en voz alta algo que llevaba semanas dándole vueltas en la cabeza.

—Creo que voy a buscar un departamento propio. Ahora que ya puedo.

La mesa se quedó en silencio un momento. Karla dejó el tenedor sobre el plato, con esa expresión que Paulo ya conocía bien, la que usaba cuando algo la tomaba por sorpresa y necesitaba un segundo para decidir cómo reaccionar.

—¿Por qué? —preguntó Edward, sin ningún reproche en la voz, solo curiosidad genuina. —Esta sigue siendo tu casa, Paulo. Eso no cambia porque cumplas dieciocho.

—Lo sé. Y se los agradezco, de verdad. —Paulo buscó las palabras con cuidado, sin querer que sonara a que se sentía rechazado ni a que los rechazaba a ellos. —Pero siento que ya es el momento, creo que necesito probar si puedo sostenerme solo, ahora que tengo edad para intentarlo de verdad.

Henry, sentado a su lado, no dijo nada durante toda la conversación, aunque Paulo sentía la tensión en su cuerpo, apenas disimulada, cada vez más evidente conforme la cena avanzaba. Recién más tarde, ya los dos solos en el jardín trasero, con la noche fresca y las luces de la cocina apagándose detrás de ellos, Henry finalmente dijo lo que llevaba callándose desde la mesa.

—¿Y qué pasa con nosotros?

—Nada pasa con nosotros. Sigue siendo lo mismo, solo que no vamos a dormir bajo el mismo techo.

—No es lo mismo y lo sabes.

Paulo le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos de la forma que ya se había vuelto costumbre entre ellos.

—Vas a poder visitarme cuando quieras. Y yo voy a volver aquí seguido, no me voy a desaparecer. Solo necesito esto, Henry. Necesito saber que puedo hacerlo solo, aunque sea una vez en la vida.

Henry se quedó callado un momento largo, mirando hacia el jardín oscuro, con esa terquedad suya luchando visiblemente contra algo que sabía, en el fondo, que no tenía ningún derecho a impedir.

—Está bien. —Lo dijo despacio, como si cada palabra le costara un poco. —Pero me vas a tener llamando todos los días, para que lo sepas.

—No esperaba menos de ti.

...***************...

Encontró el departamento dos semanas después, en un edificio viejo pero bien cuidado del centro de la ciudad, a quince minutos caminando de la zona donde se concentraban la mayoría de las tiendas y oficinas de las empresas más grandes. Era pequeño: una sola habitación que hacía las veces de todo, con una cocina apenas más grande que un armario y una ventana que daba a un callejón poco interesante. Pero era suyo, pagado con los ahorros que llevaba juntando desde la caja de zapatos de sus catorce años, y esa sola idea le bastaba para que el lugar se sintiera más grande de lo que en realidad era.

Los primeros días los pasó organizando lo poco que tenía, comprando lo mínimo indispensable en tiendas de segunda mano, y buscando trabajo entre las empresas del centro con una mezcla de nervios y determinación que no se permitía mostrar frente a nadie más que a sí mismo.

Henry insistió en ayudarlo con la mudanza, apareciendo el sábado con una camioneta prestada de un compañero y una energía que a Paulo le pareció excesiva para la cantidad real de cosas que había que cargar, que en total cabían en apenas seis cajas y un colchón.

—¿Esto es todo? —preguntó Henry, mirando las cajas apiladas en la entrada de la casa con algo parecido a la decepción—. Pensé que íbamos a necesitar como tres viajes.

—No tengo tantas cosas, Henry.

—Podríamos comprar más cosas. Para justificar la camioneta.

—O podríamos simplemente subir esto y ya.

Terminaron de cargar todo en menos de una hora, y el resto de la tarde la pasaron en el departamento nuevo, armando lo poco que había que armar, discutiendo sin ninguna seriedad real sobre dónde debía ir el colchón, si la única silla que Paulo tenía debía mirar hacia la ventana o hacia la puerta, cosas que no importaban en absoluto pero que de todas formas se sintió bien discutir juntos.

—Se ve chico —dijo Henry, ya de noche, sentado en el piso porque todavía no había suficientes muebles como para sentarse en otro lado—. El departamento, digo.

—Es chico.

—Pero es bonito... supongo.

—Si, y es mío. —Paulo se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro, cansado del día entero de cargar cajas—. Gracias por ayudarme con esto. No tenías que hacerlo.

—Obvio que tenía que hacerlo. —Henry le pasó un brazo por los hombros, acomodándolo más cerca—. Aunque esto signifique que voy a tener que aprenderme una ruta de autobús nueva para venir a verte.

—Podrías simplemente no venir tanto.

—Ni loco.

Se quedaron un rato así, en el piso vacío de un departamento que todavía olía a humedad y a caja de cartón, sin ninguna prisa por llenar el silencio, hasta que ya era demasiado tarde y Henry tuvo que volver a cruzar la ciudad hacia la casa donde todavía vivía, dejando a Paulo solo por primera vez en una habitación que era completamente nueva.

...***************...

Los primeros días buscando trabajo lo llevaron a recorrer oficinas de contabilidad, un par de tiendas de ropa que buscaban vendedores, hasta una imprenta que necesitaba a alguien para repartir encargos, sin encontrar nada que realmente le llamara la atención, hasta que un anuncio en el periódico local, entre columnas de avisos clasificados, le llamó la atención de una forma que no supo explicar del todo.

"Casa de diseño busca asistente junior. Sin experiencia necesaria, con ganas de aprender."

La dirección quedaba a solo diez cuadras de su nuevo departamento.

Fue esa misma tarde, con la única camisa que le quedaba decente y el estómago revuelto de nervios que no lograba justificar del todo, dado que solo era una entrevista para un puesto que ni siquiera sabía bien qué implicaba. El edificio, por fuera, no anunciaba gran cosa, una puerta de vidrio simple, un letrero discreto con el nombre "Bellamy". Pero adentro el ambiente cambiaba por completo: telas de colores colgadas a modo de exhibición, el sonido lejano de máquinas de coser trabajando en algún piso superior, gente moviéndose de un lado a otro con carpetas y muestrarios bajo el brazo.

Una mujer con el cabello recogido en un moño imposible lo hizo esperar apenas diez minutos antes de llevarlo a una oficina donde un hombre mayor, de barba blanca bien cuidada y anteojos que se le resbalaban constantemente por la nariz, revisaba unos bocetos extendidos sobre el escritorio.

—Así que te postulas para asistente —dijo, sin levantar la vista todavía—. Ya perdí la cuenta de cuántos han pasado por esa puerta esta semana.

—¿Y cuántos consiguieron el puesto?

Octavio levantó la vista, con algo parecido a la sorpresa asomándole en la cara, antes de que una media sonrisa se le escapara por debajo del bigote.

—Ninguno todavía. Veamos si tú cambias eso. Octavio Bellamy.

—Paulo Whitmore.

—¿Y qué sabes de moda, Paulo Whitmore?

—Nada, si le soy honesto. —Se obligó a sostenerle la mirada, aunque el impulso de suavizar la respuesta le picaba en la lengua. —Pero aprendo rápido, y no le voy a decir que sé algo que no sé solo para sonar mejor en esta entrevista. Si me contrata, va a tener que enseñarme todo desde cero, pero se lo voy a devolver trabajando el doble de duro que cualquiera.

Octavio se quedó mirándolo un momento largo, quitándose los anteojos para limpiarlos con un pañuelo que sacó del bolsillo del chaleco, un gesto que Paulo sospechaba usaba para ganar tiempo antes de decidir algo importante.

—Esa es la primera respuesta honesta que escucho en toda la semana. —Se puso los anteojos de vuelta. —Empiezas el lunes. Y ojo, no te voy a pagar mucho al principio, pero vas a aprender más en un mes aquí de lo que la mayoría de esos currículums formales que he estado leyendo aprendió en cuatro años de universidad.

...***************...

Se lo contó a Henry esa misma noche, por teléfono, con el aparato apretado contra la oreja mientras caminaba de vuelta a su nuevo departamento con las últimas luces del atardecer todavía coloreando las calles del centro.

—¿Y qué vas a hacer exactamente?

—No sé. Asistente junior, decía el aviso.

—¿Pero asistente de qué?

—No sé, Henry. Empiezo el lunes, ahí me voy a enterar.

Escuchó a Henry reírse del otro lado de la línea, esa risa que reconocería en cualquier lado del mundo.

—Me da igual lo que sea. Estoy orgulloso de ti de todas formas.

—Todavía no hice nada.

—Conseguiste el departamento tú solo, y ahora el trabajo tú solo, sin que nadie te ayudara con ninguna de las dos cosas. —Hubo un silencio breve, cálido, del otro lado. —Eso ya es bastante, en mi opinión.

Paulo sonrió, solo, caminando por una calle que todavía no terminaba de sentir como propia, y por primera vez desde que se había mudado, sintió que la distancia entre esa calle nueva y la casa donde había crecido no era tan grande como para no poder sostenerla.

...***************...

El primer lunes fue, sobre todo, confuso. Paulo pasó buena parte de la mañana sin entender del todo la jerarquía del lugar, quién le daba órdenes a quién, qué hacía exactamente cada persona que cruzaba el pasillo con telas o carpetas bajo el brazo. Una asistente mayor, de nombre Rosario, se apiadó de él después de verlo perdido por tercera vez en el mismo pasillo y decidió tomarlo bajo su cuidado sin que nadie se lo pidiera oficialmente.

—Regla número uno —le dijo, mientras le mostraba dónde estaban los archivos de telas organizados por temporada —nunca le digas a Octavio que algo "no se puede hacer". Dile que vas a encontrar la forma, y después averigua cómo hacerlo mientras caminas hacia donde sea que tengas que ir.

—¿Y si de verdad no se puede?

—Entonces se lo dices con mucho tacto, después de haberlo intentado de verdad. Nunca como primera respuesta.

Paulo anotó eso mentalmente, junto con la ubicación de cada archivo, cada nombre de cada persona que le presentaban a lo largo del día, cada tarea chiquita que le iban asignando: llevar muestras de un lado a otro, organizar botones por tamaño y color, aprender a doblar telas sin que se arrugaran de la forma incorrecta. Absorbía todo con la misma atención con la que alguna vez había ordenado retazos de tela en el piso de la sala de su madre, sin saber todavía que ese instinto viejo y familiar iba a resultarle tan útil en este lugar nuevo.

Fue el viernes de esa primera semana cuando Octavio le dio su primera oportunidad real de demostrar algo más que buena disposición, podría parecer simple, pero realmente era un encargo importante, un envío de botones había llegado con la mitad del color equivocado, y la modista a cargo de la colección de temporada estaba a punto de perder la paciencia frente a todo el taller.

—Podríamos combinarlos —dijo Paulo, sin pensarlo demasiado, desde el rincón donde estaba organizando carretes de hilo. —Los dos colores, alternados. En vez de que sea un error, que parezca que siempre fue el diseño.

La modista se quedó mirando los botones un momento, con la cabeza ladeada, antes de que algo se le iluminara en la cara. —Podría funcionar. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Octavio, que había estado observando todo desde la puerta de su oficina, no dijo nada en el momento, pero esa tarde, cuando Paulo ya se iba, lo llamó a su despacho un segundo.

—Rosario me dio un informe de tu desempeño y te vi hoy, ese es el tipo de pensamiento que no se enseña en ninguna escuela de moda, muchacho. O lo tienes o no lo tienes. Parece que tú lo tienes.

Los meses siguientes pasaron entre telas y patrones, entre las reglas numeradas de Rosario que fue ganándose una por una, y la confianza creciente de Octavio, que empezó a confiarle tareas cada vez más complejas sin que Paulo tuviera que pedirlas. Henry visitaba el departamento casi todos los fines de semana, a veces quedándose hasta tarde el domingo antes de volver a cruzar la ciudad hacia la casa de sus padres, y aunque la distancia nueva entre los dos a veces pesaba, sobre todo en las noches entre semana cuando ninguno de los dos podía verse, pero Paulo no pensó que había hecho lo incorrecto al intentarlo solo.

Ganaba su propio dinero, aprendía algo que de verdad le importaba y cada vez que Henry cruzaba media ciudad para pasar un rato con él, sin que nadie se lo pidiera, Paulo entendía un poco mejor que la independencia y el amor de alguien no eran cosas que tuvieran que competir entre sí.

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