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El Caos En Mi Refugio

El Caos En Mi Refugio

Status: En proceso
Genre:Escuela / Romance
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.

Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El Rincón de los Observadores

​La música en la sala no era sonido; era una presencia física, una marea de bajos que golpeaba el pecho y hacía vibrar los cristales de las ventanas. Para Lola, cruzar el umbral de la casa de Marcos había sido como entrar en una zona de guerra sensorial.

​Mateo, fiel a su naturaleza de polilla atraída por la luz técnica, no tardó ni cinco minutos en perderse. Sus ojos brillaron al ver la consola de mezclas del DJ y, antes de que Lola pudiera aferrarse a su brazo, Patricia ya lo había interceptado. Patricia era un torbellino de perfume caro y energía inagotable.

​—¡Mateo! No viniste a mirar cables, viniste a vivir —exclamó Patricia, riendo mientras lo arrastraba hacia el centro de la pista, donde el sudor y el movimiento se mezclaban en un solo cuerpo colectivo.

​Lola se quedó sola en el pasillo, sintiéndose como un náufrago. El aire en la sala principal era denso, saturado de risas forzadas y el olor dulzón de las bebidas mezcladas. Dio un paso atrás, luego otro, buscando el instinto básico de supervivencia: el silencio.

​La Huida hacia el Margen

​Atravesó la cocina, donde un grupo de chicos intentaba, sin mucho éxito, improvisar un cóctel en una licuadora. No se detuvo. Siguió de largo hasta que el aire cambió. El patio trasero de la casa era un oasis de penumbra. La iluminación se reducía a unas guirnaldas de luces amarillas que colgaban de los árboles, emitiendo un resplandor tenue que no hería los ojos.

​Lola se sentó en un murete de piedra, lejos de las mesas de plástico y los grupos que fumaban en las esquinas. Sacó de su mochila el refugio que siempre llevaba consigo: una edición desgastada de Las ciudades invisibles de Italo Calvino. No pretendía leer bajo esa luz precaria, pero solo sentir el peso del papel en sus manos la ayudaba a regular los latidos de su corazón.

​—Es una estructura fascinante, ¿no crees? —Una voz, pausada y de tono bajo, rompió el aislamiento de su burbuja.

​Lola se tensó por instinto, esperando el típico comentario irónico o la invasión de su espacio personal. Pero cuando levantó la vista, el chico no estaba encima de ella. Estaba apoyado contra un pilar de madera, a unos generosos dos metros de distancia. Era Andrés.

​El Código del Respeto

​Andrés no vestía para impresionar. Llevaba un jersey oscuro y una expresión que denotaba que él también estaba allí por compromiso, o quizás por observación. Lo que más sorprendió a Lola no fue su presencia, sino su postura. No intentaba dominar el espacio; simplemente lo compartía.

​—¿La casa o el libro? —preguntó Lola, con la voz todavía un poco rígida.

​—Ambos —respondió Andrés, señalando con un gesto sutil de cabeza hacia la parte superior de la vivienda—. Si te fijas en la unión de las vigas del porche con la estructura principal, es un diseño de finales de los setenta, pero reforzado. Han intentado mantener la estética abierta sin que el techo colapse por el peso de la terraza superior. Es un equilibrio precario pero inteligente.

​Lola bajó la mirada hacia su libro y luego hacia la arquitectura que él describía. Por primera vez en toda la noche, alguien le hablaba de algo tangible, de algo real, en lugar de gritarle banalidades sobre la música o el alcohol.

​—Me gusta que no grites —confesó ella, bajando la guardia—. Todo el mundo parece creer que para ser escuchado hoy hay que superar los decibelios del DJ.

​Andrés esbozó una sonrisa que no llegó a ser una carcajada, sino un gesto de entendimiento puro.

​—Gritar es para quienes no tienen nada que decir —dijo él, dando un paso lateral para sentarse en un banco cercano, manteniendo siempre ese "pasillo de seguridad" que Lola tanto agradecía—. Ese libro... Calvino habla de ciudades que se construyen con el deseo o con la memoria. A veces pienso que las fiestas son como la ciudad de Bauci: gente que vive suspendida sobre zancos, mirando el suelo con fascinación pero temiendo bajar.

​Una Conexión en Baja Frecuencia

​Lola sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna. Era la sensación eléctrica de ser comprendida sin haber tenido que explicar su manual de instrucciones. Andrés no intentaba "sacarla de su caparazón". No le decía que se animara ni la invitaba a bailar. Se limitaba a estar ahí, reconociendo su derecho a la introspección.

​—Me siento como si estuviera en una frecuencia de radio distinta a la de los demás —comentó Lola, cerrando el libro pero manteniéndolo sobre sus rodillas—. Mateo y Patricia... ellos fluyen. Yo solo trato de no ahogarme.

​—No te estás ahogando, Lola. Estás buceando —corrigió Andrés con suavidad—. Ellos están en la superficie, donde hay espuma y ruido.

Tú estás abajo, donde están los restos del naufragio y las cosas que realmente importan. El problema del fondo del mar es que es solitario si no encuentras a otro buzo.

​El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio habitado. Lola observó las manos de Andrés: estaban quietas, entrelazadas sobre sus rodillas. No había rastro de la ansiedad motriz que ella sentía a menudo. Su calma era contagiosa.

​El Detalle de la Estructura

​—¿Cómo sabes tanto de vigas y estructuras?

—preguntó ella, genuinamente curiosa.

​—Mi abuelo era maestro de obra —explicó él, mirando hacia las estrellas que apenas se veían por el resplandor de la ciudad—. Me enseñó que si quieres saber cómo es una persona, no mires su cara, mira cómo construye su refugio. Esta casa es pretenciosa por fuera, pero en los rincones, como este, es sólida. Se nota que alguien la pensó para resistir el tiempo, no solo para lucirse.

​Lola se dio cuenta de que, durante esa conversación, no había sentido la necesidad de retroceder ni una sola vez. Andrés poseía una especie de radar emocional que le permitía detectar los límites invisibles de Lola. Era como si él leyera el espacio entre los dos como una partitura musical, respetando los silencios.

​—¿Y tú? —preguntó Andrés— ¿Qué buscas en ese libro que no encuentres en la fiesta?

​—Busco orden —respondió Lola con sinceridad—. El mundo real es caótico, las conversaciones se solapan, los sentimientos son desordenados. En un libro, incluso la tragedia tiene una estructura. Puedes volver atrás, puedes pausar. Aquí... —hizo un gesto hacia el ruido que venía de la casa— aquí no hay botón de pausa.

​—Bueno, ahora lo hay —dijo él, señalando el espacio tranquilo que habían creado—. Considera este rincón como nuestro botón de pausa técnico.

​La Resistencia del Observador

​Pasaron los minutos y la fiesta continuó a sus espaldas como una película muda de la que no formaban parte. Hablaron de arquitectura, de la soledad en las ciudades modernas y de la extraña belleza de las cosas que nadie más miraba.

​Lola experimentó una calidez desconocida. No era el fuego abrasador de la euforia, sino el calor constante de una chimenea en invierno. Por primera vez, no se sentía el "bicho raro" de la reunión, sino parte de una élite silenciosa, de aquellos que ven el mundo desde los márgenes para poder entenderlo mejor.

​—Gracias, Andrés —dijo Lola de repente.

​—¿Por qué?

​—Por no intentar domarme. Por dejarme ser el rincón oscuro mientras los demás quieren ser el foco.

​Andrés se levantó con lentitud cuando vio a Patricia asomarse por la puerta del patio buscando a Lola. Antes de irse, le dedicó una última mirada, una que contenía una promesa implícita de que este no sería su único refugio.

​—Los focos ciegan, Lola. En la penumbra es donde realmente se ve quién es quién. Nos vemos en la estructura.

​Andrés se alejó hacia la cocina con un andar tranquilo, desapareciendo en la multitud justo antes de que Patricia irrumpiera en el patio gritando el nombre de Lola. Pero algo había cambiado. El libro en la mochila de Lola ya no era su único escudo; ahora tenía el recuerdo de una conversación que había construido, piedra a piedra, un puente sobre el abismo de su ansiedad.

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celimar
me encanta 💯💯
Fernanda
cada capitulo es un aprendizaje para lola tiene que crecer más en ellos me encanta esta historia 💯💯
Betty Saavedra Alvarado
Hay personas en la vida que le gusta hacer daño no dejar a que sean felices meten cizaña para que una relación no prospere
Carolina A²V
nunca hubo hay ni abra lástima entre ustedes así que ya deja esos fantasmas que solo te atormentan y sobre todo no escuches a la venenosa de patricia que sólo tiene envidia de ti
Carolina A²V
tu apoyo de siempre Lola
Carolina A²V
todo lo contrario a lo que Lola esperaba 🤔😉
Carolina A²V
ayyy Lola y tus inseguridades 😟
Betty Saavedra Alvarado
Esa Patricia ves una bruja
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Celina Espinoza
firme lola no le agas caso
Celina Espinoza
que lindo capitulo 👍👍
Fernanda
patricia solo quiere hopacarte no le des el gusto
Fernanda
lola no caigas
Carolina A²V
Lo estás desarmando Lola, lo harás caer en un abismo de incertidumbres ese del cual salió anoche ya hoy vuelve a el
Carolina A²V
pregunta le a la bruja de patricia
Carolina A²V
ayyy‼️ no Lola 🤦🏻‍♀️
Carolina A²V
🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️ Lola porqué le haces caso❓️😡
Carolina A²V
bruja desteñida no le creas Lola ella es una resentida
Carolina A²V
espero que Lola no crea nada de lo que escuche ella sabe lo cizañera que es la patricia esa
Carolina A²V
que espectacular capítulo me encanto 😊😍🥰
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