Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 8: Una noticia que lo cambia todo
Clarisa no había podido olvidar el mensaje.
“La próxima advertencia no será para ti.”
Desde que Samuel se lo había contado, una sensación extraña se había instalado en su pecho.
Intentaba concentrarse en el trabajo, en sus clases y en el proyecto que debía presentar en la universidad, pero algo no estaba bien.
Aquella mañana llegó a Flores Group más temprano de lo habitual.
Dejó su bolso sobre el escritorio y encendió el computador.
—Buenos días —saludó Laura desde el otro lado de la oficina.
—Buenos días.
Clarisa intentó sonreír.
Pero apenas unos minutos después sintió un malestar que la obligó a apartarse del escritorio.
—¿Estás bien? —preguntó Laura.
—Sí… creo que no desayuné bien.
Laura la observó con preocupación.
—Últimamente estás muy cansada.
Clarisa bajó la mirada.
—Probablemente sea por todo lo que está pasando.
Y eso era lo que quería creer.
Estrés.
Universidad.
Trabajo.
Las amenazas.
Samuel.
Todo junto podía explicar perfectamente que se sintiera diferente.
O al menos eso pensaba.
A media mañana, Samuel apareció en la oficina.
Como siempre, llevaba su traje oscuro y esa expresión seria que parecía no abandonar nunca.
—Clarisa.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Samuel se acercó.
—Necesito hablar contigo.
Clarisa se puso de pie.
—¿Descubrieron quién está detrás de las amenazas?
—Todavía no.
La expresión de ella cambió.
Samuel lo notó inmediatamente.
—Pero Andrés está siguiendo una pista.
—¿Victoria?
Samuel guardó silencio durante unos segundos.
—Es una posibilidad.
Clarisa respiró profundamente.
—¿Por qué alguien haría todo esto?
—Porque quizá quieren que te alejes de mí.
Ella lo miró.
—¿Y si tienen razón?
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Desde que apareciste en mi vida, todo se complicó.
Samuel no respondió.
Clarisa continuó:
—Yo tenía una vida difícil, pero tranquila. Ahora alguien me sigue, mi beca está en riesgo y ni siquiera sé por qué.
Samuel dio un paso hacia ella.
—No voy a permitir que te hagan daño.
Aquellas palabras la hicieron guardar silencio.
Por alguna razón, escuchar a Samuel decirlas le provocó una emoción que no quiso reconocer.
—Gracias —murmuró.
Samuel la observó.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
—Mi madre quiere conocerte oficialmente.
Clarisa abrió los ojos.
—¿Tu madre?
—Sí.
—Samuel, no sé si sea buena idea.
—Necesito que confíes en mí.
Ella respiró hondo.
—Está bien.
Samuel salió de la oficina.
Clarisa se quedó mirando la puerta.
Entonces llevó una mano a su abdomen.
El malestar había regresado.
Esta vez era diferente.
Más intenso.
Cerró los ojos.
—Esto no puede estar pasando…
Esa tarde, Clarisa salió antes del trabajo.
No quería preocupar a su madre, así que decidió pasar primero por una farmacia.
Mientras caminaba, repasaba mentalmente las últimas semanas.
El cansancio.
Los cambios de ánimo.
El malestar.
Aquella noche que Samuel y ella habían decidido dejar en el pasado.
Se detuvo frente a la farmacia.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—No —susurró—. Seguramente estoy imaginando cosas.
Pero una pequeña duda ya había aparecido.
Y no quería ignorarla.
Entró.
Compró lo necesario y regresó rápidamente a casa.
Cuando Elena salió a recibirla, notó inmediatamente su expresión.
—Hija, ¿qué sucede?
Clarisa intentó sonreír.
—Nada, mamá. Solo estoy cansada.
—Últimamente dices mucho eso.
—Tengo demasiado trabajo.
Elena acarició su cabello.
—Descansa. Yo prepararé algo para comer.
Clarisa asintió.
—Gracias.
Esperó hasta quedarse sola.
Después entró en su habitación.
Cerró la puerta.
Durante varios minutos simplemente permaneció sentada sobre la cama.
No quería comprobarlo.
Porque si su sospecha era cierta, nada volvería a ser igual.
Finalmente reunió valor.
Los minutos siguientes parecieron eternos.
Clarisa caminaba de un lado a otro de la habitación.
Miraba el reloj.
Luego el resultado.
Volvía a mirar el reloj.
Hasta que finalmente se detuvo.
Sus manos comenzaron a temblar.
El resultado era claro.
Positivo.
Clarisa se quedó completamente inmóvil.
—No…
Volvió a mirar.
Como si pudiera cambiarlo simplemente deseándolo.
Pero no cambió.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No sabía si debía llorar, sonreír o simplemente quedarse en silencio.
Se sentó lentamente en la cama.
Una nueva vida dependía ahora de las decisiones que tomara.
Y, por primera vez, comprendió que ya no podía pensar solamente en sí misma.
Pensó en Samuel.
En su carácter.
En su familia.
En el contrato que todavía estaba por convertirse en una realidad.
Y en todas las amenazas que habían aparecido desde que ella entró en su mundo.
—Tengo que decírselo…
Tomó su teléfono.
Buscó el nombre de Samuel.
Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla.
No podía hacerlo por mensaje.
Necesitaba mirarlo a los ojos.
Pero antes de llamarlo, recibió una notificación.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Ahora entiendes por qué nunca debiste acercarte a Samuel Flores.”
Clarisa sintió un escalofrío.
Inmediatamente llegó otro mensaje.
“Tu embarazo cambiará muchas cosas.”
Clarisa dejó caer el teléfono sobre la cama.
Alguien lo sabía.
Pero ella jamás se lo había contado a nadie.
Entonces comprendió algo mucho más aterrador:
la persona que estaba detrás de las amenazas no solo la estaba vigilando.
También conocía su secreto.
Y ahora Clarisa tenía una sola pregunta en la cabeza:
¿Cómo habían descubierto que estaba embarazada?