Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 8: Alianzas inesperadas
Necesitaba ayuda. No podía hacer esto sola. Si seguía recopilando pruebas sin que nadie más lo supiera, si algo me pasaba, todo se perdería. La carpeta, las fotos, todo quedaría sin explicación. Tenía que confiar en alguien. Y solo había una persona en la que podía confiar plenamente: Zoe.
Esa tarde, después del entrenamiento, nos quedamos las dos solas en el gimnasio. Cerré las puertas con llave, saqué la carpeta y la puse sobre el banco.
—Tengo que contarte algo importante —le dije—. Y es muy peligroso. Si me lo cuentas a alguien, podríamos estar en peligro las dos.
Zoe se sentó, atenta, viendo mi seriedad. Le mostré los documentos, las pruebas, la relación entre Lila y el entrenador. Le expliqué todo: cómo habían ocultado que eran padre e hija, cómo manipulaban dinero, cómo en mi vida anterior… me detuve. No podía decirle que venía del futuro.
—Ellos hicieron daño a alguien que yo quería mucho —dije, con la voz entrecortada—. Y ahora quieren hacer lo mismo conmigo. Porque estoy descubriendo la verdad.
Zoe miró los papeles, horrorizada.
—¿Lila es su hija? Nadie lo sabía. Nadie se lo imaginaba. Todo el mundo cree que es una alumna más.
—Porque lo ocultan a propósito —respondí—. Así nadie cuestiona por qué ella es siempre la capitana, por qué recibe todos los beneficios, por qué el equipo siempre gana aunque no sea el mejor. Es un fraude. Y necesito que me ayudes a demostrarlo. Pero si lo haces, te pones en riesgo. ¿Segura que quieres estar en esto?
Zoe cerró la carpeta con firmeza.
—Ellos también intentaron comprarme, ¿recuerdas? Me ofrecieron dinero, becas, todo. Y si son capaces de hacerte eso a ti, no me sorprende que sean capaces de cualquier cosa. Cuenta conmigo. No te voy a dejar sola.
Esa noche, formamos nuestro propio plan. Dividimos la información: ella guardaría copias de las pruebas, yo guardaría otras. Las esconderíamos en lugares distintos, para que si uno lo perdía, el otro lo tuviera. Empezamos a llevar un registro de todo: llamadas, mensajes, incidentes, momentos en que nos seguían. Cada detalle, por pequeño que fuera, era una pieza del rompecabezas.
Pero no solo nos aliamos entre nosotras. Al día siguiente, un chico llamado Julián, del consejo estudiantil de Westford, se me acercó entre clases. Nunca habíamos hablado antes.
—Sé lo que estás buscando —me dijo, bajando la voz—. Y no estás sola. Yo también he visto cosas raras en el equipo. Pagos que no cuadran, decisiones que no tienen sentido. El entrenador me pidió que falsificara documentos el semestre pasado. Me negué, pero tengo miedo de hablar. Si me descubren, me destruyen.
Mi corazón dio un vuelco. Un aliado dentro de Westford. Era lo que necesitaba.
—No tienes que enfrentarlos solo —le dije—. Si me das la información que tienes, la protegemos. Y cuando sea el momento, hablamos juntos. Pero tienes que tener cuidado. Son peligrosos.
—Lo sé —asintió—. Por eso te busqué. Sé que no eres una rival cualquiera, Emma. Sé que buscas justicia. Y quiero ayudarte.
En los días siguientes, Julián nos pasó documentos clave: registros de gastos, correos electrónicos borrados, testigos que habían visto cosas pero no se atrevían a hablar. Cada pieza que recibíamos hacía más sólido nuestro caso. Ya no era mi palabra contra la suya. Teníamos documentos, testigos, pruebas irrefutables.
Pero con cada nuevo dato, el peligro crecía. Sabía que cuanto más nos acercábamos a la verdad, más cerca estaba el momento en que ellos intentarían detenernos. Y esta vez, no iba a ser tan fácil como empujarme por unas escaleras. Sabían que estaba avisada. Sabían que luchaba. Y eso los hacía más peligrosos.