Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Puertas de oro y ojos que se detienen
El día de su cumpleaños número dieciocho, Kaelen se presentó en la puerta de la Mansión Valerius. Llevaba un traje negro impecable, camisa blanca, zapatos lustrados. Los tatuajes estaban ocultos. Solo se veía un joven alto, imponente, de belleza peligrosa, con ojos azules que parecían capaces de ver a través de las paredes.
—Vengo para la entrevista de trabajo —le dijo al mayordomo con voz firme—. Como chófer personal del señorita Liora Valerius.
Lo hicieron esperar en un salón de mármol donde el lujo dolía a la vista: candelabros de cristal, alfombras persas, cuadros que valían más que toda su vida. Y entonces apareció.
Draven Valerius entró en la habitación y el aire se detuvo. Alto, ancho de hombros, con un traje gris que abrazaba cada músculo de su cuerpo, abdominales marcados incluso bajo la tela. Cabello castaño oscuro con mechones plateados que le daban un aire de rey antiguo. Y sus ojos: verdes claros, esmeraldas vivas, que lo atravesaron como si pudiera leer cada uno de sus secretos.
—¿Tu nombre? —preguntó Draven, con voz grave y profunda, como trueno lejano.
—Kaelen Voss —respondió él, sosteniéndole la mirada sin pestañear.
Draven se detuvo a tres pasos. Lo miró de arriba abajo, y algo en su pecho dio un vuelco. Un latido fuerte, inesperado, que no tenía explicación. Nunca le había pasado algo así al ver a un desconocido.
—Kaelen Voss —repitió, saboreando el nombre—. Edad.
—Dieciocho años hoy, señor.
—¿Experiencia?
—Conduzco desde los catorce. Cualquier terreno, cualquier velocidad. No bebo, no fumo, no hablo de lo que veo. Soy discreto.
Draven sonrió apenas, una media sonrisa que hizo que el corazón de Kaelen se acelerara contra su voluntad.
—Me gustan los hombres que no hablan demasiado —dijo, acercándose un poco más—. Tus ojos… son azules. Muy intensos.
—Es solo el color, señor —respondió Kaelen, odiando que su voz sonara más suave de lo normal.
—No —murmuró Draven, sin apartar la mirada—. No es solo el color.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
—¡Papá! —Seraphina entró corriendo, pero se detuvo en seco al verlo. Su sonrisa murió en sus labios—. Tú…
—¿Nos conocemos? —preguntó Kaelen, con una inocencia que lo habría hecho creer a cualquiera.
—No —dijo ella, recuperándose rápidamente, pero sus ojos se llenaron de pánico—. No, creo que no.
—Seraphina, este es Kaelen —dijo Draven—. Nuestro nuevo chófer.
—¿Él? —se burló ella—. Papá, míralo. Parece un delincuente.
—Es joven y fuerte —respondió Draven con frialdad—. Y yo decido quién entra en mi casa. ¿Quedó claro?
Seraphina apretó los dientes, asintió y salió furiosa. Draven se giró hacia Kaelen.
—Empiezas mañana. Vive aquí, en el ala de los empleados. Si haces bien tu trabajo, serás bien pagado. Si traicionas mi confianza… —se acercó hasta que Kaelen pudo sentir su calor—, descubrirás por qué me temieron en las calles antes de ser CEO.
—No tengo intención de traicionarlo, señor —dijo Kaelen, mirándolo a los ojos—. Solo quiero trabajar.
Draven lo miró un segundo más, asintió y se marchó. Kaelen se quedó solo en el salón, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado.
“Concéntrate”, se dijo a sí mismo. “Ella está aquí. Cerca. Y pronto va a caer”. Pero la imagen de esos ojos verdes no se le iba de la cabeza. Y eso le asustaba más que cualquier amenaza.