Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 4: Heridas que no se explican
La noche que siguió a la batalla en el parque del río no trajo calma. Apenas Min‑jun llegó a su habitación, se quitó el uniforme y se dejó caer en la cama con los ojos cerrados, repasando mentalmente cada detalle de lo sucedido: la estructura emocional de la Sombra del Silencio, la cantidad exacta de segundos que tardó en disiparse, la forma en que Ámbar Negro había ejecutado el plan sin una sola desviación. Para cualquier otra persona habría sido una victoria para celebrar; para él era solo un conjunto de datos que debía organizar, clasificar y archivar para diseñar mejores estrategias en el futuro.
Estaba a punto de tomar el cuaderno oculto bajo el colchón donde anotaba todos sus análisis —con una letra tan distinta a la de su vida diaria que nadie lo reconocería—, cuando el brazalete de jade en su muñeca empezó a vibrar con una intensidad rápida y urgente. No era la llamada suave del santuario: era una alerta de peligro inminente.
Min‑jun suspiró, se puso de pie de un salto y se tocó la piedra. En menos de un segundo, la torpeza desapareció, su mirada se volvió de acero y ya era **Jade Blanco**. Salió por la ventana hacia los tejados, moviéndose con una agilidad y una precisión que habrían dejado boquiabierto a cualquiera que lo conociera del colegio.
Llegó al callejón detrás de la estación de tren en tres minutos. Allí lo esperaba Ámbar Negro, con el traje negro y dorado un poco rasgado en el hombro y la respiración agitada. Frente a él, una masa de sombras retorcidas formaba una figura alargada que golpeaba las paredes con fuerza, buscando desesperadamente algo que no lograba encontrar.
—Llegas justo a tiempo —dijo Ámbar, sin quitarle la vista de encima a la criatura—. Esta no es como las otras. No se alimenta de dolor ni de tristeza. Busca… una firma de poder. He oído que el Tejedor la envió para rastrear a los portadores de los Sellos. Si logra tocarnos, marcará nuestra energía y sabrá quiénes somos incluso sin el antifaz.
Jade Blanco analizó la escena en dos segundos: velocidad de los golpes, patrón de movimiento, puntos donde la sombra se hacía más densa. Sacó una conclusión inmediata.
—No podemos dejar que nos toque, y tampoco podemos destruirla de frente: si la rompemos en pedazos, cada fragmento seguirá buscándonos por separado y será imposible contenerla. La única solución lógica es atraerla hacia el viejo almacén de al lado, encerrarla en la cámara acorazada del sótano y purificarla ahí cerrada, donde su energía no pueda esparcirse. Tú la provocas por la izquierda, yo la guío por la derecha. Sincronizamos el paso en tres.
No hubo discusiones. Ámbar asintió de inmediato, confiando ciegamente en esa mente que siempre veía la salida correcta donde él solo veía puños y golpes. La criatura rugió y se lanzó contra ellos; los dos héroes se movieron al unísono, esquivando cada zarpazo con una coordinación perfecta, como si llevaran años entrenando juntos. Jade guiaba cada giro, cada cambio de dirección, con señales mínimas que solo su compañero sabía interpretar.
Estaban a metros de la entrada del almacén cuando la sombra dio un giro imprevisto, más rápido de lo que los cálculos habían previsto, y lanzó un golpe directo hacia la espalda de Ámbar, que en ese momento estaba girado para cubrir la otra salida. Jade no lo pensó ni un segundo: se interpuso en el camino, recibió el impacto de lleno en el costado izquierdo y sintió cómo el aire le salía de los pulmones de golpe, una quemadura fría le recorría las costillas y un moretón profundo empezaba a formarse bajo el traje. A pesar del dolor, no perdió la calma ni la concentración: aprovechó el impulso del golpe para empujar a la criatura hacia adentro con la misma fuerza, y gritó:
—¡Ahora, Ámbar! ¡Cierra la puerta!
El otro héroe reaccionó al instante, cerró de un portazo la pesada puerta de acero y corrió los tres cerrojos. Dentro, la luz purificadora de Jade empezó a brillar a través de las rendijas, hasta que todo quedó en silencio.
Cuando el peligro pasó, Ámbar se giró hacia él con la voz cargada de culpa.
—Te has puesto en medio por mi culpa. Podría haberme dado a mí. ¿Por qué lo has hecho?
Jade se apoyó un segundo en la pared, disimulando lo mucho que le dolía cada respiración, y respondió con la frialdad lógica que lo caracterizaba:
—Porque si te toca a ti, la marca te sigue aunque te quites el traje. Si me toca a mí, igual. Pero tu posición era más expuesta y yo estaba más cerca. Fue la elección que minimizaba el riesgo total. No fue un favor, fue matemática. No vuelvas a descuidar la espalda.
No le dejó responder más. Se dio la vuelta y se alejó saltando por los tejados antes de que su compañero pudiera notar lo mucho que le costaba respirar. Llegó a su casa temblando, se curó las heridas a medias con agua fría y vendas que guardaba en un cajón secreto, y se durmió casi sin darse cuenta, con la mente ya calculando cómo ajustar el plan para la próxima vez.
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A la mañana siguiente, Choi Min‑jun despertó con todo el lado izquierdo del cuerpo como si le hubieran dado con un bate. Se sentó en la cama, hizo una mueca de dolor y de inmediato cambió su expresión: ensanchó los ojos un poco, curvó los hombros, adoptó esa mirada perdida y despistada que todos conocían. A partir de ese momento, cada gesto de dolor debía parecer un despiste, una torpeza más del chico que siempre se caía y se golpeaba sin darse cuenta.
Llegó al liceo con la camisa abotonada hasta el cuello para ocultar el moretón que le subía hasta el hombro, caminando un poco encorvado y fingiendo que miraba las nubes para justificar que tropezara con cada dos pasos. En la entrada, se golpeó el hombro contra el marco de la puerta a propósito, soltó un gemido bajito y se agarró el costado con una mueca que parecía la de siempre: *“ay, qué torpe soy”*.
—¡Min‑jun, cuidado!
Seo‑jun apareció a su lado en dos zancadas, le sujetó del brazo para que no se cayera y lo miró preocupado. Notó de inmediato que algo andaba mal: tenía la piel un poco pálida, evitaba mover el lado izquierdo y cuando le tocó el antebrazo para ayudarlo a enderezarse, el chico soltó un respingo rápido que intentó disimular con una sonrisa nerviosa.
—¿Estás bien? —preguntó Seo‑jun, pasándole una mano por la espalda con muchísima suavidad—. Te veo raro hoy. ¿Te duele algo?
—¡No, no, nada! —se apresuró a responder Min‑jun, riendo entre nervioso y torpe, soltándose con cuidado para que no le apretara el costado—. Solo… me he golpeado con la puerta, ya sabes cómo soy… me choco con todo. ¡No es nada, de verdad!
Durante toda la mañana, hizo lo imposible por que nadie notara nada: dejaba caer los libros a propósito para tener una excusa para quejarse del brazo, se negaba a levantar la mochila pesada diciendo que “hoy no tenía fuerzas”, y cuando el profesor de educación física les mandó correr tres vueltas a la pista, se quedó a mitad de camino jadeando, agachado y con las manos en las rodillas.
—Creo… creo que me mareo —murmuró, con la voz entrecortada, en parte fingida y en parte real por el dolor que le recorría las costillas con cada paso—. ¿Puedo descansar un rato?
Seo‑jun, que había estado mirándolo desde el principio sin quitarle ojo de encima, fue hasta él de inmediato, lo ayudó a caminar hasta la grada y lo sentó con infinita ternura. Se agachó frente a él, le pasó el dorso de la mano por la frente y susurró para que nadie más lo oyera:
—Ya basta de mentiras, Min‑jun. No es por el mareo, no es por golpearte con la puerta. Te pasa algo serio. Enséñame el brazo.
Sin esperar respuesta, le tomó la muñeca izquierda con mucha suavidad y le subió la manga de la camisa. Lo que vio le cortó la respiración: un moretón grande, de color morado oscuro con bordes negros, que le cubría casi todo el antebrazo y subía escondiéndose bajo la tela. Seo‑jun se quedó callado unos segundos, pasando los ojos de la herida a la cara de su novio, con una mezcla de dolor, preocupación y una pequeña sombra de duda que empezaba a crecer sin control.
—Esto no es haberse chocado con una puerta —dijo al fin, con la voz baja y quebrada—. Esto es un golpe muy fuerte, muy reciente. ¿Quién te ha hecho esto? ¿Te has metido en algún lío? ¿Por qué no me lo dices?
Min‑jun sintió que se le helaba la sangre. Tenía la respuesta lista, ensayada mil veces en su cabeza, pero aun así le costó sacarla con la inocencia necesaria. Bajó la mirada, se mordió el labio y murmuró casi sin voz:
—Ayer… ayer por la tarde fui en bicicleta a casa de mi abuela, como te dije. Iba distraído mirando un gato que cruzó la calle… y me caí de lleno contra el bordillo. Me golpeé todo el lado izquierdo. Tenía vergüenza de decírtelo… siempre soy tan torpe, no quería que te preocuparas más de la cuenta.
Se hizo el pequeño, el niño que siempre se equivoca y que da pena cuidar. Y funcionó, al menos en parte. Seo‑jun suspiró, le pasó un brazo por los hombros con muchísimo cuidado y lo atrajo hacia sí sin apretarlo, besándole suavemente la parte alta del pelo.
—Idiota… —le susurró al oído, con la voz llena de cariño—. No tienes que tener vergüenza de nada conmigo. Me das igual si eres el más torpe del mundo. Lo que me molesta es que no me cuentes estas cosas. Quiero estar ahí para ti, ¿entiendes? Quiero cuidarte.
Min‑jun cerró los ojos, apoyó la cabeza en el pecho de su novio y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Quería decirle todo. Quería gritarle que no había sido ninguna bicicleta, que la noche anterior había estado luchando contra monstruos para proteger la ciudad, que se había puesto en medio de un golpe por él sin que él lo supiera. Pero la promesa, el peligro, los siete Sellos en juego… todo se lo impedía. Así que solo apretó los puños por dentro de las mangas y murmuró un:
—Lo sé… perdóname. Ya no lo volveré a hacer.
Esa tarde, cuando las clases terminaron, Min‑jun inventó que tenía que ir a curarse la herida con una enfermera amiga de su familia y se separó de Seo‑jun con una despedida rápida. En cuanto perdió de vista la puerta del liceo, su expresión cambió por completo: la mirada se volvió clara, la postura derecha, y caminó derecho y sin gemidos hacia el santuario del Monte Namsan, aguantando el dolor solo por voluntad.
Yeo‑wol lo esperaba en la entrada, con una mirada severa pero compasiva. Lo hizo pasar a la habitación interior, le preparó una cataplasma de hierbas antiguas que quitaba el dolor en minutos y le curó el moretón con una luz verde suave que salía de sus propias manos. Mientras trabajaba, le dijo con tono de advertencia:
—Anoche sentí la batalla. Te interpusiste. Arriesgaste no solo tu vida, sino también tu secreto. Un moretón así no se oculta con una excusa de bicicleta para siempre. La próxima vez, si llegas al colegio cojeando o sin poder respirar bien, ni el Min‑jun más torpe del mundo podrá convencer a nadie de que fue un accidente.
Min‑jun asintió, mirando fijamente las paredes de piedra.
—Lo sé. He calculado el riesgo: si la marca le hubiera dado a Ámbar, el Tejedor habría tenido acceso a su firma energética y habríamos perdido uno de los siete Sellos en una noche. El coste de un moretón era asumible. La próxima vez ajustaré la estrategia para que ninguno de los dos reciba golpes visibles. Ya he diseñado tres variantes del plan de contención que evitan el cuerpo a cuerpo.
Yeo‑wol suspiró, sabiendo que era inútil discutir con esa mente fría que lo analizaba todo en términos de coste y beneficio.
—Solo recuerda, Min‑jun: los números y los planes no lo son todo. Esa persona que te espera a la salida del colegio, que te cuida y te quiere… él no ve estrategias. Ve a un chico que cada vez le oculta más cosas. Y las mentiras, por muy bien que se calculen, siempre pesan más que las heridas.
El chico no respondió. Se quedó en silencio hasta que terminó de curarlo, salió del santuario cuando el sol ya se había ocultado y caminó de regreso a casa volviendo a encoger los hombros, a mirar el suelo, a ser de nuevo el chico despistado que todos esperaban. Pero por dentro, las palabras de Yeo‑wol le daban vueltas sin parar.
Esa noche, antes de dormir, sacó el cuaderno oculto y anotó con su letra precisa y ordenada:
> **Riesgo detectado**: desgaste emocional en la relación por acumulación de excusas. Probabilidad de conflicto en los próximos días: 78 %. Medida a tomar: reducir al mínimo las desapariciones sin explicación, diseñar coartadas más creíbles y aceptar más invitaciones de Seo‑jun para compensar.
> **Objetivo prioritario**: proteger los siete Sellos y a todos los portadores.
> **Objetivo secundario**: no perderlo. Pero nunca a costa del primero.
Cerró el cuaderno, lo escondió bajo el colchón y apagó la luz. Fuera, las luces de Seúl brillaban en la oscuridad, y en algún lugar de la ciudad, el Tejedor de Han seguía tejiendo su plan para encontrar a cada uno de los guardianes. Y mientras tanto, Min‑jun y Seo‑jun seguían durmiendo cada uno en su casa, sin saber que la persona con la que compartían cada beso y cada sonrisa de día era la misma con la que compartían cada batalla y cada riesgo de noche.
Las heridas del cuerpo se curarían en unos días. Las heridas que estaban empezando a abrirse entre ellos, en cambio, aún nadie sabía si llegarían a cerrarse del todo.
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**FIN DEL CAPÍTULO 4