Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.
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La despedida que no se dice
Cuando Teseo desapareció de su vista, Ariadna no perdió tiempo. Se fue directa a su aposento, guardó lo esencial en un pequeño fardo —comida, agua, una capa gruesa, el hilo verdadero que los separaría— y salió de nuevo, sin hacer ruido, bajando los escalones que ya conocía de memoria.
Cada paso la acercaba a él. Y cada paso pesaba. Sabía que esta vez, la despedida sería distinta.
Al empujar la puerta de la cámara, lo vio de inmediato. Asterión estaba de pie, esperándola, como siempre. Pero hoy no tenía esa calma tímida de otras veces. Sus manos grandes se cerraban y se abrían a los costados, inquietas. En cuanto la vio, dio un paso hacia ella y luego se detuvo, como si temiera acercarse demasiado.
—Ha venido, ¿verdad? —preguntó antes de que ella hablara—. Él. Teseo.
Ariadna asintió, dejando el fardo en el suelo.
—Sí. Me dijo las mismas palabras. Las mismas promesas. Todo igual a la otra vez.
Asterión apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.
—Y tú… ¿cómo pudiste soportarlo? Escucharle decir que te llevará a reinar, cuando en realidad…
—Cuando en realidad solo quiere usarnos —lo cortó ella, acercándose—. Lo soporté pensando en ti. En que todo eso es mentira. En que esta vez, quien caerá será él. Y quien vivirá serás tú.
Lo tomó de las manos, sintiendo el temblor que recorría las suyas.
—Pero hay algo que debes saber —bajó la voz, aunque no había nadie más que pudiera oír—. Cuando llegue el momento, no te detengas. No mires atrás. No vengas a buscarme, pase lo que pase.
Asterión le apretó las manos con desesperación.
—¿Cómo me pides eso? ¿Cómo puedo salir sabiendo que te dejo aquí?
—Porque me lo prometes —lo miró a los ojos, feroz y tierna a la vez—. Porque tu vida vale más que mi libertad. Porque Afrodita misma te protegerá y te llevará lejos. Tienes que vivir, Asterión. Tienes que ver el sol, respirar el aire libre, saber lo que es ser feliz sin miedo. Eso es lo que me debes. No volver. Vivir.
—¿Y tú? —susurró él, con la voz quebrada—. ¿Qué será de ti?
—Estaré bien —dijo ella, aunque el corazón se le partía al decirlo—. Conocí este lugar desde niña. Sé cada rincón. Y sabré que estás a salvo. Eso me dará fuerzas.
Él la atrajo hacia sí despacio, rodeándola con sus brazos enormes y cuidadosos, como si quisiera encerrarla entera para que nadie la tocara nunca. Apoyó la barbilla en su hombro y respiró hondo, grabándose su aroma, su calor, la sensación de tenerla cerca.
—No quiero dejarte —murmuró contra su cabello—. No quiero ser libre sin ti.
—No es sin mí —le susurró ella, abrazándolo con todo lo que tenía—. Mi corazón va contigo. Siempre. Cada paso que des, lo darás con mi corazón latiendo en el tuyo.
Se separaron despacio. Ariadna le acarició la cara, memorizando cada rasgo, cada línea, la cicatriz que tenía junto a la sien.
—Escúchame bien —dijo, seria—. La salida por el pasaje oculto se abre cuando la luna esté en su punto más bajo. Yo distraeré a los guardias. Tú cruzas rápido, sin esperarme. Afrodita te estará esperando al otro lado. Ella te guiará. Confía en ella.
—¿Y si no voy? —dijo él, con voz baja y temerosa—. ¿Si me quedo y nos enfrentamos a todos juntos?
Ariadna negó con la cabeza.
—No funcionará. La maldición te traería de vuelta. Teseo nos perseguiría. Mi padre no descansaría. Esta es la única manera. La única que garantiza que sobrevivas.
Lo miró a los ojos por última vez, con todo el amor que le cabía en el alma.
—Prométemelo. Promete que saldrás y no volverás.
Asterión cerró los ojos un instante, luchando consigo mismo. Al fin, asintió, casi sin aliento.
—Lo prometo. Pero te buscaré. Toda mi vida, buscaré la forma de volver por ti.
Ella sonrió, con lágrimas que no dejó caer.
—Y yo te esperaré.
Se separaron. Ariadna recogió su capa y se encaminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se giró una última vez. Él seguía allí, inmenso y solo, bajo ese rayo de luz pálida. Le hizo un gesto con la mano: espérame. Él asintió.
Subió los escalones de vuelta con el pecho ardiendo. Sabía que cada paso la alejaba de él y la acercaba a su prisión. Pero también sabía que era el único camino.
Al llegar arriba, vio las antorchas encendidas cerca de la entrada principal. Teseo daba órdenes. Preparaba todo para su gran momento.
Ariadna apretó los puños.
Brinda, Teseo. Prepara tu gloria. Porque cuando entres, no encontrarás monstruo. Encontrarás mi furia.