Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Propuesta de trabajo
Cuando el show erótico terminó, lo esperó parada en la esquina de Eclipse, con los brazos cruzados y una tarjeta del bar entre los dedos, dándole vueltas nerviosamente. Cuando lo vio salir por la puerta trasera, con el pelo todavía húmedo y la campera de cuero puesta, sintió que el estómago le daba un salto que hacía años no sentía.
—¿Vos? —Eric se detuvo, sorprendido, reconociéndola enseguida—. ¿La del mozo equivocado?
—Claudia —se presentó, tendiéndole la tarjeta—. Quería hablar con vos de algo.
Él la tomó, la leyó por arriba y levantó una ceja. Le parecía muy extraña la situación y esa mujer en particular.
—Mirá, te agradezco, en serio, pero si es por lo de *mozo, ya te dije que no es lo mío. Estudio actuación, esto del stripper lo hago porque paga las clases y el alquiler, nada más.
—No es por lo de mozo. —Claudia lo miró fijo, sin dejarse intimidar por esa seguridad que él parecía cargar en todo el cuerpo—. Es por lo otro. Por lo que hacés acá.
Eric se quedó callado un segundo, procesando.
— Pará, no entiendo nada. ¿Me estás ofreciendo laburo de stripper?
—Exacto.
Se rió, corto, incrédulo. Era obvio que ella estaba alcoholizada o desesperada.
—¿En un bar de barrio? Ja, ja.
—En mi bar de barrio —corrigió Claudia—. Un show, una vez por semana para arrancar. Tengo el lugar, tengo la clientela justa para empezar a mover algo distinto, y vos tenés justo lo que le falta. No te puedo pagar lo que gana un stripper en un local grande, pero te puedo pagar más que lo que te pagan acá. Te lo puedo asegurar.
—¿Cómo estás tan segura? Este no es un rubro para todos, tampoco es fácil.
—Porque conozco mi bar. Y porque sé que vas a atraer un público que ahora mismo tengo, pero que no van: mujeres. Un montón de mujeres, todas las que estén cansadas de tomar una cerveza aburrida en un lugar sin nada que las haga volver —.
Eric se cruzó de brazos, mirándola con una mezcla de curiosidad y algo parecido al respeto.
—Sos rápida, ¿eh? Me sorprendiste.
—Tengo mis días.
Él se quedó pensando, dándole vueltas a la tarjeta entre los dedos como ella había hecho segundos antes.
—Te aviso —dijo por fin—, si acepto, es solo esto. Stripper. Nada de servir mesas, nada de otra cosa. Yo Soy bueno bailando, nada más.
—Para eso te contrato —respondió Claudia, sin dudar—. Para eso exactamente.
Finalmente, se despidieron con la promesa de que él pasaría por el bar esa semana para hablar de números, y Claudia volvió caminando con una energía que no sentía hacía meses, tal vez años. No fue directo a su casa. Fue directo al bar.
Abrió la persiana en plena noche, sin nadie que le preguntara qué hacía ahí a esa hora, y empezó a mover las mesas. Corrió las de siempre contra la pared, midió con pasos largos el espacio libre que quedaba en el centro, imaginó una pequeña tarima ahí, justo donde antes estaba la mesa seis, la que nunca nadie elegía. Un caño, pensó, parada en el medio del local vacío. Un caño quedaría perfecto.
Trabajó toda la noche. Movió muebles, tachó y volvió a dibujar el plano del salón en una servilleta, calculó cuánto costaría instalar la estructura, hasta que el cansancio la venció sentada en una de las sillas del fondo, la misma donde Eric se había sacado la camisa dos días antes.
Se despertó con golpes en la persiana metálica.
—¡Claudia! ¡Claudia, abrí!
Era Fabián. Ella se incorporó de un salto, todavía desorientada, notando recién que había amanecido y que el bar seguía cerrado, la persiana baja, las mesas todas fuera de lugar.
Levantó la persiana a medias y se encontró con la cara de su marido, pálido, con el pelo revuelto.
—¿Qué te pasó? Te estuve llamando toda la noche, no atendías, no volviste a casa, pensé que...
—Estaba acá —lo cortó Claudia, con una calma que a ella misma le sorprendió—. Trabajando.
—¿Toda la noche?
—Sí. ¿Algún problema?
Fabián se pasó una mano por la cara, entre aliviado y confundido.
—Tendrías que haberme avisado. Me tuviste preocupado.
—No tengo por qué darte explicaciones —dijo ella, mirándolo directo a los ojos—. Igual que vos no me das ninguna. Si tanto te preocupa que yo no diga dónde estoy, mostrame tu celular ahora mismo ¿a ver?
El silencio que siguió le dijo todo lo que necesitaba saber. Fabián abrió la boca, la cerró, buscó algo que decir y no lo encontró.
—Andate a trabajar a tu ferretería, Fabián —dijo Claudia, bajando la persiana otra vez—. Yo tengo mucho que hacer acá.
Fabián se fue entre confundido y enfadado. Ella se quedó sola de nuevo en el local, con las mesas todavía desordenadas y la servilleta con el plano arrugada sobre la barra. Se sentó un momento a descansar, solo un momento, se dijo. Y el cansancio de la noche entera terminó ganándole ahí mismo, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa.
No se dio cuenta de que había caído la tarde. No se dio cuenta de que nunca llegó a abrir el bar. La despertaron unos golpes suaves en la puerta, distintos a los de la mañana. Se incorporó de un salto, con el cuello agarrotado y la boca seca, sin entender por un segundo dónde estaba.
Afuera ya era tarde, el sol empezaba a irse. Y la ciudad de la furia, empezaba a cobrar vida de a poco. Los golpes volvieron a sonar, esta vez acompañados de una voz de jovencito que ella reconoció enseguida.
—¿Hola? Pensé que estaba cerrado, pero veo luz adentro... —.
Claudia se levantó de golpe, se acomodó el pelo como pudo y caminó hasta la puerta. Del otro lado, con las manos en los bolsillos de la campera de cuero, estaba el stripper, Eric.
Glosario:
*mozo: camarero