Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
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Capítulo 10 "El santuario de Valentina"
El aroma a pintura fresca, óleo y barniz inundaba las salas de la galería de arte contemporáneo.
Fuera del imponente edificio, la ciudad continuaba con su ritmo caótico y ruidoso, pero cruzar esas puertas de cristal era como ingresar a otra dimensión. Para Valentina, este lugar no era un trabajo; era el único espacio donde su alma podía respirar sin el peso del apellido De la Vega, sin la hipocresía de su matrimonio y sin las presiones de una alta sociedad que la asfixiaba, vestía un pantalón cómodo y una blusa sencilla con un par de manchas discretas de pintura acrílica, tenía el cabello recogido en un moño alto y desordenado mientras ayudaba al director de la galería a alinear uno de sus cuadros principales en la pared central.
El sonido de unos pasos firmes y pausados sobre el suelo llamó su atención, Valentina giró la cabeza, limpiándose las manos con un trapo y sintió que el corazón se le detenía por un instante, Alexander de la Vega caminaba por el pasillo de la galería, no llevaba su habitual traje de tres piezas; ahora traía los primeros botones de su camisa blanca desabotonados, con las mangas dobladas hasta los antebrazos.
Al encontrar los ojos de la pintora, una chispa de alivio y paz transformó su rostro de inmediato.
—Señor De la Vega, qué honor tenerlo aquí —saludó el director de la galería.
—Buenas tardes, solo pasaba a mirar la próxima colección —respondió con voz educada, manteniendo la distancia prudente— Me gustaría tener unos minutos a solas con la artista para que me explique cuando será la exposición, si es posible.
—Por supuesto adelante, los dejo solos —asintió el director, retirándose con discreción hacia las oficinas del fondo.
En cuanto se quedaron completamente solos en la inmensa sala de techos altos, el aire pareció cambiar, Alexander acortó la distancia entre los dos, deteniéndose a solo centímetros de Valentina, no la tocó; sabía perfectamente que las cámaras de seguridad y los ventanales de la calle exigían prudencia, pero la intensidad de sus ojos oscuros fue suficiente para envolverla por completo.
—Estás hermosa, mi reina —susurró, recorriendo con la mirada su rostro sin maquillaje — Incluso con manchas de pintura en tu rostro.
Valentina esbozó una sonrisa verdadera, sintiendo que el cansancio de los últimos días se evaporaba.
—¿Qué haces aquí, Alex? —preguntó, cruzando los brazos— Arriesgarte a venir a mi galería en pleno horario de oficina no es propio de ti, ¿Pasó algo?
Alexander desvió la mirada hacia el cuadro que Valentina acababa de colgar, era un lienzo abstracto donde predominaban los tonos de la naturaleza y a la misma vez profundos como la noche. El hombre suspiró de manera pesada, y ella notó de inmediato la sombra de cansancio y preocupación que nublaba sus facciones, el peso del secreto sobre su hermano Eduardo le estaba calando hondo en el alma.
—Solo necesitaba un respiro —confesó, rompiendo esa coraza de hierro que todos en el mundo corporativo temían— Quería estar en el lugar donde vive tu pasión, quería verte a ti.
Valentina se coloco a su lado para mirar juntos la pintura, sutilmente, buscando el punto ciego de las cámaras detrás de una gran columna de mármol, estiró su mano izquierda y rozó la punta de sus dedos contra la palma de Alexander, el aprovechó el segundo para entrelazar sus dedos con los de ella, apretándola con desesperación antes de soltarla para mantener las apariencias.
—Estás cargando con algo muy pesado, lo noto en tus ojos —dijo con suavidad, observando su rostro— Sé que la competencia por la presidencia es dura, pero tú nunca te dejas afectar de esta manera, ¿Qué paso?
Alexander guardó silencio durante unos segundos, deseaba con todo su ser confesarle el desfalco de su hermano y el misterio de su accidente, pero recordó la promesa que se había hecho a sí mismo: protegería a su familia de ese pasado oscuro.
Valentina ya tenía suficiente con soportar la farsa de su matrimonio; no la arrastraría al lodo de los secretos de sangre de los De la Vega.
—Cosas de la oficina, minucias financieras —mintió, volviendo a mirarla con ternura— Pero estar aquí, viendo lo que creas con tus manos, es magnífico, esta pintura es increíble, ¿Tiene dueño?
Valentina sonrió, captando que él prefería no tocar el tema de los negocios y decidió respetarlo.
—Aún no, la exposición se inaugura dentro de algunas semanas.
—Considérala vendida —sentenció él con una sonrisa cálida.
Justo en ese momento, el director y un par de empleados regresaron a la sala principal. Alexander, recuperando su impecable máscara de caballero de la alta sociedad, dio un paso atrás y ajustó los puños de su camisa.
—Señora De la Vega, ha sido un placer contemplar su trabajo —anunció con voz firme y alta, capturando la atención de los presentes— Ya que la tarde está cayendo, me complacería invitarla a comer, mi padre me pidió que conversáramos sobre unos detalles del próximo evento familiar y este parece el momento ideal.
—Sería un honor tío Alexander, muchas gracias.
Ninguno de los empleados vio nada extraño en la invitación, para el personal y para el mundo entero, el hombre allí presente era el respetable tío de su esposo, un miembro de la dinastía De la Vega cumpliendo con una cortesía familiar.
Salieron juntos del edificio y subieron al auto de Alexander.
Minutos después, el vehículo se detuvo frente a un exclusivo restaurante de la zona alta de la ciudad, un lugar famoso no solo por su alta cocina, sino por contar con selectas salas VIP privadas.
Un mesero los guió de inmediato a una de estas estancias privadas y en cuanto la puerta de madera pesada se cerró a sus espaldas, Alexander tomó la mano de Valentina, entrelazando sus dedos con firmeza sobre el mantel.
—Por fin a solas —susurró, relajando los hombros —Dime reina, ¿cómo están tus padres? Sé que vendrán para tu exposición.
—Están muy bien, hablé con mi madre hace unos días, ya están preparando todo para regresar al país— contesto con emoción en su rostro— mi madre está fascinada con las nuevas técnicas que usé; viniendo de una pintora con su trayectoria y premios internacionales, que me dé su aprobación es un alivio—finalizó con una sonrisa genuina — mi padre está reprogramando varias audiencias en su bufete para asegurarse de no perderse la gala.
Alexander asintió con un profundo respeto, conocía la reputación de ambos: su madre, una leyenda viviente del arte, y él, uno de los abogados corporativos más implacables del país. Aunque sus ámbitos eran completamente distintos a los de bienes raíces de los De la Vega, el prestigio de los Montenegro estaba a la par de su propio apellido.
—Será un honor volver a verlos en la gala, aunque detesto tener que saludarlos manteniendo esta maldita distancia frente a todo —comentó, con pesar en su voz — me frustra no poder acercarme a ellos y decirles de frente que amo a su hija con la misma intensidad que amas el arte.
Valentina apretó su mano, conmovida por la madurez y la honestidad de sus palabras.
—Lo sé mi rey, pero el momento llegará —le prometió en un susurro— Cuando este matrimonio de mentiras caiga por su propio peso, no tendremos que escondernos de nadie, mi padre sabe reconocer a un hombre de palabra y mi madre verá en tus ojos que me cuidas de verdad —dijo por último —Solo dale tiempo al tiempo.
Alexander sostuvo su mirada, guardando ese momento de paz en lo más profundo de su memoria.
Sabía que afuera de esa sala privada, la tormenta de las mentiras de Leonardo y el misterio del fallecido Eduardo seguían acechándolos, pero en ese refugio, mientras besaba la punta de sus dedos, Valentina supo que valía la pena correr cualquier riesgo con tal de estar a su lado.