El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.
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LAS SOMBRAS AVANZAN Y LA REUNIÓN DE EMERGENCIA
La crisis nerviosa de Marcela sacudió los cimientos de la residencia Pineda-Castillo. Santiago la sostuvo con firmeza contra su pecho, sintiendo cómo el cuerpo de su esposa temblaba con espasmos de llanto incontenible mientras ella repetía el nombre de su hijo una y otra vez, atrapada en un terror visceral que ninguna palabra lograba disipar. La ausencia de respuestas en los teléfonos de Andrés y Jimena terminaba por convertir la sospecha en una certeza angustiante: el muchacho se había lanzado al vacío sin red de seguridad.
—Santiago, haz algo... por favor —suplicó Marcela entre sollozos, aferrándose a las solapas de la camisa de sus esposo, con los ojos anegados de lágrimas—. Andrés cree que puede con todo el mundo solo porque lleva nuestro apellido, pero allá afuera, en las calles oscuras, los monstruos no respetan títulos ni historias de poder. Lo van a matar. Siento que lo vamos a perder.
Santiago, con las sienes marcadas por la tensión y el rostro endurecido por la rabia contenida, asintió en silencio. Sabía perfectamente que su esposa no exageraba. Los años que pasó en el ojo público le enseñaron que la peor clase de peligro no es la que se anuncia en los periódicos, sino la que opera en las sombras, la de hombres sin escrúpulos como los que acababan de cruzarse en el camino de su hijo.
Sin perder un segundo, Santiago tomó su teléfono personal y marcó un número prioritario. No llamó a la policía regular, cuyas líneas sabía filtradas o inútiles ante cárteles de esa magnitud. Llamó directamente a la doctora Diana Monasterio. Sabía que, debido a la relación de Darío y Jimena, y a la posición de la eminente cardióloga dentro de la red hospitalaria y de influencias de la élite, ella comprendería la gravedad del asunto mejor que nadie. Del otro lado de la línea, tras apenas dos tonos, la voz sobria, imponente y lúcida de Diana respondió de inmediato, respaldada de fondo por el familiar timbre de voz de Samantha Blake, su pareja desde hace años, quien ya compartía la medianoche con ella en casa.
—Santiago... imagino que no me llamas a estas horas de la madrugada solo para charlar de cardiología —dijo Diana con tono cortante y directo, mientras Samantha, a su lado, le tendía una tablet de rastreo táctico al escuchar la tensión en el altavoz.
—Necesitamos reunirnos, Diana. Esta misma noche —respondió Santiago con voz ronca—. Los chicos están en medio de algo muy peligroso. Marcela está deshecha y temo lo peor. ¿Puedes venir con Samantha?
Un silencio breve al otro lado del teléfono confirmó que la doctora Monasterio entendía la magnitud del abismo. Diana miró a Samantha, quien asintió con una severidad absoluta en la mirada antes de tomar las llaves de su vehículo oficial.
—Dile a Marcela que respire. Salimos para allá ahora mismo con todo lo necesario —sentenció Diana antes de colgar.
Mientras la cúpula familiar comenzaba a tejer su red de protección en la sala de los Pineda-Castillo, a varios kilómetros de distancia, en los oscuros y mal iluminados dominios del este de la ciudad, el ambiente cortaba la respiración.
Rubén Martínez caminaba a grandes zancadas por el suelo de concreto pulido de su despacho privado, ubicado en el piso superior de un club nocturno clandestino. El olor a bourbon barato y humo de tabaco denso impregnaba la estancia. Sus dos matones principales guardaban silencio en las esquinas, con la cabeza gacha, sabiendo que el jefe estaba a punto de estallar.
—¿Me estás diciendo que un maldito niñito de papá, con ropa de marca y cara de haber vivido toda su vida entre algodones, se me plantó en la cara en mi propio territorio? —rugió Rubén, deteniéndose de golpe frente a uno de sus hombres y dándole un violento manotazo en el pecho.
—Sí, jefe... El doctor que estaba ahí dijo que se llama Andrés Pineda. Parece que estaba acompañando a la novia y... bueno, se metió en el box cuando intentamos llevarnos a la mujer —balbuceó el matón, tragando grueso.
Rubén soltó una risa hueca, una carcajada desquiciada que helaba la sangre. Se pasó las manos por el cabello corto, con los ojos inyectados en una furia fría, oscura y calculadora. Para él, aquello no era solo una ofensa a su autoridad; era una afrenta personal que amenazaba su imperio de miedo. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a arrebatarle lo que consideraba suyo. Y menos un mocoso malcriado protegido por un apellido de la política pasada.
—Pineda... —repitió el apellido saboreándolo con asco y desprecio en la boca—. Creen que porque el padre fue presidente intocable este país es su patio de juegos. Vamos a enseñarle a ese imbécil qué pasa cuando un pez grande muerde el anzuelo equivocado. Averigüen todo sobre sus movimientos, dónde vive, a qué hora sale de su maldita consultora de ingeniería. No lo quiero muerto todavía... quiero que aprenda a suplicar de rodillas antes de quitarle la vida frente a los ojos de esa perra ingrata de Anastasia.
De vuelta en la residencia Pineda-Castillo, la atmósfera era un santuario de tensión contenida. La doctora Diana Monasterio y la teniente Samantha Blake habían llegado en tiempo récord. Samantha, con la firmeza y complicidad que le otorgaba ser la compañera de vida de Diana, mantenía una mano apoyada sutilmente en el hombro de la doctora mientras ambas evaluaban la situación con frialdad táctica. Marcela, con el rostro pálido y los ojos hinchados de tanto llorar, estaba sentada en el sofá principal, sosteniendo una taza de té frío que Regina Cifuentes —quien se había negado a marcharse al enterarse de la crisis— le obligaba a calentar entre las manos con gestos firmes pero llenos de afecto.
—La situación es crítica —comenzó diciendo la teniente Blake, desplegando sobre la mesa de centro los mapas de rastreo y registros viales—. Si el tipo que identificaron es Rubén Martínez, estamos hablando de un pez gordo del contrabando y la trata en los suburbios. No tiene escrúpulos, y si Andrés se metió a defender a esa muchacha en el hospital, ya está en su radar de objetivos.
Marcela ahogó un sollozo, cubriéndose la boca con las manos. Santiago apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos, mientras Diana, tras intercambiar una mirada de absoluta sintonía y apoyo con Samantha, posaba una mano firme y consoladora sobre el hombro de su amiga y consuegra.
—Tranquila, Marcela. Tenemos los recursos, tenemos a Samantha y no vamos a dejar que le pase nada a tu hijo —afirmó Diana con voz de mando, aunque en sus propias pupilas se reflejaba la sombra de un miedo profundo—. Pero tenemos que actuar ya, antes de que Andrés cometa la locura de intentar jugar al héroe solitario otra vez.
Lo que ninguno de los presentes sabía, mientras trazaban desesperadamente las primeras líneas de un plan de rescate y contención, era que el tiempo ya se había agotado. Andrés, impulsado por una mezcla temeraria de culpa, justicia ciega y una extraña fascinación por la mirada herida de Anastasia, ya había tomado una decisión fatal: esa misma noche, sin avisar a nadie, se dirigiría solo al corazón de las tinieblas para buscar a la mujer que, sin proponérselo, ya había sellado su destino.