En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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Capítulo 21: Luces neón, tragos y confesiones accidentales
La semana había avanzado con una mezcla de ansiedad y emoción palpable en el aire. Alexandra ya había cumplido los dieciocho años, lo que significaba que la tan ansiada mayoría de edad por fin estaba de su lado. Sin embargo, el permiso no había sido una tarea sencilla de conseguir; tras hablar con su padre y prometer mil cuidados, finalmente obtuvieron el visto bueno para dar el gran paso y salir de fiesta por primera vez como adultos.
El lugar elegido tras varias deliberaciones fue un local bastante popular llamado «Dale un trago y relájese». El concepto del sitio era perfecto para un grupo mixto: el establecimiento estaba dividido en varias áreas bien diferenciadas. Contaba con una cafetería en la entrada, un restaurante de luces cálidas en la sección media y, al fondo, la esperada zona para beber y bailar con una barra iluminada por luces de neón y música a volumen moderado.
Como era la primera vez que se aventuraban en una salida de esa magnitud, las precauciones familiares no se hicieron esperar. Una de las madres del grupo había dejado una regla clara antes de despedirlos: a las once de la noche pasaría por el local para supervisar cómo iban las cosas y se quedaría un rato por si acaso. Ninguno de los chicos protestó demasiado; a esa edad, la libertad condicionada seguía sabiendo a gloria.
La noche llegó cargada de expectativas. El grupo entró al local sintiendo que el mundo de los adultos les abría las puertas de golpe. Las risas nerviosas y los murmullos se mezclaban con los acordes de la música ambiental mientras buscaban una mesa amplia cerca de la zona intermedia.
—Muy bien, mayores de edad —bromeó Santiago mientras se acomodaba en el asiento de cuerina sintética, observando la carta de cócteles con una sonrisa divertida—. Esto merece al menos una foto para la posteridad.
Alexandra, que llevaba un vestido sencillo pero que le quedaba increíble, soltó una carcajada mientras dejaba el bolso sobre la mesa.
—Ni se te ocurra sacar el teléfono, Santiago. Todavía ni nos hemos sentado y ya quieres documentar cada segundo.
La cena transcurrió entre anécdotas, platos compartidos y la emoción de sentirse libres. Pero conforme la noche avanzaba, el grupo decidió adentrarse en la zona del fondo, donde la música retumbaba con más fuerza y el ambiente se volvía vibrante. Entre risas, bebidas dulces elegidas con precaución y coreografías improvisadas en la pista, las horas pasaron volando.
Tal como lo había prometido, a las once en punto la madre de uno de los chicos apareció en la entrada. Se quedó con ellos durante un rato prudente, vigilando desde una mesa cercana mientras charlaban y se relajaban, hasta que finalmente, viendo que todo estaba bajo control y que el grupo se comportaba con madurez, se despidió con una sonrisa y les deseó que disfrutaran el resto de la noche.
Esa presencia protectora se disipó y, con ella, la última pizca de tensión que los chicos pudieran tener. La atmósfera se volvió más íntima y distendida. Con el paso de los minutos, el cansancio y los efectos de los tragos empezaron a hacer mella en el grupo. Hacia la madrugada, buscando un respiro del ruido ensordecedor de la música, Alexandra y Santiago se alejaron un poco de la pista principal, encontrando un rincón más tranquilo cerca de los pasillos que conectaban con la zona de la cafetería.
El aire allí era más fresco y el murmullo apenas llegaba amortiguado. Alexandra se recostó contra la pared, respirando hondo mientras intentaba calmar el revoloteo en su estómago que no tenía nada que ver con el alcohol, sino con la cercanía de Santiago. Él la miró con una sonrisa tierna, notando las mejillas sonrojadas de la chica.
—¿Todo bien, cumpleañera? —preguntó Santiago en voz baja, inclinando ligeramente la cabeza, con una chispa de diversión en los ojos—. Te ves un poco pensativa. ¿Sobreviviendo a la primera gran noche de los dieciocho?
Alexandra soltó una exclamación ahogada, frotándose las sienes con una mezcla de risa y fastidio.
—Sobreviviendo es una palabra muy generosa, Santiago. Siento que mi cabeza va a explotar. Bailé como si no hubiera un mañana, en algún momento me quité un zapato y creo que terminé abrazando una lámpara decorativa en el centro de la pista porque perdí el equilibrio —confesó ella, negando con la cabeza mientras se cruzaba de brazos—. Y lo peor es que tú no te quedas atrás.
Santiago abrió los ojos con fingida indignación, aunque una sonrisa traviesa ya se dibujaba en sus labios.
—Oye, perdona, lo mío fue digno de estudio —replicó él, defendiendo su honor con una sonrisa de medio lado—. Yo discutí formalmente con una silla alta del bar. Y lo peor de todo... es que perdí la discusión.
Alexandra soltó una carcajada sonora, una de esas risas limpias y contagiosas que hacían que a Santiago se le olvidara por completo el mundo exterior.
—Eres un caso perdido, de verdad —murmuró ella, negando con la cabeza mientras una sonrisa boba se le escapaba sin poder evitarlo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez fue un silencio denso, cargado de electricidad. La cercanía física, la penumbra del pasillo y la euforia residual de la fiesta crearon el escenario perfecto para que las defensas de Alexandra cayeran por completo. Ella lo miró fijamente, detallando los rizos desordenados de Santiago, la forma en que sus ojos brillaban bajo la tenue luz de las bombillas colgantes y cómo su presencia lograba desordenarle las ideas de la manera más hermosa posible.
Llevaba meses guardando ese secreto, intentando convencerse de que eran solo buenos amigos, de que cruzar esa línea arruinaría la dinámica perfecta que tenían. Pero entre el cansancio de la madrugada, los latidos desbocados del corazón y la absoluta sinceridad que brotaba tras una noche inolvidable, el filtro mental simplemente se rompió.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Santiago? —dijo Alexandra de repente, con la voz un poco más suave de lo habitual, mientras fijaba la mirada en el suelo antes de levantarla hacia él con valentía.
Santiago parpadeó, desconcertado por el cambio repentino en el tono de la conversación. La miró con atención, borrando la sonrisa juguetona de su rostro para darle paso a una expresión genuinamente interesada.
—¿Qué cosa? ¿Qué te duelen los pies de tanto bailar o que la lámpara te dejó traumatizada? —bromeó él suavemente, intentando aligerar el ambiente.
Alexandra negó despacio con la cabeza. Sus labios se abrieron ligeramente para formular una respuesta, pero las palabras salieron antes de que su cerebro pudiera detenerlas o censurarlas.
—Lo peor es que... que me gustas. Me gustas de verdad, Santiago. Y no sé en qué momento exacto pasó, pero ya no puedo seguir fingiendo que eres solo un amigo más, y lo peor es que acabo de decirlo en voz alta cuando juré que jamás lo sabrías —soltó ella de golpe, abriendo los ojos de par en par en cuanto el eco de sus propias palabras retumbó en el pequeño pasillo.
El tiempo pareció detenerse por completo. Santiago se quedó inmóvil frente a ella, con los ojos fijos en su rostro, procesando la frase una y otra vez. No hubo una respuesta inmediata; el silencio se extendió entre ambos, pesado y definitivo.
Alexandra sintió que el calor le subía desde el cuello hasta las orejas, y el pánico comenzó a nublarle el juicio. Se llevó las manos a la cara, completamente avergonzada, deseando que el suelo se abriera y la tragara en ese preciso instante.
—O-olvida lo que acabo de decir —balbuceó ella, dando un paso torpe hacia atrás, con la voz temblorosa por los nervios—. Olvídalo, por favor. Es el alcohol, o el cansancio, o la maldita cafetería... Acabo de arruinarlo todo, ¿verdad?
Pero antes de que pudiera dar otro paso para huir hacia la salida, Santiago reaccionó. Extendió la mano con rapidez, atrapando suavemente la muñeca de Alexandra para detener su huida. Cuando ella levantó la vista, sorprendida, vio que el rostro de Santiago ya no albergaba rastro de confusión. Una sonrisa lenta, cálida y profundamente sincera se dibujaba en sus labios, iluminando su mirada de una forma que Alexandra jamás había visto antes.
—No has arruinado absolutamente nada, Alexandra —murmuró Santiago, dando un paso al frente acortando la distancia entre los dos, con una tranquilidad que contrastaba fuertemente con el huracán de emociones que ella sentía en el pecho—. De hecho... llevaba media vida esperando a que cometieras exactamente ese error.