Una noche de fiesta fue el inicio de su condena. Matteo "El Halcón" Moretti, el criminal más temido del país, puso sus ojos en ella y decidió que le pertenecía.
Arrancada de su vida sencilla, Ana descubre que su cautiverio no fue un error: ella es la heredera perdida de la Dinastía Castellanos, un imperio que todos creen muerto.
Atrapada entre la obsesión del hombre que la compró y la traición de quien decía amarla, Ana deberá elegir: ser una víctima sumisa o convertirse en la reina que destruirá a sus enemigos.
¿Qué pesa más: el miedo al monstruo que la posee o la sed de venganza?
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La llegada de la reina
Matteo se levantó y caminó hacia el armario de Ana, sacando un vestido de encaje rojo que él mismo había mandado a comprar semanas atrás, pero que ella se había negado a tocar. Lo lanzó sobre la cama, justo al lado del móvil que aún mostraba la imagen de la traición.
—Vístete. Esta noche hay una recepción en el Club Phoenix. Todos los apellidos importantes de la ciudad estarán allí. Los Moretti, los inversionistas... y tus antiguos "amigos". Es hora de que el mundo sepa que la "pobre Ana" ha muerto.
Ana miró el vestido rojo. Era el color de la sangre, del pecado y del poder. Se dejó caer la toalla, quedando expuesta ante la mirada de Matteo, quien no apartó la vista ni un segundo. Ya no sentía vergüenza. La vergüenza era para los que tenían algo que perder, y ella acababa de perderlo todo.
—Dile a tus hombres que preparen el coche —dijo Ana, poniéndose de pie con una elegancia que nació del odio—. Y Matteo... asegúrate de que Jessica esté en esa lista de invitados. Quiero que vea exactamente lo que me ayudó a conseguir.
Matteo sintió una punzada de satisfacción que casi raya en la admiración. La ingeniera lógica estaba dejando paso a una mujer calculadora.
—Ella estará allí —prometió él, acercándose para susurrarle al oído—. Y Miguel también. Mis informantes dicen que ha estado rondando los círculos de la competencia. Será la oportunidad perfecta para que veas cómo se arrepiente de su elección desde la sombra.
Ana no respondió. Se puso el vestido, dejando que la seda se ajustara a su cuerpo como una segunda piel. Se miró al espejo y no se reconoció. Sus ojos ya no eran los de la chica que soñaba con planos y bodas sencillas; eran los ojos de alguien que acababa de firmar un pacto con el demonio y que estaba dispuesta a cobrar cada deuda pendiente con intereses.
Matteo se acercó a ella por la espalda atrayéndola a su cuerpo, el deseo se había despertado en él al ver la voluntad de Ana, empezó a besar su cuello recorriendo cada centímetro de su piel con sus manos, lentamente desabrochó su vestido dejando que este se deslizara suavemente por su piel, se quedó matándola frente al espejo recorriendo su cuerpo con una mirada de Halcón, ella se volteó quedando frente a frente con su secuestrador sintiendo el fuego arder en su interior, algo que no había sentido antes, ni siquiera por Miguel.
Sus labios se rozaron en una danza llena de lujuria, Matteo la llevo a la cama despojándose de la barrera que le impedía poseerla en ese mismo instante "su ropa".
—¿Estás segura de esto, Ana? — Pregunto una única vez para que ella tuviera la oportunidad de arrepentirse.
—Sí, lo estoy —, respondió Ana tomando la iniciativa de besarlo.
Esa noche antes del evento, Ana dejo atrás a la niña asustadiza para convertirse en la mujer que Matteo Moretti necesitaba.
Mientras tanto, en la oscuridad de su nuevo despacho, Miguel —ahora el heredero Vanzetti— recibía la confirmación de la fiesta. No sabía que Ana estaría allí, y mucho menos que lo haría del brazo del hombre que él juró destruir. El escenario para el desastre estaba listo.
El Club Phoenix era un santuario de mármol negro y cristal, donde el poder de la ciudad se reunía para decidir destinos bajo el humo de puros caros y el tintineo de copas de cristal. Esa noche, el aire estaba más cargado de lo habitual. Los rumores sobre el "Halcón" y su nueva adquisición habían corrido como pólvora en las altas esferas.
Cuando las puertas dobles se abrieron, el murmullo de la sala se extinguió de golpe.
Matteo Moretti entró con la arrogancia de un rey que regresa de una conquista, pero no era él quien acaparaba todas las miradas. A su lado, sujeta de su brazo con una elegancia gélida, caminaba Ana. El vestido de encaje rojo se ceñía a su cuerpo como una advertencia, y su mirada, antes suave y llena de dudas, ahora era una superficie de cristal que no permitía ver el caos que reinaba en su interior.
Había algo diferente en su forma de caminar, una seguridad animal que solo nace cuando se ha cruzado una línea sin retorno. Matteo la miraba no como a una protegida, sino como a su igual, con una posesividad que hacía que los hombres presentes bajaran la vista.
En un rincón de la barra, Jessica lucía un vestido dorado pretencioso, aferrada al brazo de un empresario de mediana edad. Al ver entrar a Ana, su copa tembló tanto que el champán salpicó sus dedos. La envidia que siempre había sentido se transformó en un pánico ciego. La Ana que ella conocía, la niña que lloraba por planos de cálculo, había desaparecido. En su lugar había una mujer que irradiaba un peligro silencioso.
Ana divisó a Jessica. Sin pedir permiso a Matteo, se dirigió hacia ella con pasos lentos y rítmicos. Matteo la siguió con la mirada, divertido, dándole cuerda para que jugara con su presa.
—Hola, Jessica —dijo Ana, su voz era una caricia de seda y acero—. Te veo sorprendida. ¿Esperabas encontrarme todavía llorando sobre una almohada?
Jessica tragó saliva, tratando de recuperar su postura.
—Ana... yo... solo quería que supieras la verdad sobre Miguel. Lo hice por tu bien.
Ana se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal tal como Matteo solía hacerlo. El aroma del perfume caro de Ana, el regalo de Matteo, envolvió a Jessica como una soga.
—Lo hiciste por ti, porque siempre quisiste las sobras de mi vida —susurró Ana al oído de su antigua amiga—. Pero mira bien, Jessica. Lo que tengo ahora no son sobras. Soy la mujer de Matteo Moretti. Y si vuelves a pronunciar mi nombre o el de mi familia, me encargaré personalmente de que no encuentres un lugar donde esconderte en esta ciudad.
Jessica retrocedió, tropezando con su propio vestido, humillada ante la mirada de los presentes. Ana se dio la vuelta con una sonrisa gélida, regresando al lado de Matteo, quien la recibió rodeándole la cintura con un brazo firme.
La noche transcurría entre brindis hipócritas hasta que una nueva presencia alteró el equilibrio del club. Desde la entrada principal, un grupo de hombres vestidos de oscuro avanzó hacia el centro de la pista. Al frente, un hombre joven, con el rostro endurecido y los ojos color miel brillando con una luz peligrosa, se detuvo frente a los Moretti.
Ana sintió que el corazón se le detenía por un segundo. Era Miguel. Pero no el Miguel de la universidad, no el chico que le llevaba café frío. Este hombre vestía un traje impecable de corte italiano y llevaba el aura de alguien que acaba de heredar un trono de sombras.
Miguel se detuvo a dos metros de ellos. Su mirada recorrió el vestido rojo de Ana, el brazo de Matteo en su cintura y la marca de posesión en su cuello que el maquillaje no lograba ocultar del todo. El dolor cruzó su rostro por una fracción de segundo antes de ser reemplazado por una máscara de odio puro.
—Moretti —dijo Miguel, su voz resonando con una autoridad que Ana no reconoció.
—Vanzetti —respondió Matteo con una sonrisa de suficiencia—. Veo que finalmente has dejado de jugar a los castillos de arena y has aceptado tu herencia. Llegas tarde para recuperar tus juguetes, me temo.
Miguel clavó sus ojos en Ana, buscando una pizca de la mujer que amaba.
—Ana... vine por ti. No creas nada de lo que él te diga. La foto... Jessica... todo fue una trampa para separarnos.
Ana sintió una punzada de duda, pero luego recordó la sensación de ser abandonada durante un mes, recordó a su padre herido por la empresa de los Moretti y, sobre todo, recordó la piel de Matteo contra la suya esa tarde. La herida era demasiado profunda.
—Llegas tarde, Miguel —dijo Ana, apretando el brazo de Matteo—. O debería decir, Vanzetti. Resulta que el "demonio" fue el único que no me ocultó quién era. Vete con tus mentiras a otra parte. Aquí ya no hay nada para ti.
Miguel dio un paso adelante, pero los hombres de Matteo se interpusieron. La tensión en el club era eléctrica; los invitados se apartaron, sabiendo que estaban presenciando el inicio de una guerra que bañaría la ciudad en sangre.
—No me voy a rendir, Ana —sentenció Miguel, ignorando a Matteo—. Moretti te compró con la vida de tu padre, pero yo voy a incendiar su mundo para sacarte de aquí. Disfruta tu noche, Halcón. Será la última que pases en paz.
Miguel se dio la vuelta y salió del club, dejando tras de sí un silencio sepulcral. Ana se quedó mirando la puerta, sintiendo cómo su mundo se partía en dos. Matteo la atrajo más hacia él, besando su sien frente a todos.
—Bienvenida a la guerra, mi reina —susurró él—. Ahora sabes por qué te necesitaba.
pero estaría muerta como le dijo matteo
ojalá no sea verdad
pero ellos también no debieron actuar a si humillandote lo hiciste para salvarle la vida
si ella es tomada una heredera 🤔
pero cuando se entere de lo que tenía pensado el miguelito con ella como verá esto por una parte se puede decir matteo la salvo de ese maldito
ojalá Matteo se entere sus informantes se están pasando el por qué el miguelito quiere a toda costa a Ana
entonces el sabrá que viene de una familia fuerte🤔
pero será que le hicieron algo para a si poder tener a su merced a Ana