hace siglos la puerta unida conectaba todos los territorios en un solo mundo sin fronteras,donde humanos ,elfos,hombres lobos,magos y el pueblo misterioso vivían en paz . pero cuando una adivina advirtió que la temida oscuridad .
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el nacimiento y la sombra que llega
Capítulo 4: El nacimiento y la sombra que llega
Los días pasaron volando, y la fecha tan esperada —y tan temida— finalmente llegó. El pueblo seguía celebrando, sin saber que el tiempo se les escapaba de las manos como arena entre los dedos. En el palacio, todo era movimiento y silencio a la vez: las médicas más sabias de los cinco reinos llegaron corriendo a los aposentos reales, preparadas para el nacimiento. El Rey Elion caminaba de un lado a otro fuera de la habitación, con las manos entrelazadas y el corazón a punto de estallar de angustia. Los cinco líderes y la familia Varek permanecían cerca, firmes como muros de piedra, listos para luchar al primer indicio de peligro.
Y mientras la Reina luchaba por dar a luz, en lo más profundo de las tierras olvidadas, la Oscuridad despertaba por completo. Sus generales reunieron a sus ejércitos: sombras con ojos rojos, criaturas deformes y guerreros sin alma, todos armados y listos para la guerra. La orden había sido dada desde hace mucho tiempo: matar a cada princesa en cuanto naciera, antes de que crecieran y su poder fuera demasiado fuerte. Las nubes se volvieron negras sobre el castillo, y un viento helado sopló de la nada, apagando antorchas y helando la sangre de quienes miraban al cielo.
—¡Vienen! —gritó el centinela desde la torre más alta.
Pero no pudieron detenerlos. La Oscuridad no necesitaba entrar para atacar: desde la distancia, desde las sombras que cubrían el horizonte, lanzó rayos de energía negra, mortales y silenciosos.
En la habitación real nació la primera princesa, y antes de que el llanto llenara el aire, un rayo la alcanzó a través de las ventanas. Su luz se apagó al instante. La Reina gritó de dolor, no por el parto, sino por el alma de su hija.
Llegó la segunda princesa. Otro golpe oscuro cayó sobre ella. Igual destino.
La tercera, la cuarta, la quinta y la sexta —una tras otra, nacían y caían, sin poder siquiera ser abrazadas por sus padres. Los guardias intentaron levantar escudos de magia, pero la oscuridad era más fuerte de lo que nadie había imaginado; rompían sus defensas como si fueran de papel. Las lágrimas corrían por las mejillas del Rey y de todos los presentes, impotentes ante tanta crueldad. La sala se llenaba de un silencio pesado y triste, solo roto por los sollozos y los gemidos de la Reina, que perdía a sus hijas una por una.
Cuando llegó el momento de la séptima y última princesa, la Reina, con las últimas fuerzas que le quedaban, cerró los ojos y levantó sus manos. Una luz blanca, cegadora y cálida estalló desde su cuerpo, envolviendo toda la habitación en una esfera brillante que nada podía atravesar. El último rayo oscuro chocó contra el escudo y se desvaneció como humo al sol.
La séptima princesa nació sana, fuerte y llorando con fuerza. La Reina la tomó en brazos, temblando y sonriendo entre lágrimas, y miró al Rey con ojos que le suplicaban comprensión.
—Llévala... llévala con el guerrero —le susurró con voz quebrada pero firme—. Solo así vivirá.