Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Retorno al refugio
El ambiente silencioso del apartamento de Jeong se había convertido en su único refugio durante las últimas semanas. Tras el encuentro helado en casa de U-jin, la repostera tomó la decisión de dar un paso al costado definitivo. Volvió a su rutina anterior, esa vida metódica y solitaria que llevaba antes de que U-jin reapareciera en su camino.
Pasaron los días y las semanas sin que un solo mensaje cruzara sus teléfonos. U-jin no volvió a pisar Lumière, y Jeong, manteniendo su palabra y su dignidad, no volvió a buscarla. Se volcó en el trabajo de forma casi obsesiva, pero su mirada abierta y su calidez habitual se habían apagado tras una cortina de seriedad distante.
Una tarde de domingo, mientras Jeong permanecía sentada en la sala observando los bocetos de nuevas recetas sin avanzar una sola línea, el timbre del apartamento rompió la calma.
Al abrir la puerta, se encontró con Edna, una de sus empleadas más jóvenes y entusiastas en Lumière. Edna no solo trabajaba en el mostrador, sino que era la seguidora más fiel de sus talleres de repostería artesanal, una chica llena de energía que admiraba profundamente la dedicación y el talento de la chef.
—¡Chef Jeong! Perdone que venga sin avisar, pero en la cocina ya no aguantamos más su ausencia —dijo Edna con voz firme, cruzando el umbral sin pedir permiso y dejando una bolsa con ingredientes frescos sobre la barra de la cocina.
Jeong arqueó una ceja, sorprendida por la audacia de su empleada, pero incapaz de molestarse con ella.
—Edna, es mi día libre. Y el taller de esta semana lo dejé cubierto.
—Lo dejó cubierto en el papel, pero usted no está ahí —repuso Edna, encarando a su jefa con determinación respetuosa—. Lleva semanas actuando como un robot. Prepara los postres más increíbles de la ciudad, pero ya no disfruta ni una sola chispa de lo que hace. Sus alumnos lo notan, el equipo lo nota... y yo no voy a dejar que la mejor repostera que conozco se apague así.
Jeong suspiró con pesadez, pasándose una mano por el cabello corto. Cruzó los brazos sobre el pecho, apoyándose contra la barra con su habitual postura sobria, pero dejando entrever el cansancio que llevaba por dentro.
—Simplemente estoy enfocada en mantener la calidad del negocio, Edna —respondió Jeong con su voz grave y pausada.
Edna la miró fijamente durante un par de segundos, observando la melancolía guardada en sus ojos oscuros. Luego, esbozó una sonrisa comprensiva y suave.
—Chef... no soy ciega —dijo Edna en un murmullo cálido—. La he visto mirar el teléfono cada diez minutos durante un mes entero. La he visto perderse mirando hacia la mesa del fondo donde solía sentarse aquella abogada elegante. Todo en usted grita que está enamorada.
El silencio se instaló en la cocina. Jeong no negó la afirmación; la verdad era demasiado evidente como para ocultarla.
—Si esa persona decidió alejarse, hay que respetarlo —murmuró Jeong, bajando la mirada.
—¿Y si solo está asustada? —intervino Edna con firmeza, dándole un toque cariñoso en el hombro—. A veces la gente se esconde detrás de barreras ridículas cuando siente algo demasiado fuerte. Si de verdad la ama, chef, ¿por qué no intenta buscarla una vez más? No como la chef de Lumière, sino como la persona que está dispuesta a luchar por lo que siente. No se quede con el 'qué hubiera pasado'.
Las palabras de la chica resonaron en el pecho de Jeong como un eco persistente, encendiendo una duda que creía haber enterrado para siempre.