En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 004
Mis pies tocan el suelo de la escuela; todo es frío y desolado a esta hora tan temprana. Me desvío de la entrada y subo a la azotea, deambulando por los pasillos exteriores, desde el más concurrido hasta aquel que produce eco con solo balbucear.
Elegí el muro más castigado por el sol, ya que aquí comenzaré a digerir mi comida. Los rayos que atraviesan las nubes grises de la mañana empiezan a calentar poco a poco, convirtiendo este baño de luz en un instante reconfortante. La noche anterior comí lo suficiente como para no volver a probar un trozo de carne hasta el próximo mes. Soy afortunado: me libro de la tediosa tarea de tener que consumir alimentos tres veces al día.
Me desprendí de la parte superior del uniforme y permanecí completamente inmóvil, dejando que mi piel absorbiera cada partícula de calor. Los días pasan como el agua. Sinceramente, creo que podré pasar el año tranquilo y terminar de una vez con este maldito...
—Estudiante Sobek.
Atesoraría con gusto este aire limpio, libre de todo lo que encierra el edificio. Miré por encima del hombro. No supe quién era aquella mujer vestida con ropa de tonos apagados; jamás la había visto.
—Se le solicita en el salón de profesores.
No soy muy detallista. Al principio creí que era un depredador, pero solo es una presa de gran tamaño. Incluso desde aquí percibí su carácter fuerte; ese tipo de presas son las que traen una mayor recompensa al comer. De ahí mi curiosidad.
—¿Qué eres?
—Soy la vicedirectora —me dijo, evadiendo mi pregunta como si no hubiera entendido mis palabras—. Colóquese el uniforme y venga conmigo.
Obedecí con calma; se veía impaciente. Caminé a su par. Su altura no se igualaba a la mía, por lo que, de reojo, podía notar su expresión severa.
—Me encargaré de castigarlo por el uso incorrecto del uniforme, además de merodear por zonas restringidas de la institución. Su tiempo debe ocuparse en el salón, no en la azotea.
—¿Es esa la razón por la que me llaman? —La miré.
—En absoluto.
La vicedirectora abrió la puerta y me cedió el paso. Confundido, comprendí su molestia al ver a los presentes en el salón.
—Necesito que nos diga lo que ocurrió el pasado martes —dijo ella.
Sentados a la mesa estaban aquella musaraña de cuerpo blando, acompañada de un adulto idéntico; en el otro extremo, la marta junto a un hombre que se colocaba a su diestra; la enfermera y la vicedirectora.
Tenía la sensación de estar siendo enjuiciado sin siquiera conocer el verdadero problema. Pude sentir mi cena moverse en el estómago, reclamando las piedras que me hacían falta para triturarla.
—¿Qué quieres que diga? —Miré a la enfermera—. ¿No fui claro?
La vicedirectora intervino:
—Explíquenos. El estudiante Eco es una víctima que, debido a la situación, no puede recordar nada aparte de su cara. ¿Por qué no ayuda a terminar esto rápidamente?
«Entonces no recuerda nada... Interesante». Significa que es la víctima perfecta para cualquier depredador: alguien sin memoria. Registré el dato en mis pensamientos, pero, a pesar de lo divertido que resultaba, el señalado era yo. La marta desviaba la mirada, como si el asunto le fuera ajeno. ¿Cómo debía proceder en una situación que jamás había vivido? Era complicado; no quería una expulsión por estupideces como esta.
—El chico quería copular con la musaraña —declaré, encogiéndome de hombros—. Pasé por los pasillos y ellos estaban allí, ¿qué más quieren oír? Yo debería sentirme avergonzado; casi copulan frente a mis ojos.
—¡Es un sinvergüenza! —me gritó el familiar de la musaraña.
Levanté el brazo para frenar los gritos que se avecinaban.
—La marta mordió mi brazo —mostré la herida—. Expulsó saliva sin parar, con dientes que crecieron rápidamente para morder la nuca de la musaraña. Sinceramente, no comprendo ese deseo. Si ocurren violaciones en pasillos vacíos, ¿por qué el culpable aquí soy yo?
Di unos pasos hacia un costado en medio del silencio que se formó en la sala. El agua de la pecera me llamaba. Extendí la mano hacia las piedras coloridas del fondo y metí unas cuantas rápidamente en mi bolsillo; me vendrían bien para la digestión.
—Sinceramente, esto no me importa —admití—. Llevé al chico a la enfermería porque estaba de buen humor. ¿No debería recibir agradecimientos? En su lugar, hacen un drama de esto.
La vicedirectora me pidió que aguardara fuera. Salí de allí sin pesadez alguna, bajo sus miradas, que pretendían hacerme sentir culpa por un problema que jamás fue mío.
Corriendo hacia mí, el jerbo se acercó con saltos largos y fluidos. Más que preocupado, se aproximaba ansioso, husmeando en busca de información.
—Dame una explicación completa de física y te lo cuento —ofrecí.
El jerbo sugirió que nos trasladáramos hacia las canchas, alegando que sería un buen ambiente para estudiar. Poco o nada me importaba la comodidad, pero lo seguí.
Nos movimos entre el polvo que se levantaba como una niebla seca y los gritos de quienes jugaban un deporte de pelota. Mis sentidos, agudizados, captaban y filtraban cada señal que se mezclaba en el aire: las vibraciones del suelo, el olor a sudor y el sonido del balón golpeando el pavimento.
—Sentémonos aquí —dijo el jerbo.
Indicó un espacio fresco bajo la sombra de unos árboles ornamentales, podados en formas cuadradas y perfectas.
Pronto reconocí la habilidad del jerbo para explicar la materia; resultaba mucho más atrapante que el mismísimo profesor. Soltando partes de lo ocurrido el martes, dosificando la información al ver cómo las expresiones del roedor me guiaban exactamente hacia lo que él quería saber.
—¿Te interesa de alguna forma la marta? —interrumpí.
—Para nada —negó tajante, moviendo las orejas—. Su nombre es Dalyn. Es un chico que solía molestar a un viejo amigo mío. Es una mala persona; espero que reciba un castigo adecuado.
—Claro —solté, restándole importancia.