En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
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13
Las puertas de Teruel
Las murallas de Teruel aparecieron entre la bruma de la mañana como una hilera de dientes rotos. El guía detuvo su mula en lo alto del último altozano y señaló con la barbilla.
—Allí termina mi parte. No entro en la ciudad. El resto del camino lo conocéis.
Fray Lorenzo asintió sin mirarlo.
—Se os pagará lo acordado en la puerta. Podéis iros.
El hombre no esperó más. Dio media vuelta y regresó por el mismo camino, sin saludar, sin mirar atrás. Solo cuando estuvo lo bastante lejos espetó hacia el suelo un escupitajo oscuro que el viento se llevó hacia el sur.
Los tres restantes continuaron. Al llegar a la puerta de San Miguel tuvieron que esperar. Los guardias examinaron la carreta con desconfianza. Fray Lorenzo mostró las credenciales del Santo Oficio y el sello del prior provincial. Los dejaron pasar. Nadie abrió el saco que contenía la tierra negra. Nadie pidió ver el cuaderno. El convento de los dominicos estaba en la parte alta de la ciudad. Las calles olían a pan recién horneado y a estiércol. A Fray Diego el contraste le produjo una náusea leve. El sabor metálico se había vuelto permanente. El grano debajo de la lengua ya no era un grano: era una elevación del tamaño de una lenteja que latía cada vez que tragaba. Se obligó a mantener la cara inexpresiva.
Bernat iba peor. La mancha negra le cubría casi todo el dorso de la mano derecha y empezaba a trepar por la muñeca. Cada cierto tiempo se llevaba el paño a la boca y tosía con el cuerpo doblado hacia delante. Nadie en las calles pareció notarlo. O quizás no quisieron notarlo.
Los recibieron en el locutorio. El prior provincial, Fray Alonso de Calatayud
tío de Fray Lorenzo.
—era un hombre de casi sesenta años, delgado, con la piel marcada por décadas de ayuno. Escuchó el informe en silencio. Fray Lorenzo habló con precisión: pueblo abandonado, desaparición de Fray Tomás de Ávila, tierra caliente en forma de círculo, cuaderno con signos ininteligibles. Omitió los montículos de ceniza, las fosas vacías y el olor que aún les impregnaba la ropa.
Cuando terminó, el prior extendió la mano.
—El cuaderno. Y la tierra.
Fray Lorenzo colocó ambos objetos sobre la mesa. El saco se abrió un poco al depositarlo. Una fina nube de polvo negro se elevó y se dispersó en el aire del locutorio. Fray Alonso frunció el ceño, pero no comentó nada. Abrió el cuaderno y leyó las últimas páginas. Su expresión no cambió.
—Fray Tomás era un hombre metódico. Estas páginas demuestran que perdió la razón. El valle se cerrará. Nadie entrará sin orden escrita de este priorato. Vosotros tres os someteréis a un periodo de recogimiento y oración. No hablaréis de esto con nadie más.
Fray Lorenzo inclinó la cabeza. Fray Diego imitó el gesto. Bernat solo asintió, con la mano manchada escondida bajo la manga. Los enviaron a celdas separadas en el ala este del convento. Fray Diego se cerró por dentro y se dejó caer en el jergón. Por fin se atrevió a abrir la boca frente a un trozo de metal pulido que servía de espejo. La elevación debajo de la lengua era visible. Grisácea. Al tocarla con el dedo sintió el mismo calor sordo que había notado en el círculo del valle. Retiró el dedo. La yema quedó marcada con un punto negro.
Bernat, dos celdas más allá, ya no intentaba ocultar nada. Se había arremangado hasta el codo. La raíz negra trepaba por el antebrazo en dos ramificaciones finas. Una de ellas se dirigía hacia el interior del codo. Cuando presionaba el punto más caliente, oía un latido que no era el suyo. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, y empezó a escribir en un trozo de pergamino que había escondido. No escribía palabras. Solo el mismo signo, una y otra vez, hasta que la pluma se le resbaló de los dedos manchados. Fray Lorenzo fue llamado de nuevo al locutorio al anochecer. El prior había colocado la tierra negra en un brasero de hierro. El polvo no ardía. Solo se calentaba y desprendía un olor más intenso. Fray Alonso lo observaba con los ojos entornados.
—He visto cosas en mi vida, sobrino. Cuerpos que no se corrompían. Voces en las celdas. Pero nunca una tierra que se niegue a convertirse en ceniza de verdad. Mañana la llevaremos al horno de la calera y la mezclaremos con cal viva. Si algo de esto tiene sustancia demoníaca, el fuego y la cal lo destruirán.
Fray Lorenzo asintió. No mencionó que el olor de la tierra le había producido el mismo sabor metálico que ahora notaba, muy leve, debajo de la lengua. Se obligó a ignorarlo. El cansancio del camino, se dijo. Solo cansancio.
Esa noche el convento durmió con el silencio habitual de los muros gruesos. Pero en el ala este dos hombres no cerraron los ojos. Fray Diego se tocaba la lengua cada pocos minutos, comprobando el tamaño del grano. Bernat miraba cómo la raíz avanzaba, milímetro a milímetro, hacia el interior del brazo.
A la hora de maitines, cuando las campanas llamaron a los frailes, Bernat escupió por primera vez dentro de la celda. El polvo formó un círculo perfecto sobre la piedra del suelo. Lo contempló un rato. Después lo cubrió con la manta y se levantó para unirse a la procesión hacia la iglesia. Fray Diego lo vio salir. Notó la forma en que el escribano se cubría la boca con el paño. Notó también que, al pasar junto a él, el olor a ceniza era más fuerte. Se tocó el propio labio. El sabor se había intensificado.
En el coro, mientras los frailes cantaban los salmos, Fray Diego sintió el grano moverse. Por un instante tuvo la certeza de que, si abría la boca, el nombre que no sabía pronunciar saldría solo. Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Tragó el sabor. El latido debajo de la lengua respondió con más fuerza.
Al terminar el oficio, Fray Alonso se acercó a los tres.
—Mañana, después de prima, llevaréis la tierra a la calera. Vosotros mismos. Nadie más debe tocarla. Y después os confesaréis. Todo lo que hayáis visto o sentido. Sin omitir nada.
Fray Lorenzo inclinó la cabeza. Fray Diego imitó el gesto. Bernat solo miró el suelo, donde una fina capa de polvo negro se había acumulado junto a su sandalia sin que él se diera cuenta. El prior se alejó. Los tres quedaron un momento en el claustro. Ninguno habló. Solo el viento de la noche movía las hojas de la higuera del centro y traía, desde algún lugar lejano, un olor que ninguno de los tres podía ya distinguir del todo del olor de su propia boca.