Ella es maltratada por su familia hasta que un golpe en la cabeza cambia su personalidad y saca su lado más despiadado
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capitulo 22
Mane respiró profundamente.
Sus lágrimas todavía corrían por sus mejillas, pero ya no tenía aquella expresión de miedo que había llevado durante tantos años.
Miró a las siervas que permanecían frente a ella.
—Durante mucho tiempo pensé que jamás podría hacer nada contra ustedes —dijo con la voz temblorosa—. Cada vez que me golpeaban, solo podía soportarlo.
Una de las mujeres bajó la cabeza.
—Pero hoy...
Mane se secó las lágrimas.
—Hoy mi señora me dio la oportunidad de devolverles todo ese dolor.
Aine permaneció detrás de ella.
No necesitaba decir nada.
Mane ya no era la pequeña sierva que debía agachar la cabeza ante cualquiera.
Era la persona que había permanecido junto a Aine cuando todos los demás la abandonaron.
Mane miró a la última sierva.
—Tú también.
La mujer comenzó a suplicar.
—Por favor, señorita Mane...
Mane levantó la mano.
—¿Ahora me llamas señorita?
La mujer guardó silencio.
Mane le dio la última bofetada.
Después bajó lentamente la mano.
Y se quedó quieta.
Había terminado.
No quedaba nada más que decir.
Aine se acercó y tomó su mano.
—¿Te sientes mejor?
Mane la miró durante unos segundos.
—Sí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Mucho mejor.
Aine sonrió también.
Entonces se escuchó una voz furiosa.
—¡Esto es una locura!
Mi madrastra avanzó hacia nosotras.
—¡Esas mujeres trabajan para mí! ¡No puedes disponer de ellas como si fueran de tu propiedad!
Aine se giró lentamente.
—Ya no trabajan para ti.
—¡Son mis siervas!
—Eran tus siervas —respondí—. Y las usaste para hacerle daño a Mane durante años.
Mi madrastra apretó los dientes.
—¡Tú no tienes derecho!
—Tengo más derecho del que crees.
Me acerqué a ella.
—Esta mansión está bajo mi administración. Mi tío se encargó de que todo el manejo económico y administrativo quedara bajo mi control.
Ella palideció.
—Y además —continué—, mi esposo conoce perfectamente todo lo que ocurrió.
Mi madrastra se quedó callada.
No necesitaba mencionar el nombre de Kamali.
Todos sabían lo que significaba tener al último príncipe respaldándome.
Mane tomó suavemente mi brazo.
—Mi señora...
La miré.
—¿Sí?
—Gracias.
Sonreí.
—No me agradezcas.
Apreté su mano.
—Después de todo lo que hiciste por mí, esto era lo mínimo.
Mane volvió a llorar.
Pero esta vez sonreía.
Y mientras salíamos de aquella habitación, comprendí algo.
Durante años pensé que vengarme significaba destruir a todos los que me hicieron daño.
Ahora sabía que no.
A veces, vengarse también significaba darle a alguien que había sufrido contigo la oportunidad de recuperar aquello que le habían quitado.
Su dignidad.
Su voz.
Y, finalmente, su libertad.
—No te preocupes, mi amada esposa —dijo Kamali.
Tomó mi mano con fuerza.
—De ahora en adelante, yo te respaldo.
Lo miré y sonreí.
—Gracias, esposo.
Nos fuimos juntos, caminando uno al lado del otro.
Kamali no soltó mi mano ni un solo instante.
Detrás de nosotros, Aisha nos observaba con un odio imposible de ocultar.
Su vida en la familia de Gael se había convertido en un infierno.
La familia de su esposo ya no la soportaba.
Los sirvientes se negaban a obedecerla.
Y Gael prácticamente había dejado de hablarle.
Mientras tanto, yo tenía todo lo que ella había deseado.
Un esposo poderoso.
Una posición privilegiada.
La protección de la familia imperial.
Y, sobre todo, era feliz.
Eso era precisamente lo que más le dolía.
—No puedo permitirlo —murmuró.
Apretó los puños.
—No voy a dejar que sea feliz.
Aisha regresó inmediatamente a la mansión de mi padre.
Entró en su despacho y se arrodilló frente a él.
—Por favor, padre.
Él la miró cansado.
—¿Qué quieres ahora?
Aisha bajó la cabeza.
—Quiero divorciarme de Gael.
Mi padre cerró los ojos.
Él también estaba harto de los problemas que Aisha había causado.
Pero seguía siendo la hija adorada de su esposa.
Finalmente suspiró.
—Está bien.
Aisha levantó la mirada.
Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Gracias, padre.
Pero él no sabía lo que estaba planeando.
Aisha no quería divorciarse simplemente para recuperar su libertad.
Ya tenía un nuevo objetivo.
El príncipe heredero.
Si conseguía acercarse a él, podría convertirse en una mujer con un estatus incluso mayor que el mío.
Y había algo más que la hacía sentirse segura.
La madre del príncipe heredero nunca había soportado a Aine.
Si consigo que la emperatriz me acepte...
Aisha sonrió.
Entonces Aine ya no podrá mirarme desde arriba.
Mientras tanto, Kamali y yo llegamos al palacio imperial.
El príncipe heredero ya nos estaba esperando.
Apenas me vio, se acercó y me abrazó con fuerza.
—¡Aine!
Me reí.
—Principe, esto no es correcto.
Él me soltó un poco.
—¿Por qué?
—Mi esposo es demasiado celoso.
Lo dije en tono de broma.
Pero Kamali, que estaba detrás de mí, no parecía estar bromeando en absoluto.
El príncipe heredero lo miró.
Kamali lo miró a él.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Yo suspiré.
—No empiecen.
El príncipe heredero soltó una carcajada.
—Sigue siendo igual de posesivo.
Kamali tomó mi mano.
—No soy posesivo.
Lo miré.
—¿No?
—Solo protejo lo que es mío.
El príncipe heredero negó con la cabeza, divertido.
—Definitivamente no has cambiado.
Kamali me rodeó la cintura con un brazo.
—Ni pienso hacerlo.
Yo sonreí.
A unos pasos de allí, alguien observaba desde el corredor.
Aisha.
Había conseguido llegar al palacio.
Y mientras veía a Aine rodeada por la familia imperial, sus ojos se dirigieron lentamente hacia el príncipe heredero.
—Así que él es mi próxima oportunidad...
Sonrió.
Esta vez tenía un plan.
Y no pensaba rendirse.