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DONDE DUERMEN LOS LOBOS

DONDE DUERMEN LOS LOBOS

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.

Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.

Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.

Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3 - La fiebre del bosque

La segunda noche fue peor que la primera.

Lyra y Milo no lloraban fuerte. Hacían un quejido bajito, como si respirar les doliera. Tenían cuarenta otra vez. Nada bajaba.

Eran las dos y media. La biblioteca olía a humedad. Afuera había niebla espesa.

Recordé lo que me dijo el veterinario: sácalos al frío un rato, el bosque los calma.

Al principio me pareció una locura. Sacar a dos bebés con fiebre al patio con menos tres grados es lo que te diría cualquier asistente social que no hagas nunca. Pero lo de la noche anterior funcionó. Así que los envolví en mi chaqueta grande, me até el cabello con una goma vieja y abrí la puerta trasera.

El aire me pegó en la cara. Olía a pino mojado y leña.

En cuanto salimos, Lyra dejó de quejarse. Inspiró hondo. Milo estornudó y su piel dejó de estar roja. Sus ojos amarillos brillaron más.

Me senté en el escalón de madera con uno en cada brazo.

—Ya ven —les susurré—. El bosque es su aire acondicionado personal.

A lo lejos, entre pinos, algo respondió. Un aullido largo y grave. Eran dos, uno más agudo que el otro.

Lyra levantó la cabeza y contestó. No fue llanto. Fue un sonido corto, agudo, que le salió del pecho sin esfuerzo. Milo la imitó.

Se me erizó la nuca.

—No. No le contesten a lo que no conocemos —dije, apretándolos—. No sabemos qué hay ahí.

Pero ellos no tenían miedo. Parecían tranquilos por primera vez en horas.

Nos quedamos cinco minutos. La fiebre bajó lo suficiente para que dejaran de temblar. Los metí adentro de nuevo, cerré la puerta y les puse mi manta.

Cuando los acosté, noté que la ventana del frente tenía una marca. No estaba antes. Era una huella de barro en el vidrio, a la altura de mi cabeza. Grande. Con cinco dedos alargados, no de humano.

Dejé la huella ahí para mostrársela a Silas.

A las ocho de la mañana, sin dormir, abrí la biblioteca porque no podía darme el lujo de cerrar. Puse a Lyra y Milo en las mochilas portabebés, me hice un moño rápido con el cabello que se me venía a la cara y atendí a los pocos que entraron.

La señora Marta llegó con pan.

—Ay, Elías, qué cara —dijo—. ¿No durmieron?

—Fiebre otra vez —contesté—. Pero ya pasó.

Me miró el cabello mal atado y los ojos hinchados.

—Eres igual que mi hija cuando tuvo a su primero —dijo, suave—. Ella también parecía que la había atropellado un camión. No te avergüences por eso.

Fue la primera vez que alguien no me juzgó por verme así.

A las diez apareció Silas. Sin golpear. Entró con una bolsa de tela y cerró la puerta con el pie.

—Vi la huella —dijo.

—¿La viste desde afuera?

—La olí —contestó—.

Dejó la bolsa en la mesa. Dentro había frascos con líquido oscuro.

—Sangre de ciervo, no de matadero, de caza limpia —explicó—. Y grasa de oso para el pecho. Cuando tengan fiebre, frótales un poco aquí —se tocó el esternón—. Les ayuda a respirar. Su pecho es más estrecho que el nuestro, se cierra.

—¿Cómo sabes tanto de ellos? —pregunté. Por fin me atreví.

Silas se quedó callado. Se agachó a ver a Lyra.

—Porque yo crecí con uno —dijo—. Mi hermano menor era como ellos. Mitad. No supimos cuidarlo. Mi familia intentó que fuera solo humano. Le cortaron el pelo, le prohibieron aullar, le dijeron que no existían. Se enfermó cada luna llena hasta que se fue al bosque y no volvió.

Me miró.

—Tú no haces eso. Tú los sacas al frío, los dejas aullar, les dices que son lobos con moño. Eso es lo que necesitan.

Sentí un nudo en la garganta. No era solo cansancio.

—Me dicen mamá —dije, bajito, para que Marta no escuchara desde afuera—. Yo les digo que soy papá, que me digan papá. Y me dicen mamá igual, con cariño. Me da vergüenza corregirlo delante de gente.

—¿Vergüenza por qué? —preguntó Silas.

—Porque soy hombre —dije—. Porque tengo pelo largo y ya me dicen cosas, y si además dejo que me digan mamá, van a decir que estoy jugando a ser mujer.

Silas se sentó a mi lado en el suelo. Quedamos a la misma altura que la caja.

—En mi casa —dijo—, mamá era el que se quedaba despierto cuando teníamos fiebre. No importaba si era hombre o mujer. Mamá era el que no se iba. Si ellos te dicen mamá, no se burlan de ti. Te están dando el nombre más importante que conocen.

Lyra, como si entendiera, se arrastró hasta mi regazo y se acurrucó contra mi pecho. Estaba tibia, ya sin fiebre. Me miró con esos ojos dorados y dijo, clarito:

—Mamá, frío no.

Me reí, con lágrimas que no me esperaba.

—No, mi amor —le dije—. Frío no. Ya estamos calentitos.

Milo se acercó y se acostó encima de mis pies, como hacen los cachorros.

Silas nos miró a los tres y no dijo nada más. Se quedó un rato, en silencio, viendo cómo les frotaba grasa en el pecho a cada uno.

Antes de irse, se detuvo en la puerta.

—Esta noche va a helar más fuerte —dijo—. Si les sube otra vez, no salgas solo al patio. Tócame la puerta. Vivo a cinco minutos. Golpea fuerte, no me importa la hora.

—Gracias —dije.

—Y átate bien ese pelo —agregó, sonriendo—. Si se te suelta en el bosque de noche, van a pensar que eres un fantasma.

Cuando se fue, limpié la huella del vidrio con la manga. Debajo había otra marca más pequeña, como si alguien hubiera apoyado la frente.

Esa noche no hubo fiebre. Durmieron los dos de corrido por primera vez en toda la semana.

No dormí nada. Me quedé mirando la ventana esperando otro aullido lejano del bosque.

No llegó ningún aullido. Pero supe que el bosque ya sabía nuestros nombres.

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bruja de la imaginación 👿😇
🥰me gustó mucho está historia
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