Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 11 - El viaje a la capital
Me desperté a las cuatro de la mañana. No podía dormir. La entrevista era a las diez en la capital y el bus salía a las cinco y media. Mi madre me había dejado la ropa planchada sobre la silla, la misma que usé para la fiesta de otoño pero sin la cinta azul. Había lavado mi bufanda y había puesto pan y queso en una bolsa de papel para el viaje.
Tizón durmió conmigo esa noche y no quería bajarse de mi cama. Lo tuve que dejar con mi madre porque no me dejaban subir animales al bus. Le dije que volvía en la noche y que se portara bien. En mi cabeza escuché, vuelve temprano. Le dije que sí.
Silas me esperaba en la parada del bus con una mochila vieja y con su capa gruesa. Él también iba a la capital a comprar medicinas para los caballos y a ver a un amigo. Me dijo que viajáramos juntos para que no me perdiera. El bus era grande y olía a gasolina. Nos sentamos atrás. Yo miraba por la ventana y veía el pueblo quedarse atrás, con el local de El Susurro Salvaje con la luz apagada todavía y con la nieve de la semana pasada ya casi derretida.
El viaje duró tres horas. En el camino pasamos por campos con vacas y por un río que estaba crecido por la lluvia. Silas me contó que cuando él era chico viajaba mucho con su padre a curar animales de otros pueblos y que su padre le enseñó a no tener miedo a la ciudad grande. Me dijo que la capital era ruidosa y que había mucha gente, pero que la escuela de veterinaria estaba en una parte tranquila, con árboles y con un patio grande.
Cuando llegamos, la capital me asustó un poco. Había autos por todos lados, gente corriendo, puestos de comida con olor fuerte y edificios altos que no había visto nunca. Me agarré de la mochila de Silas para no perderme. Caminamos como veinte cuadras hasta la escuela. Era una casa grande de dos pisos, con una puerta de madera y con un cartel que decía escuela de veterinaria del reino, con un dibujo de un caballo y un perro.
Adentro había un pasillo largo con fotos de animales y con jaulas vacías. Había otros chicos esperando, todos con carpetas y con ropa más linda que la mía. Una chica tenía un guardapolvo blanco nuevo y un chico tenía un maletín de cuero. Yo solo tenía mi cuaderno con las tapas gastadas y la carta arrugada en el bolsillo. Me senté en una silla y me puse a mirar mis manos. Tenía las uñas cortas y con un poco de tierra de ayer que no se me había ido.
Me llamaron tercera. Entré a una sala chica con tres personas mayores, dos señoras y un señor con bigote. Me dijeron que me sentara y que les contara por qué quería la beca. Les dije que tenía un refugio chico en mi pueblo y que había curado a treinta y dos animales en un mes. Les mostré mi cuaderno. Lo abrieron y lo miraron. Una de las señoras me preguntó cómo sabía lo que tenían si no tenía título. Le dije que leía mucho y que aprendí de un libro viejo que me prestó un amigo y que también escuchaba a los animales.
El señor del bigote se rió un poco y me dijo, ¿escuchas a los animales? Le dije que sí, que cuando un animal tiene miedo o dolor, yo lo siento acá, y me toqué la cabeza. No les dije que escuchaba voces claras porque pensé que iban a pensar que estaba loca. Les dije que era una sensación y que me ayudaba a saber dónde les dolía.
Me preguntaron por el halcón. Les conté lo de Viento y lo del ala rota y cómo lo vendamos con palitos. Les conté lo de la yegua y lo del zorro. Les conté que no cobraba plata y que la gente me traía pan o huevos. Una de las señoras me preguntó qué haría si un animal se moría en mis manos. Le dije que me pondría triste y que lo enterraría y que le diría a su dueño la verdad, que hice lo que pude.
Me hicieron esperar afuera. Salí y me senté al lado de Silas que me esperaba en el patio. Me dijo que lo había hecho bien porque había dicho la verdad. Le dije que tenía miedo de que no me eligieran porque los otros chicos sabían más palabras difíciles que yo. Me dijo que saber palabras difíciles no cura a un animal, que lo que cura es tener paciencia y manos suaves, y que yo tenía eso.
Volvimos al pueblo en el bus de las tres. En el viaje de vuelta me dormí apoyada en la ventana y soñé que el local estaba lleno de animales y que yo no alcanzaba a atenderlos a todos. Cuando me desperté, ya estábamos llegando y se veía la luz del local prendida desde lejos.
En el local estaban mi madre, Leo y Marta. Habían abierto sin mí y habían atendido a tres perros y a una gallina. Mi madre me dijo que Leo lo hizo muy bien y que hasta le puso una venda a un perro sin que se le moviera. Leo me mostró su mano y me dijo que lo había mordido un poco, pero que no era nada. Tizón estaba dormido arriba de la mesa, con la panza llena.
Esa noche no llegó ninguna carta. Silas me dijo que tardan como una semana en responder. Me fui a mi casa con mi madre y cenamos las dos solas, con la carta de la entrevista sobre la mesa. Mi madre me dijo que aunque no me dieran la beca, ella estaba contenta porque yo había ido hasta la capital sola y había hablado con gente importante sin ponerme a llorar.
Al otro día, en la academia, la profesora de matemáticas me felicitó delante de todos porque le había curado al perro. Me dijo que había hablado con la directora y que la directora quería venir a ver el local para hacer un proyecto de la escuela con los chicos de primer año. Le dije que sí, que podían venir cuando quisieran.
Kian volvió del torneo de esgrima en la tarde. No ganó, pero trajo una medalla de segundo lugar. Pasó por el local y me la mostró. Me dijo que pensó en mí cuando estaba peleando porque se acordó de que yo le había dicho que no hacía falta ganar para ser bueno. Le dije que tenía razón. Me dejó la medalla sobre la mesa y me dijo que la cuidara hasta que él volviera a la capital el mes que viene.
Cuando cerré el local esa noche, escribí en mi cuaderno, día treinta y siete, viaje a la capital, entrevista con tres señores, tres perros curados por mi madre y Leo, una medalla de segundo lugar. Abajo escribí, no sé si me van a dar la beca, pero hoy caminé por una ciudad grande sin perderme y volví.
Apagué la luz y dejé la carta de la entrevista al lado del permiso del alcalde. Tizón se subió a mi hombro y caminamos juntos a casa bajo la noche fría, con las huellas de la nieve que ya casi no quedaba.