Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 14
La penumbra del despacho imperial pesaba como plomo cuando Vinicius dio la orden que terminaría por desentrañar los hilos del engaño. Con la vista perfectamente lúcida y cada sentido alerta tras el milagroso encuentro en los jardines, el emperador no estaba dispuesto a dejar cabos sueltos.
—Haz venir a Klarisa ante mí. Inmediatamente —ordenó Vinicius sin apartar los ojos de los reportes sobre el escritorio.
Minutos más tarde, la puerta principal se abrió con un crujido ceremonioso. Klarisa, que era una empleada de confianza con años de servicio en las entrañas del palacio, entró con pasos vacilantes. Al cruzar el umbral y notar la presencia del soberano sentado en la sombría penumbra, se arrodilló de inmediato, temblando de pies a cabeza ante la imponente y renovada autoridad que emanaba de su figura.
—¿Me ha mandado a llamar, su majestad? —preguntó la mujer con un hilo de voz, pegando la frente al suelo frío del estrado.
Vinicius se levantó lentamente de su asiento. Apoyó el bastón de marfil contra la tarima —más por hábito que por necesidad, pues su ojo azul ya no guardaba sombras— y comenzó a caminar con paso firme alrededor de la arrodillada sirvienta.
—Levántate, Klarisa. Y respóndeme con absoluta verdad, si es que valoras tu permanencia en este palacio —dictó el emperador con voz gélida, cortante como el filo de una navaja—. Quiero que me digas, detalle por detalle, cómo fue exactamente que encontraste a Elizabeth. ¿Dónde estaba? ¿Qué circunstancias rodearon su llegada? No omitas nada.
La mujer tragó saliva con fuerza, sintiendo el peso de la mirada penetrante del emperador sobre su nuca. Juntó las manos frente a su delantal, intentando ordenar los recuerdos de aquella tormentosa noche.
—Fue... fue la noche del gran temporal, mi señor —comenzó Klarisa con voz trémula—. El viento soplaba con furia y la lluvia azotaba los caminos exteriores del territorio. Yo había acudido a la cabaña de suministros en los límites del bosque para asegurar los víveres antes de que empeorara.
Vinicius se detuvo justo frente a ella, cruzando los brazos sobre su pecho, escuchando con una atención quirúrgica.
—Continúa —exigió el soberano.
—Cuando abrí la puerta trasera de la cabaña para verificar los cerrojos, la encontré allí —prosiguió la sirvienta, señalando vagamente hacia el suelo con nerviosismo—. Estaba desplomada contra la madera, completamente empapada, tiritando de frío y con un estado de agotamiento tan extremo que apenas respiraba. No llevaba equipaje, ni capa de viaje, ni ninguna pertenencia que delatara de qué manada o familia provenía.
—¿Y no cuestionaste su procedencia? ¿Una desconocida apareciendo de la nada en medio de una tormenta y la llevas directo a las puertas del palacio para postularse con el príncipe? —inquirió Vinicius, con un tono peligrosamente tranquilo que denotaba el peligro de mentir.
—¡Se lo juro por los antiguos dioses, su majestad! No parecía una espía ni una amenaza —suplicó Klarisa, inclinándose aún más, con lágrimas de auténtico pánico asomando en sus ojos—. Estaba tan pálida, con los labios morados y una expresión de profundo sufrimiento que me dio lástima. Cuando logró despertar al día siguiente, apenas podía articular palabra. Me dijo que venía a postularse y que la tormenta la había atrapado, eso fue lo que dijo, si ya recuerdo.
El silencio volvió a adueñarse de la estancia. Vinicius absorbió cada palabra, sopesando la información con la mente fría de un estratega. Una refugiada sin pasado, encontrada en los límites del bosque durante una tormenta, que portaba un poder de sanación capaz de desafiar las leyes naturales y devolverle la vista a un alfa puro.
El emperador exhaló un suspiro lento, dejando que una fría y calculadora sonrisa cruzara levemente la comisura de sus labios.
—Puedes retirarte, Klarisa —ordenó Vinicius sin mirarla, agitando una mano con desdén—. Y guarda estricto silencio sobre este interrogatorio. Si una sola palabra sale de tus labios, tu lealtad no te servirá de nada.
—Sí, mi señor. Gracias, su majestad... gracias —balbuceó la mujer levantándose con torpeza y apresurándose a abandonar la sala a toda velocidad.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Vinicius se quedó solo en la penumbra. Sus ojos bicolores brillaban con una intensidad renovada en la oscuridad. La historia de Klarisa confirmaba que Elizabeth había aparecido de la nada, como un fantasma enviado por el destino o por enemigos ocultos. Pero ahora que él conocía la verdad de sus manos milagrosas, el juego había cambiado por completo: ella ya no era una simple sospechosa a la que vigilar, sino un enigma fascinante que él estaba decidido a desentrañar hasta las últimas consecuencias.