Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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EL IDIOMA DEL PODER
Mientras Mihrimah me miraba con sorpresa, aproveché ese instante para observar a mi alrededor. Allí estaban mis otros hermanos, los visires de alto rango, y varios capitanes de la guardia de los jenízaros, todos en silencio, atentos a cada movimiento. Y entonces lo vi: Cihangir se enderezó levemente, respiró hondo, y supe que su momento había llegado. Su plan, tan elaborado, tan cuidadoso, estaba a punto de salir a la luz.
—Padre —dijo Cihangir con esa voz suave, lastimera y comedida que siempre usaba para ganar compasión—, ya estamos todos presentes. Fui personalmente a buscar a Mehmet. Ya sabes… no recuerda aún cómo llegar por los pasillos del palacio, y temí que se perdiera o se confundiera por el camino. No queríamos hacerte esperar.
Solimán asintió con una sonrisa de aprobación.
—Gracias, Cihangir. Tú siempre tan considerado con todos. Qué buen hermano eres.
Lo miré en silencio. Así que eso es lo que quieres, pensé. Ganarte el favor de padre fingiendo cuidarme, usando mi supuesta confusión como tu mayor virtud. Una fachada de hermano perfecto que no durará tanto tiempo como crees.
Los enviados comenzaron a hablar entonces, cada uno en su propio idioma, y los traductores se veían abrumados, dudando, repitiendo frases que no siempre entendían bien. La conversación se trababa una y otra vez, hasta que Solimán, impaciente, golpeó levemente el reposabrazos de su trono y alzó la voz:
—¡Qué es lo que intentáis decirme! —exclamó con frustración.
El enviado dio un paso atrás, asustado por el tono de su voz. Era evidente que no comprendía las palabras, pero sí la autoridad y la cólera que emanaban del Sultán. Todos guardamos silencio. Fue entonces cuando me adelanté un paso. Con calma, le hablé al emisario en un inglés fluido y natural:
—No se alarme, señor. El Sultán es un hombre apasionado que desea entender con claridad. Su impaciencia no es ira contra usted, sino deseo de comprensión. Por favor, continúe con su informe.
El hombre parpadeó, aliviado, y respondió con rapidez. Traduje sus palabras al Sultán con precisión y respeto. Solimán me escuchó atónito. Cihangir también. El emisario, comprendiendo que no había peligro, saludó con respeto y bajó la cabeza ante Solimán, disculpándose por la confusión. El Sultán asintió, conmovido, y aceptó sus disculpas.
Más tarde, otro enviado, esta vez de Francia, habló de una bebida nueva que había traído como regalo: champán. Me acerqué y le pregunté en un francés impecable:
—¿De qué cosecha y qué año es este champán? El Sultán, dueño del mundo, no puede beber cualquier cosa. Queremos saber que es lo mejor.
El francés sonrió, encantado.
—¡Magnífico! ¡Tenemos a alguien que aprecia las buenas cosas! Esta cosecha es de hace cuarenta años. Es excepcional.
Asentí y traduje para mi padre. Solimán probó un sorbo y asintió.
—Es buena. Dulce, pero con un toque que despierta los sentidos.
—Es diferente —le dije—. No sé cuál sea la bebida más apreciada aquí, pero en los círculos de Europa, esta es muy valorada.
Solimán agradeció al enviado y le regaló una bolsa de monedas de oro. Lo mismo hice con el enviado de Inglaterra, conversando brevemente con él en su idioma antes de que se retirara. Todos me observaban con los ojos muy abiertos.
Cuando los emisarios se marcharon, los visires se acercaron a mí con evidente respeto.
—Príncipe… domina usted todos esos idiomas con facilidad. Es impresionante.
Los miré con naturalidad.
—La familia Miller posee un comercio extenso. Es necesario saber idiomas para entenderse con proveedores y clientes de tierras lejanas. ¿Acá no es común aprenderlos?
Solimán tosió suavemente, interrumpiendo.
—Está bien, señores. Pueden retirarse.
Todos hicieron una reverencia y salieron de la sala. Yo me quedé de pie. Solimán señaló con la mano:
—Tú no. Quédate conmigo.
Me incliné cordialmente.
—A sus órdenes, Sultán.
Cuando nos quedamos solos, vi cómo la expresión de Cihangir se transformaba antes de salir. Estaba furioso. Claro… él había estudiado idiomas durante años para impresionar a padre, y yo, el supuesto extraño, acababa de hacer lo que él no había logrado. Pues piña, pensé con satisfacción. A veces se va por lana y se vuelve trasquilado.
Solimán me observó con una mezcla de orgullo y curiosidad profunda.
—Dime con sinceridad… ¿realmente no recuerdas nada de tu vida antes de Venecia?
Lo miré a los ojos, y lentamente metí la mano en el bolsillo interior de mi túnica. Saqué un pequeño objeto envuelto en un trozo de tela suave y lo sostuve entre mis dedos, mirándolo con aparente confusión.
—No lo sé… esto lo encontró el barón Miller sobre mi pecho cuando me rescató. Siempre lo he llevado conmigo, pero no sé qué significa ni de dónde vino.
Lo desplegué. Allí estaba: un collar de oro con un pequeño zafiro tallado en forma de media luna. El mismo que mi padre me había regalado en mi décimo cumpleaños.